CAPÍTULO 18 KASDEYA #3
Respiro profundamente y eso llama su atención hacia mi cuerpo.
Puedo sentir la caricia de sus ojos en mis clavículas, descendiendo desvergonzadamente hacia la curva de mis pechos.
Entre ellos descansa un colgante de oro con forma de serpiente.
Como la de mi pañuelo. Me agarra la mano y vuelve a anudar el pañuelo alrededor de mi muñeca.
Mi corazón late tan rápido que amenaza con explotar dentro de mi pecho.
—La razón me dice que oculta algo, incluso que puede ser peligrosa.
¿Para mi corazón o se trata de algo más?
No lo sé. Debería mantenerme alejado, prestarle atención a alguna de todas esas damas deseosas de mi interés en vez de estar aquí, hablando con aquella que parece jugar conmigo simplemente por diversión.
—¿Y si es verdad? ¿Y si solo juego con usted por diversión, alteza?
—Entonces le diría que desconozco las normas de su juego y claramente va ganando.
Enreda la mano en mi pelo y tira de él para obligarme a que lo mire bien, sin escapatoria posible.
El control que creía tener se esfuma por completo.
Mi corazón golpea con fuerza contra mis costillas y puedo ver grabada en su rostro que tiene intención de besarme.
Me pregunto cómo serán sus besos. Seguro que profundos y de esos que dicen que te consumen hasta el alma.
Podría experimentarlo ahora, dejar que devore mis labios como sus ojos me dicen que quiere hacer.
Se llevaría mi único beso real a cambio de su vida.
Un placer efímero, una vida perdida para siempre.
Por suerte no tengo que elegir entre una decisión egoísta o una prudente porque alguien da un tirón de mí que me separa de inmediato del príncipe.
Todo sucede deprisa. En un instante dejo de sentir el peso de la tela en mi mano y veo el pañuelo ondear entre los dedos del rey Andras.
La magia se rompe en mil pedazos, los trozos espolvoreándose a nuestro alrededor.
Busco alguna señal de que hayamos mantenido un contacto peligroso.
Sin embargo, él no parece estar retorciéndose de dolor, así que supongo que por ahora está a salvo.
Hasta que llegue el día en que no lo esté.
—Así que haciendo trampas, príncipe Keir. No pensaba que fuese esa clase de hombre.
Keir no puede disimular su odio. Fulmina con la mirada la tela que sostiene el rey, como si así pudiese conseguir que desapareciera o que volviera a rodear mi muñeca.
Ninguno responde y eso parece una invitación para que el rey maldito se pasee con bravuconería hasta situarse tras mi espalda.
Me aparta el pelo del cuello y todo el vello de mi cuerpo se eriza de miedo. O eso creo.
—Puedo llegar a entender que le resulte difícil resistirse a una belleza como esta.
Hunde el rostro en la curva de mi cuello y pasa fugazmente la punta de la nariz por mi piel.
Automáticamente me giro, con la mano levantada dispuesta a darle una bofetada y asumir las consecuencias que eso conlleve.
Atrapa mi muñeca antes de que mi palma conecte con su mejilla y me chista como si fuese una niña pequeña que ha cometido una travesura.
—¿Cómo se atreve a tratar así a una dama? —dice Keir, con la rabia apenas contenida en su voz.
—No hace falta que salga en su defensa, príncipe. Kasdeya es más que capaz de hacerlo, ¿no lo ha visto? Es una cosita violenta y mortífera.
Aprieto los dientes hasta el punto de que el sabor a cobre me empapa la lengua. Separo los labios para soltar algún comentario ponzoñoso, pero nos llega el inconfundible sonido de un grito lleno de pánico.
El príncipe es el primero en reaccionar, sale corriendo hacia el origen de un sonido tan desgarrador. Me dispongo a seguirlo cuando una vez más me veo retenida por Andras. Esta vez el tirón es tan fuerte que mi espalda golpea contra su pecho.
—¡Déjame en paz de una maldita vez!
Me vuelvo y lo encaro.
—No vas a tener una cita con él.
—¿Y a ti que más te da? Cualquiera diría que tienes una fijación enfermiza conmigo. —Lo que digo hace que suelte una carcajada—. ¿Acaso debería tener la cita contigo?
Mi provocación hace que deje de carcajearse, pero sigue con una sonrisa en forma de guadaña en los labios.
—Yo no tengo citas con las mujeres, venenosa. No juego al cortejo. Yo me las follo, las hago llorar y gritar mi nombre hasta que no pueden más. —Recorre mi rostro con los ojos—. ¿Quieres esa clase de encuentro? No habrá flores ni palabras bonitas a la luz de las velas.
Mi mente quiere engañarse a sí misma achacando el calor de mi cuerpo a la vergüenza y no a un sentimiento mucho más oscuro, perverso y cuestionable. Doy varios pasos sin darle la espalda.
—Deja de jugar conmigo, Andras. He tenido a muchos hombres gritando mi nombre y no te gustaría descubrir los motivos. Estoy segura de que serán muy distintos a los tuyos.
—Sabía que no eras una dama.
Me doy la vuelta finalmente, echando a correr hacia donde vi irse a Keir.
No soy de las primeras en llegar, pero al hacerlo veo que se ha formado un pequeño corrillo donde el resto de damas observa con rostros compungidos, cubriéndose los labios con la mano y con los ojos repletos de terror.
Sé reconocer esa clase de miedo, esa palidez en la tez, el temblor del cuerpo ante una amenaza que no pueden controlar.
Antes de que se abra hueco, sé lo que encontraré.
El príncipe está junto a un cuerpo tirado en el césped.
Una chica de cabello dorado que reconozco como parte de mis compañeras, se retuerce en el suelo, expulsando lo que parecen coágulos de sangre.
—Es la Nectumbra —dice alguien.
Esas palabras siembran el pánico en el jardín, donde los gritos se extienden de persona a persona y todo el mundo quiere correr, como si así pudieran engañar a la enfermedad.
—¡Por los Eternos! ¡Ha estado cerca de mí! ¡Voy a morir! —grita Milena, acudiendo rápidamente a su doncella.
Intento que mi rostro no refleje la molestia que me producen sus palabras frías e inhumanas en un momento como este.
Mis ojos viajan buscando a Pasha y Astra, pero no hay ni rastro de ellos.
Capto un vistazo del pelo de Kendra, quien es arrastrada de los jardines por su doncella.
Cruzamos miradas y en esta parece instigarme a que huya yo también.
—¿¡Cómo es esto posible!? —grita el rey Deimos.
No puedo evitar mirarlo con desdén. Se atreve a hacer preguntas estúpidas desde su posición de poder.
¿No es consciente de que ha invitado al principal sospechoso de extender la enfermedad?
Ni siquiera ha bajado del balcón para ver de cerca el incidente.
Es demasiado cobarde para ello. En cambio, el príncipe está de rodillas junto a la muchacha e intenta moverla de tal forma que no se atragante con su sangre.
Por un momento estoy a punto de gritarle que se detenga; una semilla de miedo se instala en el fondo de mi estómago ante la posibilidad de que se contagie.
—¡Llamad al médico! ¡Necesitamos atención inmediata!
Los guardias obedecen, sin esperar órdenes de su rey. Si eso no dejaba claro dónde residen las lealtades del castillo y su gente, no sé qué otra cosa se necesita para verlo.
Me agacho para observar más de cerca el rostro de la muchacha. No hay ninguna mancha en su piel o al menos eso parece hasta que rozo su mejilla con el guante y retiro una generosa capa de polvos y potingues que ni siquiera sabía que existían. Levanto la mirada hacia el príncipe.
—Es culpa suya —gruñe—. Sabía que dejar entrar a este monstruo solo traería más desgracias al reino.
—Keir…
Hago ademán de posar mi mano en su hombro.
—Será mejor que se marche a sus aposentos.
—No se preocupe por mí.
Si lo que Shaula y yo sospechamos es cierto y soy incapaz de enfermar, la Nectumbra no está entre mis preocupaciones. Cosas como la fiebre o la infección no me han tocado jamás.
—Por favor, Kasdeya, obedezca.
—Puedo ayudar…
—¡Obedezca a su príncipe, Kasdeya! ¡Retírese a sus aposentos! ¡Ahora!
Mira mi rostro, tal vez esperando ver que me he sobresaltado, o que el miedo me ha apresado; sin embargo, permanezco serena.
Observo una última vez a la muchacha y, por los aspavientos de su cuerpo y lo que sale de su boca, no creo que sobreviva a esta noche.
Me pregunto cuánto tiempo lleva la enfermedad comiéndosela por dentro.
Keir abre la boca para decir algo más, pero no le doy la oportunidad.
Me giro, agarro las faldas de mi vestido y en mi camino veo a Andras apoyado contra una de las columnas que decora el jardín.
Al menos esta vez tiene la decencia de no sonreír.
Le lanzo una mirada de desprecio antes de desaparecer de donde la muerte ha sido una invitada que nadie esperaba.