La doncella del veneno CAPÍTULO 18 KASDEYA #2
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CAPÍTULO 18 KASDEYA #2

Al abrir la puerta, esta apenas se sostiene sobre sus goznes.

Tengo cuidado de no terminar de romperla y me interno en un pequeño pasillo.

En las paredes hay cuadros que representan a los dioses.

Por suerte debajo de cada uno de ellos viene el nombre de a quién representan, si no me sería imposible recordar todos sus nombres.

Azrek, el dios al que rezan los guerreros.

Representado con el torso desnudo y un collar de huesos alrededor del cuello.

A su lado hay un enorme lobo cuyo pelaje es tan blanco como la nieve.

Su tamaño no es lo único que sorprende. El animal está dotado de unas alas que parecen suaves a simple vista.

Se dice que el lobo tenía la capacidad de transportar las almas de los guerreros caídos al Eternyx, donde gozaban de gran dicha y alabanzas por haber consagrado su vida a la batalla y venerar al dios guerrero.

Sitri, la diosa de la naturaleza, montada sobre un alce cuyas astas parecen querer rozar el cielo.

El final de su cuerpo no es normal: tiene la cola de un ave, tal vez un pavo real.

La diosa está cubierta solo por un vestido de hojas, con el pelo del mismo color que la tierra.

Oberon, dios de la vida, con unos ojos tan azules como los océanos, monta sobre un fénix de fuego que contrasta con su mirada.

Elyndra, la diosa de la pasión, el amor y la sensualidad, montada en un corcel negro con tres ojos azules y un cuerno.

Su belleza es inexplicable. Su pelo es de un color rubio rosado, labios en forma de corazón y ojos verdes.

Se dice que son ocho, cada cual con inmenso poder, y que, aunque gobiernan equitativamente, una simple disputa entre ellos podría acabar con todo lo que conocemos.

Aunque tal vez debería hablar en pasado, pues hace demasiados años que nadie escucha nada sobre ellos.

Dicen que la última sacerdotisa murió porque dejó de escuchar el susurro de sus voces.

Sin un propósito, no tienen motivos para seguir vivas.

Me paso lo que parecen horas explorando este lugar.

Llego a lo que sin duda eran unos aposentos.

Ahora solo quedan un par de tablas donde hubo una cama, una mesita de noche en la que los objetos dejaron sus formas sobre el polvo y un escritorio en el que no encuentro absolutamente nada en los cajones.

No hay nada personal, a pesar de que puedes sentir que alguien vivió y durmió aquí.

Al final hay una pequeña puerta que da a la parte trasera del edificio.

Me duele la espalda de estar tanto tiempo encorsetada en este vestido y me planteo sentarme en el suelo, aunque vaya a arruinar por completo mi ropa y me vaya a ganar una reprimenda por parte de Astra.

No obstante, justo antes de que lo haga, un ruido me pone en alerta.

Me planteo si avanzar y dejarme atrapar.

Se libra dentro de mí una batalla entre mi orgullo y lo sensato.

En caso de que sea el príncipe, volveríamos a estar solos y sé que acabaríamos peligrosamente cerca.

Su atención es lo que deseaba, pero empiezo a temer que sea capaz de romper mi determinación.

Me deshago de mis zapatos, que solo me ralentizan y delatan mis movimientos.

Siento la suciedad bajo mis pies, pero no me importa.

Por un segundo pienso en esconderme dentro del armario de la habitación, no obstante, estoy segura de que las puertas chirriarán y no habrá suficiente espacio para ocultar este maldito vestido, así que supongo que no me queda otra opción que huir por la puerta de atrás.

Avanzo con cautela y sigilo, sin dejar de mirar al punto de donde provino el sonido.

A tientas rodeo la manivela de la puerta y contengo el aliento mientras la giro.

La brisa se cuela rápidamente, rozándome la nuca.

Doy un paso atrás, notando la hierba colarse entre mis dedos.

Doy otro paso más y entonces mis talones chocan contra lo que sin duda son unas botas y mi espalda da contra algo duro y cálido que solo puede ser el cuerpo de otra persona.

—Parece que no es tan buena escondiéndose, señorita Vikena.

Sus labios acarician mi oído cuando habla. La voz del príncipe no puede ser descrita de otra manera que no sea una caricia de lo más placentera. Cierro los ojos para recordarme que esos pensamientos son peligrosos. Cierro las manos en dos firmes puños.

—¿No le han dicho nunca que acercarse por la espalda es de mala educación?

Su risa grave hace que su pecho se sacuda y pueda sentirlo contra mi piel.

—Tiene razón. Le ruego que me disculpe.

Sus palabras no van acorde a sus actos. No pide permiso para agarrarme de la mano y darme la vuelta.

Retengo un jadeo de sorpresa en la garganta.

No soy capaz de apartar los ojos de lo que hacen sus manos.

Tira con habilidad de cada uno de los dedos del guante hasta que se desprende por completo, dejando mi piel desnuda.

Aprieto los dientes y me repito una y otra vez que debo estar tranquila.

Solo es su piel contra la mía. Nada más.

Pero conmigo nunca es nada más. No es consciente del riesgo.

Mi corazón bombea como un loco. Hago ademán de soltarme de su agarre y exigirle que se explique, sin embargo, su mano aprieta más fuerte mis dedos.

Me acaricia con el pulgar la piel del dorso con suma delicadeza.

Parece asombrado por algo y sin despegar la vista de mis ojos asustados, se inclina y se lleva mis nudillos a la boca.

Todo sucede muy despacio. El beso debería ser inocente, sin embargo, no sé por qué se forma un nudo en el bajo de mi vientre.

No debo estar bien de la cabeza para que esto me parezca excitante.

Como si se diese cuenta de las reacciones que está provocando en mí, sus ojos marrones se vuelven tan oscuros como el plumaje de un cuervo.

La caricia de sus labios es suave y percibo el ligero temblor en mis dedos.

Soy plenamente consciente del momento en que su boca se despega de mi piel, lentamente, como si le doliera alejarse.

Todavía negándose a apartarse del todo, su nariz roza mis nudillos.

—¿Sería usted tan amable de perdonar mi comportamiento? —dice a escasos milímetros de mi piel.

Cada vez que habla su aliento me hace cosquillas.

—¿Cuál de ellos? ¿Que se aproxime sigilosamente por la espalda a una dama o que bese mi mano sin permiso?

Deja salir una profunda bocanada de aire y se incorpora de nuevo.

Su figura se alza muy por encima de mí y me hace sentir diminuta.

Todavía tiene mi mano en la suya y juguetea con mis dedos, largos y llenos de las pequeñas cicatrices que han hecho las dagas con el paso de los años, aunque él no parece reparar en ellas o no les da importancia.

En contraste con mi piel, la suya parece estar ardiendo.

—Sin duda del primero, de lo segundo encuentro muy difícil arrepentirme. No obstante, tal vez deba disculparme también por esto.

Entonces ondea delante de mí el pañuelo blanco con el símbolo que me ha sido asignado. Una serpiente. Bajo la mirada a mi muñeca y efectivamente, el pañuelo ha desaparecido.

—Muy hábil, alteza. Distraer a una dama con sus trucos de seducción para hacerla perder.

—¿Trucos de seducción? —Otra vez deja que una risa grave brote de su garganta—. ¿Insinúa que la he seducido?

Se inclina hacia mí, consiguiendo que dé un paso atrás.

Me libro del agarre de su mano, sintiendo que estoy a minutos de arder, no obstante, no doy media vuelta y desaparezco.

Me quedo ahí, cautivada por sus ojos y por el aire poderoso que desprende.

Llevo toda la vida hambrienta de poder. Poder sobre mi cuerpo, sobre mi vida.

Y él está aquí delante, emanándolo en oleadas.

Es embriagador y puedo entender que el pueblo le siga ciegamente.

—Ha conseguido despistarme, siga así y tal vez el alumno supere a la maestra.

Eso consigue que sonría aún más y sus ojos brillen divertidos.

—¿Y usted es la maestra?

—Por supuesto. —No sé de dónde sale toda esta valentía que me lleva a alzar la mano y rozarle con los dedos el mentón.

Debería preocuparme la posibilidad de que lo mate aquí mismo, sin embargo, siento que mi corazón se ha calmado y que he recuperado las riendas—.

¿Si no por qué está aquí, alteza? Tiene a mujeres mucho más dispuestas a tan solo metros de nosotros, pero ha decidido venir a por mí.

—Le he arrebatado el pañuelo, ¿no es eso hacerla perder y por consiguiente eliminar la posibilidad de pasar un rato especial con usted?

—Cierto, me ha robado el pañuelo.

No bajo la mirada, esperando a que diga lo que sé que va a decir. Lo veo en sus ojos.

—Pero podría devolvérselo y actuar como si esto nunca hubiera pasado. Podría ganar.

—¿Y tener esa cita con usted?

—Así es.

—Me estaría ayudando a hacer trampas. ¿Es esa una buena cualidad para un futuro rey?

—pregunto haciendo alusión a esa tarde en la que su madre nos torturó una a una haciendo que respondiéramos a su estúpida pregunta—.

Además, ¿no confirmaría eso que mis palabras son ciertas y usted ha caído en mi juego de seducción?

Está dispuesto a romper las normas, hacer trampas…

No tengo ninguna duda de que está aquí porque le supongo un reto, un enigma, y no hay algo que inquiete más a un hombre que el no poder descifrar a una mujer. Todo es cuestión de ego, al fin y al cabo.

Es su posesión más valiosa y también más frágil.

A pesar de eso, hay una voz en mi cabeza que me susurra que podría ser diferente, que tal vez el príncipe siente un interés real.

Eso es peligroso. Una chica como yo no necesita ese tipo de esperanza.

Me haría daño. Más aún si descubriese que todo era una mentira susurrada por mi subconsciente, hambriento de cariño.

—Usted me hace actuar imprudentemente.

—¿Por eso está aquí?

—Sin duda debería escuchar a la razón.

—¿Qué le dice la razón?