CAPÍTULO 18 KASDEYA
El anillo me hizo ganar el segundo de los tres juegos.
Ni el rey ni la reina parecían contentos de que así fuese, cada uno por motivos diferentes.
Después de declararme ganadora, se dio paso a una celebración de la que no formé parte, ya que prefería huir a mi habitación.
Durante toda la noche no pude dejar de darle vueltas a la profecía de la que Keir había hablado.
¿Será cierto que él es el hombre que traerá la paz?
Jamás había oído hablar de esa profecía, sin embargo, ahora parecía incapaz de pensar en otra cosa.
No es que en los burdeles se traten ese tipo de temas o nos permitamos el lujo de creer en augurios, magia o cosas por el estilo.
Vemos la peor cara de la humanidad cada noche, no hay lugar para la fantasía.
A pesar de que más de una sueñe cada noche con que alguna criatura mágica se plante en su ventana y la saque de ese infierno.
Cuando despierto por la mañana, a pesar de haber dormido poco, no me siento para nada fatigada.
—¿Tú sabes algo de una profecía? —pregunto de repente.
Astra arquea una ceja mientras se pelea con mi mascota, la cual sisea enfadada cuando mi doncella le impide enredarse alrededor de mi brazo. Al parecer Astra ya no siente ningún miedo, ni de mí ni de mi curiosa compañera.
—Conozco muchas profecías, creo que tienes que ser algo más específica.
—La del beso de la sacerdotisa, la profecía que dice que dos niños nacieron el mismo día y uno de ellos fue bendecido de tal forma que sería el que trajese la paz.
Frunce los labios, pensativa, y acaba por negar con la cabeza.
Me desinflo en mi asiento, un poco decepcionada de no poder obtener más respuestas.
Cuando da por terminada su tarea conmigo, ponemos rumbo de nuevo a los jardines.
El ajetreo de hoy es mayor que el de los anteriores días, no solo porque hoy es el final de los juegos, sino por la presencia del famoso rey maldito y la repentina desaparición de una de nosotras.
—La gente ya ha empezado a rumorear que Andras podría ser el culpable de la desaparición de la chica —me susurra Astra.
—Bien, eso es lo que queremos.
La familia real aún no está en el ya famoso balcón, aunque el resto de chicas y algunos de los nobles que han disfrutado de nuestro bochornoso espectáculo sí han llegado.
Veo que unas cuantas de mis compañeras hablan con ellos, mantienen conversaciones animadas y claramente se ve que encajan aquí.
En cambio, yo permanezco al margen, observando.
En concreto, Milena parece muy animada conversando con un joven noble.
Puede que se haya dado cuenta de que no tiene el interés del príncipe ni el favoritismo de la reina y esté pensando en otra alternativa.
Es lo que suelen hacer las chicas como ella, sedientas de notoriedad y riqueza.
—Parece que no pierde el tiempo —dice Kendra al situarse a mi lado.
—¿Por qué hacerlo cuando puedes empezar a seducir a tu próxima víctima?
La princesa pirata ahoga una risita.
—Enhorabuena por lo de ayer. Debo decir que ha dañado un poco mi ego el que hayas sido capaz de dar con el objeto antes que yo. Los piratas somos famosos por encontrar tesoros.
Me guiña el ojo y entonces sé que no hay rencillas entre nosotras.
Sonrío, divertida.
—¿No te preocupa que vuelva a ganar y tenga una cita muy especial con el príncipe?
Pone los ojos en blanco y bufa.
—Por favor, estoy más preocupada por mi orgullo que por eso. —Extiende la mano hacia mí y dudo un momento. Hoy ella también lleva guantes—. Compitamos entre nosotras por placer, no por un hombre, ¿te parece? Si van a obligarnos a jugar a esto, al menos intentemos divertirnos y que gane la mejor.
Asiento y cojo su mano, dando un suave apretón.
Hay una vocecita en mi cabeza que me dice que debería alejarme ahora.
Me recuerda lo que ocurrió en el pasado, que dejar entrar a la gente en mi vida es exponerme al dolor de perderlos.
Aquellos que están seguros de mí son los que están lejos.
No obstante, ¿tan malo sería tener de nuevo una amiga?
Una que no esté obligada a estar cerca de mí porque compartimos el mismo infierno.
—¿Has oído lo de Odessa?
—Sí, ¿crees que puede haber sido él? —replico señalando con el mentón a Andras.
—No sería una locura.
Ambas nos quedamos un buen rato mirando al susodicho quien se mantiene apartado, observándolo todo. No podría mezclarse con la multitud ni aunque quisiera. Todo el mundo evita estar cerca de él. Cuando sus ojos están a punto de chocar con los míos, desvío la mirada.
—¿A qué crees que nos harán jugar hoy?
—No tengo ni idea —respondo—. A algo ridículo.
—¿Te has dado cuenta de cómo te mira la reina?
Entonces reparo en que Kendra no me está mirando a mí, sino al balcón donde la familia real ha hecho su aparición.
Por supuesto, la reina Evara me mira como si fuese mugre bajo su zapato.
Me pregunto si es que sabe que su hijo estaba en el despacho conmigo, y que si no fuese por su pequeño comentario tal vez hubiese salido de esa sala sin el anillo.
Que por mucho que le cueste aceptarlo, su hijo está interesado en mí, al igual que su marido, que me observa sin disimulo.
Keir está unos pasos atrás, como de costumbre, salvo que esta vez su rostro parece algo más relajado.
—Supongo que no le he caído muy en gracia.
—No hace falta que lo jures.
La suave música cesa para dar paso a la palabra del rey.
—Buenos días a todos, es un placer verlas de nuevo.
—Pasa la mirada por nuestros rostros, sin prestar especial atención a ninguno—.
Como ya saben, están aquí para un nuevo juego.
Ayer nuestras queridas invitadas tuvieron que encontrar un objeto muy especial para la reina y hoy seremos nosotros quienes tengan que encontrar algo.
Se extiende un suave murmullo entre todas y el rey sonríe, satisfecho ante nuestro desconcierto. Varios sirvientes empiezan a pasearse por el jardín, tendiéndonos pañuelos blancos.
—Tendrán que colocarse el pañuelo en la muñeca.
Si se fijan, cada uno lleva bordado un símbolo especial, para evitar que alguna de ustedes esté tentada de hacer trampas.
—Señala a su hijo—. El príncipe, junto con algunos de sus amigos más fieles, pasará las próximas horas intentando encontrar todos esos pañuelos, es decir, a ustedes.
Les daremos diez minutos para que corran y se escondan en aquel lugar en el que crean que no podrán encontrarlas.
Está permitido moverse y cambiar de escondite, siempre y cuando no las atrapen en el proceso.
El juego acabará cuando solo quede una de ustedes, o cuando hayan pasado cuatro horas desde el comienzo del juego.
En cualquier caso, se hará sonar la música de nuevo para indicarles que hemos finalizado.
Les recuerdo que aquella que gane un mayor número de juegos podrá tener una cita especial con el príncipe.
Por un segundo sus palabras suenan tan lascivas que se me retuercen las entrañas.
—¿Se permiten un par de manos extra?
El color de la mayoría de rostros se vuelve ceniciento al escuchar al rey maldito. El príncipe se pone tenso y el rey dibuja una sonrisa incómoda antes de hablar.
—Por supuesto, disculpe mi falta de consideración. Debería haber pensado antes en que nuestro invitado querría participar.
La palabra «cobarde» acude a la punta de mi lengua. Deimos sería capaz de hacer cualquier cosa en este momento para estar a buenas con el rey maldito. Su falta de carácter cada vez es más notable.
Andras hace un gesto con la cabeza aceptando las disculpas y seguidamente me mira con una sonrisa canalla en los labios. Algo me dice que su primer objetivo seré yo y lo que menos me conviene es pasar un solo segundo más a solas con este hombre. Alzo el mentón, fingiendo que no me preocupa.
Al no haber más preguntas, Deimos infla el pecho, sonríe de oreja a oreja y exclama:
—¡Entonces que comiencen vuestros diez minutos!
Todas salen corriendo como si en vez de querer arrebatarles los pañuelos, quisieran quitarles la vida.
Algunas se dirigen a los jardines, otras al interior de palacio.
Veo la cascada de pelo rojo de Kendra desaparecer entre los árboles.
Decido que es momento de que yo también eche a correr si no quiero levantar sospechas.
Me decido por volver de nuevo a la capilla, en parte fascinada porque un sitio así esté abandonado, pero también con la esperanza de alejarme un poco del alboroto que está a punto de crearse.
Atravieso los jardines, tan vastos que es imposible que consiga cruzarlos enteros antes de que se agoten los diez minutos.
Y, efectivamente, sé que el tiempo se ha acabado porque a la lejanía escucho los gritos agudos de las chicas al ser atrapadas.
No son gritos de terror, más bien de sorpresa mezclada con la excitación del juego.
Empiezo a ver el edificio viejo y olvidado por la mayoría.
La puerta sigue tal y como la dejé, nada me impide entrar de nuevo, así que me cuelo en el interior y cierro a mis espaldas.
Cruzo el pasillo hacia el que antiguamente fue un altar sin duda majestuoso.
Reparo en la pequeña puerta que hay a un lado, posiblemente la que conecta con las antiguas habitaciones de quien fuese el encargado de proteger este lugar o realizar los servicios religiosos.
Decido explorar, mirando una última vez a mis espaldas para comprobar que nadie me sigue.