La doncella del veneno CAPÍTULO 17 KASDEYA #2
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CAPÍTULO 17 KASDEYA #2

Tengo que darme prisa antes de que alguien encuentre el objeto y se acabe el juego.

Esta es mi oportunidad de explorar sin parecer sospechosa.

El despacho del rey no es muy difícil de encontrar, pero no sé si lo encontraré abierto.

Aun así, me encamino hacia allí para comprobarlo.

Me cruzo con algunas chicas que llevan pesados objetos de oro en las manos para enseñárselos a los reyes y que estos juzguen si es el objeto escondido.

A su vez, algunos de los invitados nos observan por encima del borde de sus copas.

No me extrañaría que tuviesen apuestas sobre quién ganará.

Llego por fin a las puertas del despacho.

Están entreabiertas, invitándote a entrar.

El rey es un imbécil, no me cabe duda. Contengo el aliento al dar el primer paso al interior, sin saber qué encontraré.

Al principio no parece más que un despacho cualquiera.

Elegantes muebles de madera, el olor de los puros y el perfume del rey entremezclados en el aire, estanterías hasta el techo repletas de libros que el monarca dudo que haya leído…

No hay ni un solo papel fuera de su sitio.

Todo parece perfectamente ordenado y, siendo sincera, no hay nada que llame especialmente la atención.

Salvo por el espectacular y enorme cuadro que hay justo detrás del escritorio del rey.

En él una mujer de increíble belleza, casi etérea, sujeta dos bebés.

Uno de ellos llora desconsoladamente, casi puedo oír su llanto saliendo desde lo profundo de sus pulmones.

En cambio, el otro parece dormir de forma apacible, para nada perturbado por el ruido.

Los labios de la muchacha besan la frente del niño.

Me acerco un poco más, observando cada detalle.

Los colores son vívidos y preciosos y, según me aproximo, me doy cuenta de que algunos detalles están pintados con oro.

Retengo en la garganta un sonido de asombro.

Cada pincelada parece haberse hecho con mimo, tanto que lo que tengo frente a mis ojos parece algo real y no un instante capturado.

Me pregunto si al alargar los dedos y tocar los rayos de sol que inciden sobre los rostros infantiles, estos me calentarán los dedos.

Si sentiré la suavidad de sus pieles u oleré el perfume de ese campo de flores que se ve detrás.

Estoy tan embelesada por el cuadro que no reparo en que hay alguien más conmigo en la habitación hasta que interrumpe la calma de la estancia con su voz.

—El beso de la sacerdotisa.

Me doy la vuelta y veo al príncipe apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos y tobillos cruzados.

Parece que la presencia del rey maldito está haciendo mella en él.

Puedo ver unas sombras bajo sus ojos que no estaban ahí hace unos días.

A pesar de todo, cuando sonríe, su belleza no se puede ignorar.

Interpreta mi silencio como algo más que simple sorpresa al verlo aquí, así que señala con la barbilla el cuadro.

—El cuadro se llama El beso de la sacerdotisa .

Vuelvo a mirar la imagen durante unos segundos.

—No pensaba que su padre fuese un hombre tan aficionado al arte.

—No lo es. Construyó una galería como regalo para mi madre y este cuadro… le recuerda a una de las tantas profecías que viajan por nuestro continente. Al fin y al cabo, vivimos en un reino donde todavía se cree en la magia, los oráculos y los dioses.

—¿Qué profecía?

Sonríe de medio lado, al parecer divertido con mi ignorancia.

—No tiene importancia.

—Si no tiene importancia, entonces no le importará compartirla conmigo.

—Es una locura, pero… Se dice que, en el mismo día, a la misma hora, nacieron dos niños bendecidos por los dioses, pero solo uno de ellos recibió el beso de la última sacerdotisa, pues ella sabía que sería quien trajese la paz.

Por supuesto todo es una metáfora. La última sacerdotisa murió hace muchísimos años, aunque se cree que los dioses le susurraron lo que pasaría y ella lanzó una oración por uno de ellos. Ese es su beso.

—¿Y por qué su padre desea recordar la profecía?

Aparta la mirada durante unos momentos y se rasca la nuca con incomodidad.

—Piensa que ese niño soy yo.

No soy tan buena como creo ocultando mis emociones y Keir debe ver la incredulidad tomando forma en mi cara, ya que rompe a reír. Es una risa despreocupada, profunda, que sale desde el estómago y que hace que incline un poco el torso hacia adelante.

—Sé lo que está pensando —dice cuando recobra un poco el aliento—. Es contradictorio que mi padre piense así cuando difícilmente me soporta. Sin embargo, alimentaría su ego que su único hijo fuese el niño de la profecía.

Así que su padre no lo soporta… No es algo que no me imaginara ya, pero es bueno tener una confirmación de sus labios.

—¿Y qué le hace pensar que lo es? —pregunto curiosa.

—El pueblo. —Se encoge de hombros—. Aunque le cueste aceptarlo, sabe que el pueblo me tiene más respeto que a él. Así que prefiere pensar que se debe a algo divino y no a su ineptitud como rey.

—¿Y qué hay del segundo niño? ¿Qué papel tiene?

—El contrario. Si uno de ellos es la salvación, el otro no puede ser otra cosa que muerte y caos.

—Así que está maldito —cavilo—. Me imagino que tendréis un nombre en mente.

—Si decido creer en todo esto, sí.

—¿Usted no piensa que es el niño bendecido por la sacerdotisa?

De nuevo esa sonrisa que muestra todos los dientes y lo hace ver incluso más joven de lo que es. Sus ojos brillan y un mechón cae rebelde sobre su frente. Me sorprendo teniendo el impulso de querer apartarlo. Se acerca más a mí y el olor a pino y limpio me envuelve por completo.

—Solo pienso que he demostrado con actos que seré mejor rey de lo que es mi padre. No se debe a ninguna profecía, a ningunos dioses ni a ninguna bendición de una sacerdotisa.

—¿Es creyente? —pregunto impulsivamente.

—No tanto como mi madre, sin duda. Creo en lo que veo, y esos dioses llevan tiempo sin dejarnos ver una señal de que siguen ahí.

Creo que ninguno de los dos se ha dado cuenta de cómo nuestros cuerpos se han ido aproximando poco a poco, sin permiso.

Mi corpiño roza las solapas de su traje azul marino y tengo que inclinar el rostro para poder mirarlo bien.

Me veo reflejada en sus pupilas y parezco salvaje; el recogido que con tanta diligencia me hizo Astra esta mañana está arruinado.

En el fondo de mi estómago se ha formado un nudo con algo que no sé cómo describir, pero que empalidece ante la avalancha de miedo que siento cuando el príncipe levanta la mano para apartarme uno de los rizos que caen sobre mi cara.

No se queda solo en ese gesto, sino que me acaricia el pómulo con suavidad y se detiene en mi labio inferior.

Solo tendría que abrir los labios y humedecerlos con mi lengua, mi saliva se absorbería en su piel y empezaría a formar quemaduras.

Tal vez no llegaría a ser tan mortal como ingerir uno de mis fluidos directamente o estar expuesto a él en mayores cantidades, pero sería suficiente para que el príncipe sufriera y que yo acabara en las celdas de palacio.

Sé todo eso, y aun así no retrocedo. Dejo que acaricie mi labio y me mire con deseo, porque egoístamente quiero sentir sobre mí unos ojos que se preguntan si podrá tenerme algún día a su lado.

Unos ojos que no piensan que por unas cuantas monedas podría tenerme esa noche en su cama. Unos ojos que piensan que soy una dama.

—Creo que debería coger lo que hay sobre el escritorio antes de que a alguien más se le ocurra mirar en este sitio.

No retrocede de inmediato, se queda unos segundos más donde está, como si la idea de alejarse fuese físicamente dolorosa. Pero como el hombre sensato que es, acaba dando un paso atrás.

Pestañeo para disipar lo que sea que se ha abierto paso dentro de mí y miro al escritorio, donde hay un anillo.

Este está formado por una piedra de luna y la serpiente de tres cabezas que la protege.

El símbolo de la diosa de la feminidad y la fertilidad, Saiph.

Si el objeto es algo de sumo valor para la reina, tiene todo el sentido.

Ya me ha quedado claro que es religiosa.

Anoto mentalmente intentar usar eso a mí favor, tal vez como una excusa para acercarme a ella y sonsacar información.

Lo agarro entre mis dedos y levanto la mirada para mirar al príncipe, quien ya se dispone a desaparecer por la puerta.

—¿Qué le hace pensar que deseo esa cita?

—Puede dárselo a otra si quiere, pero creo que es demasiado competitiva para eso. —Se acerca todavía más a mí y se inclina hasta estar a la altura de mi oído—. Aunque, si me permite el atrevimiento, creo que se lo pasaría bien en una cita conmigo.

—¿Está insinuando algo inapropiado, alteza?

Arqueo una de mis cejas.

—Por supuesto que no. Eso no sería caballeroso por mi parte, ¿verdad?

No tiene ni idea. Sí, soy competitiva, pero tras los últimos acontecimientos: el intento de asesinato, las artimañas y amenazas de Milena…

esto se ha convertido en algo personal. No solo para seguir llamando la atención del rey, sino para darle donde duele a esa malcriada.

Me temo que no pararemos hasta que solo quede una de las dos y pienso ser yo la que se mantenga en pie.

Ante la ausencia de una respuesta coqueta, el príncipe se aleja hacia la puerta por donde ha entrado.

—¿No se considera esto ayudarme? Si no fuese por usted, no me hubiese fijado en el anillo.

Es una gran posibilidad, el objeto que debía encontrar no estaba entre mis prioridades precisamente.

Me mira por encima del hombro.

—Algo me dice que no necesita mi ayuda, Kasdeya. Además, llevaba rato esperándola, tenía la esperanza de que fuera usted la que lo encontrara. No lo desearía de otra forma.

Y desaparece, dejándome sola en el despacho, con el beso de la sacerdotisa a mis espaldas y el anillo quemando en mi palma.