La doncella del veneno CAPÍTULO 17 KASDEYA
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CAPÍTULO 17 KASDEYA

Todas somos puntuales al reunirnos a la mañana siguiente en el jardín, como se espera de nosotras.

No obstante, hoy los nervios no son solo por el desconocimiento de cuál será nuestra siguiente prueba, sino por la presencia de Andras Berengar.

La desaparición repentina de Odessa tampoco ayuda a relajar el ambiente.

La gente no deja cuchichear y no pueden evitar relacionar los dos acontecimientos.

—Tienes un aspecto horrible —susurra Kendra.

—No he dormido demasiado bien. Los nervios, supongo.

No es porque me haya tirado toda la noche deshaciéndome de un cuerpo a la vez que recibiendo quejas de mis dos cómplices en todo esto.

Con suerte, todo el mundo se creerá que la muchacha ha acabado huyendo del castillo ya sea por miedo al rey maldito o por temer a hacer el ridículo cuando no sea elegida por el príncipe.

Espero que la nota que hemos dejado sea lo suficientemente convincente, aunque algo me dice que a Milena eso no le servirá.

Me mira desde el otro lado de los jardines con recelo.

El rey maldito hace acto de presencia. Nos observa a todas junto al rey Deimos, como si ahora fuesen un frente unido. Todo el mundo sabe que eso es mentira.

—La prueba de hoy consistirá en una búsqueda del tesoro. La reina ha escondido algo de sumo valor entre las paredes de palacio. Tendrán que encontrarlo.

No se da cuenta, pero su invitado parece decepcionado ante la sencillez y falta de peligro de su prueba. ¿Hará algo para que sea lo bastante emocionante para él?

—¿Qué es lo que tenemos que encontrar? —pregunta una de las chicas.

La sonrisa del rey se hace más ancha.

—Ese es uno de los aspectos que hace especial este juego. No saben de qué se trata. Tendrán que seguir su intuición. Aunque, como muestra de bondad, la reina quiere darles una pequeña pista.

Hace un gesto a su esposa para que se acerque a él. Por su rostro no diría que esté muy contenta, pero sé que, aun así, formará parte de esto y le seguirá la corriente a su marido, como lleva tantos años haciendo.

—La decisión más importante que toma un rey nunca es suya, sino de los dioses.

Todas nos miramos, esperando ver algo en el rostro de alguna que nos haga saber que ha entendido a qué se refiere.

Mis compañeras echan a correr en cuanto el rey da comienzo al juego.

Sin embargo, Kendra y yo permanecemos juntas, pensativas.

No tardan en llegar algunas con objetos de aparente valor.

La gente noble observa con copas en la mano cómo nosotras jugamos a este estúpido juego para su disfrute.

Pasean por los jardines e incluso se atreven a hacerlo por el palacio, viendo cómo corremos de un lado a otro con tal de complacer al rey.

Porque esto no es más que una forma de divertirlo.

No quiero jugar para entretener a todos esos hipócritas.

No obstante, supongo que no participar levantaría sospechas hacia mi persona.

Tendré que ver esto como una oportunidad para explorar aquellos sitios que en otras circunstancias resultaría extraño que visitara.

Nadie podrá juzgar mi curiosidad ahora que tengo que encontrar un misterioso objeto.

Recuerdo un sitio que se ve desde mi balcón, perteneciente a los terrenos de palacio y que parece de alguna forma olvidado.

Echo a correr, agarrando las faldas de mi vestido.

Creo que Kendra grita algo detrás de mí, pero estoy demasiado concentrada en este nuevo pensamiento.

Si no recuerdo mal, me pareció ver algo similar a una capilla abandonada.

Incluso puede que tenga relación con lo que quieren que busquemos.

No estoy segura de que me vayan a dejar pasar.

Corro por los jardines sin preocuparme de si alguna compañera me sigue.

Están todas demasiado ocupadas. Cruzo buena parte de los terrenos durante minutos que se me hacen eternos, hasta dar con el pequeño edificio abandonado.

Supongo que nadie espera que venga hasta aquí, ya que no encuentro resistencia para entrar.

La puerta está abierta, sin candados ni nada que mantenga alejados a los curiosos.

Las partículas de polvo danzan frente a mis ojos y el eco de mis pisadas resuena en la habitación vacía.

No hay nada salvo lo que parece un altar.

Lo miro, sin encontrar nada de valor o que pueda ser el objeto que debo encontrar.

Solo hay polvo y pequeños trozos de cristal que se han desprendido por el paso de los años.

No puedo evitar mirar hacia la vidriera de vívidos colores que ilumina la sala, proyectando un arcoíris en los rayos de luz que se cuelan al interior.

Noto algo de sudor escurriéndose por mi espalda fruto del esfuerzo físico. Decido entonces caminar más relajada, es más, ¿por qué me esfuerzo? No me importa ese objeto, aunque tal vez esperaba descubrir algo aquí dentro. Pasadizos secretos, señales de rituales oscuros, no lo sé.

«La decisión más importante que toma un rey, nunca es suya, sino de los dioses».

En este sitio, sin duda destinado a los dioses, no hay nada.

Deshago mis pasos y me alejo de la pequeña iglesia para regresar a palacio.

En todo momento siento que alguien me observa pero cada vez que alzo el rostro buscando al culpable lo único que veo son pájaros rondando.

Una vez dentro recorro varias habitaciones, estudiándolas y fingiendo que busco el objeto cuando alguno de los nobles de palacio se encuentra conmigo.

Le doy vueltas a las palabras de la reina…

La decisión más importante…

¿La sala de guerra? Las guerras conllevan significativas decisiones. Podría ser una opción. O tal vez… ¿el despacho del rey? Sería una gran oportunidad para cotillear lo que sea que haya sobre su escritorio, o tal vez sus estanterías. Ojalá haya misivas abiertas que pueda hojear.

Camino por el pasillo en dirección al despacho del rey cuando un par de manos me empuja con fuerza hacia una habitación abierta.

No hay ni rastro de luz y solo escucho el ruido que hace la puerta al cerrarse.

Muevo los dedos frente a mí, palpando todas las superficies hasta dar con el pomo de la puerta.

Intento abrir, pero parece en vano. Golpeo con el puño entonces, con la esperanza de que alguien me escuche.

—A ver si un ratito encerrada te quita las ganas de llamar la atención —escucho al otro lado.

—¿Milena? —Golpeo más fuerte—. Milena, abre la maldita puerta. ¿Crees que convertirme en tu enemiga es lo más sensato? —Dejo salir una risa agónica—. Te prometo que no lo es.

—¿Crees que no sé lo que has hecho? —dice en tono acusatorio—. No te tengo miedo.

—Puede que ahora no, pero aprenderás a tenerlo.

—¿Sí? Dudo de que puedas hacerme daño desde el calabozo, donde sin duda te meterá el rey cuando sepa de todo esto.

—¿Crees que te creerán sin pruebas?

La verdad es que podrían creerla, pero no voy a dejar que ella lo sepa. Debo hacerla dudar.

No responde. En su lugar escucho el ruido de sus tacones al alejarse.

Si se piensa que voy a quedarme de brazos cruzados está muy equivocada.

Rebusco entre mi pelo hasta dar con un par de horquillas.

Mis ojos poco a poco se acostumbran a la oscuridad y aprovecho para encajarlas dentro de la cerradura.

Respiro profundo, recordándome a mí misma que la clave de esto es tener paciencia, tacto y control.

Dejo salir el aire poco a poco de entre mis labios a la vez que presiono con una horquilla y, con la otra, intento hacer saltar el mecanismo de cierre.

—No sabía que las damas de la alta sociedad aprendieran ahora a ser ladronas.

La voz detrás de mi espalda hace que me recorra un escalofrío. Ya es la tercera vez que tengo la desgracia de cruzarme con él, así que a estas alturas ya sé quién es. No me giro, mi prioridad es salir de aquí, no verme enredada en más conversaciones con este monstruo.

—Así que vas a ignorarme como si no acabaras de irrumpir en mis aposentos… Eso no funciona conmigo, venenosa.

El uso de ese término me paraliza por un momento.

—¿Cómo me has llamado?

—Sé que no tienes problemas de sordera, querida.

—No me llames querida.

—¿Venenosa, entonces?

—Tampoco. No tienes ningún derecho a hablarme así.

—¿Acaso miento? Siempre estás estudiando tus alrededores esperando a ver quién será el bobo que te subestime para atacarlo con tu lengua viperina.

—Parece que ese bobo eres tú.

No pienso hablarle con el respeto que merece un rey cuando él no me muestra el respeto que merece una dama.

Puedo sentirlo aproximarse a mí lentamente, como un depredador hacia su presa.

Se convierte en una necesidad casi de supervivencia salir de aquí.

Sigo manipulando la cerradura hasta que escucho el inconfundible sonido de la victoria.

Dejo salir una bocanada de alivio y abro la puerta.

La luz entra y aunque no debería hacerlo, echo un vistazo a mi espalda.

Andras está a solo unos metros de distancia, con las manos en los bolsillos del pantalón y una pose relajada.

Su rostro refleja calma, aunque en sus ojos hay un aire divertido y curioso.

—Corre, vete y sigue siendo el entretenimiento de toda esta gente. Gánate el derecho de ser la esposa de ese príncipe insulso.

—Cuidado, pareces celoso.

—¿De qué podría tener celos?

—No sé, dímelo tú.

—¿Crees que quiero tu interés, venenosa? —Ríe—. Lo tendré sin tener que hacer nada, cuando te des cuenta de lo aburrido que es estar con quienes fingen ser perfectos.

Giro el rostro, decidida a no seguirle más el juego.

—Y por cierto, deberías tener cuidado con ese acento tuyo, a veces se te olvida mantener la farsa.

No digo nada al salir. Cierro los puños, furiosa, y aunque me digo a mí misma que no lo haga, no puedo evitar echar un último vistazo atrás. Andras mueve los dedos a modo de despedida a la vez que esboza una sonrisa provocativa. Me contengo para no gruñir.