La doncella del veneno CAPÍTULO 16 KASDEYA
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CAPÍTULO 16 KASDEYA

Me despierto sobrecogida en mi cama. El corazón me late deprisa y coloco una mano sobre mi pecho creyendo que así se tranquilizará.

Si la pesadilla no era suficiente motivo para estar inquieta, los pasos fuera de mi puerta no me ayudan.

Me pongo rápidamente en alerta y, aunque lo racional sería no ir directa al peligro, mi espíritu curioso siempre ha sido uno de mis mayores defectos.

Siempre me ha dado problemas, sin embargo, hoy no será el día en que ignore esa parte de mí.

Voy hasta la silla donde descansa una bata de seda y la paso por mis hombros antes de acudir a la puerta.

Abro solo una pequeña rendija y me sorprendo al encontrar frente a mi puerta el rostro de Odessa, como si acabase de ser atrapada haciendo algo malo.

Por el cuchillo que sujeta entre los dedos, se podría decir que así es.

—¿Qué haces frente a mi puerta?

Intento que mi voz no suene demasiado fuerte, aunque la verdad es que encuentro dificultades para mantener un tono tranquilo. Sé perfectamente lo que hace frente a mi puerta y, aun así, quiero escuchar lo que sea que tenga que decir.

Odessa no responde, retrocede lentamente, pensando que va a irse de rositas tan fácilmente. Planeaba algo y voy a averiguar el qué.

Me cosquillean las puntas de los dedos y actúo por puro recuerdo muscular.

No puedo ver a alguien sosteniendo un cuchillo delante de mí y no actuar como si fuese una amenaza.

La agarro del cuello antes de que pueda escapar y ella, por acto reflejo, levanta el cuchillo.

Agarro su muñeca con la mano libre antes de que me hiera.

No me lo pienso más y la obligo a entrar a mi habitación.

Cierro la puerta acorralando su cuerpo contra ella.

—Habla ahora, antes de que me ponga creativa.

Odessa, pese a su orgullo, tiembla bajo mis dedos como una hoja.

—Suéltame ahora mismo. —Al ver que mi agarre no se afloja ni lo más mínimo, añade—: Yo no quería.

Las lágrimas empiezan a brotar de sus ojos y la verdad es que ardo en deseos de decirle que se guarde sus estúpidos lloros.

Al fin y al cabo, es ella la que se ha presentado frente a mi puerta con un arma y la que tiene más que perder en este momento.

Tampoco tengo muy claro que el agua que cae de sus ojos no sea una argucia.

Si es amiga de Milena tiene que ser tan falsa como ella.

No obstante, no se me pasa por alto su elección de palabras.

—¿A qué te refieres con que tú no querías?

—Te escucharon hablando con la princesa pirata sobre eliminar a la competencia poco a poco, haciendo que pareciera un accidente. ¿Crees que me iba a quedar sentada esperando a que eso pasara? No voy a dejar que una don nadie me mate.

Por fin sale a la luz su verdadera personalidad, esa que ya he vislumbrado en alguna ocasión y dejaba tanto que desear como la de su amiguita.

Tengo que contener el impulso de carcajearme en su cara.

En el fondo, su acusación podría ser cierta.

Me he criado de una forma diferente a esta gente, he tenido que luchar por cada cosa que tengo y estoy dispuesta a seguir haciéndolo.

Ahora más que nunca. Si alguna de ellas supone una piedra en mi camino, no vacilaré.

Al parecer, no somos tan distintas. Ellas también están dispuestas a hacer lo que sea por obtener la atención del príncipe.

Algo que me parece mucho más superficial. No sé qué dice eso de ellas.

—¿Quién te ha dado esa información?

Evita mirarme a los ojos, supongo que sabe tan bien como yo que podré leer a través de sus mentiras. O simplemente la rabia y el orgullo al haber sido atrapada pueden con ella.

—Puedo sacarte la respuesta a la fuerza. ¿Estás dispuesta a sufrir por mantener el anonimato de esa persona?

Parece pensárselo mejor. Su amistad no es tan fuerte como para que sientan lealtad hacia la otra.

—Milena.

Necesitaba esta confirmación como una bandera blanca que me dará el derecho a tomar represalias contra ella cuando llegue el momento.

Por supuesto, no me sorprende escuchar su nombre.

Esa maldita parece tenerme cruzada desde el primer momento.

Se ha dado cuenta de la amenaza que supongo para sus intereses.

De lo que ella no parece haberse percatado es que yo no mando a otros a librar mis batallas y no me importa mancharme las manos de sangre. No sería nada nuevo para mí.

—Así que has venido hasta aquí para matarme solo porque Milena te ha dicho que planeo mataros a todas —cavilo—. No sé si me parece estúpido o valiente. ¿Has decidido venir aquí tú sola o ha sido también ella la que te ha convencido de plantarte en mi puerta?

Al principio creo que su silencio se debe al miedo hasta que me doy cuenta de que la intimidad de mis aposentos, la incredulidad ante lo que acaba de ocurrir y, por qué no admitirlo, la rabia ante el descaro de Milena, me han hecho actuar imprudentemente.

La cara de la chica se rompe en un gesto de dolor silencioso.

Abre la boca, formando una «o» y no tardo en entender su reacción.

Algunas gotas de mi saliva han debido salpicarle el rostro.

Se lleva las manos a él cuando se recompone de la sorpresa inicial.

Intenta gritar cuando nota las quemaduras en su piel, pero lo impido aplastando la palma de mi mano contra su boca.

La carne quemada se siente más blanda de lo normal contra mi palma, las lágrimas corren libremente por sus mejillas y su cuerpo no deja de moverse por la fuerza con la que solloza.

Lanzo sonidos que pretenden ser tranquilizadores, no porque me compadezca de ella, sino porque necesito que deje de llorar.

Parece calmarse un poco y lentamente aparto mi mano.

La transformación que tiene lugar en su rostro es algo casi de estudio.

Sus ojos pasan de ser los de un animalito asustado a estar cargados de una rabia ciega.

—Eres un monstruo —escupe a escasos centímetros de mi rostro—. Milena tenía razón sobre ti.

Me doy cuenta en este preciso instante de que cualquier oportunidad que tuviese esta chica de volver a su habitación ilesa acaba de esfumarse.

No es lo suficientemente lista como para guardar este secreto si la amenazo.

Pensará que me estoy marcando un farol y será solo cuestión de tiempo que se vaya de la lengua.

Al principio puede que la tachen de loca, a pesar de que lleve las pruebas en su rostro, pero estoy segura de que Milena la creería o fingiría hacerlo tan solo para poner al resto en mi contra. Incluida toda la familia real.

—Mírate —digo, sujetándola por el mentón con tan solo dos dedos de mi mano—. Con lo bonita que eras y tenías que venir aquí esta noche a estropearlo todo.

Chasqueo la lengua y lentamente, sin que ella se vea venir mi próximo movimiento, robo el cuchillo que tiene en la mano. De inmediato da un paso atrás intentando poner distancia. Resulta inútil porque en solo unos segundos tengo la hoja presionando su cuello.

—Lo cierto es que no tenía ningún interés en mataros a ninguna de vosotras, siempre y cuando no supusierais un obstáculo para mí, y la verdad es que acabas de convertirte en una piedra en mi camino.

Quito el cuchillo de su cuello y acaricio su mejilla con la punta.

Abre la boca para decir algo que me disuada de lo que estoy a punto de hacer.

En mi cabeza todavía me debato entre qué opción escoger.

¿Cuchillo o mi sangre? Las dos dejarán un buen desastre que tendremos que limpiar.

Por no hablar del cuerpo. Algo me dice que Pasha no estará muy contento cuando tenga que lidiar con ello.

Podríamos intentar que parezca que al guien la ha envenenado, aunque eso formaría un gran revuelo en palacio. No sé si me sentiré cómoda con eso.

—Es una pena.

Me encojo de hombros y entonces me decido por una tercera opción.

Dejo caer el cuchillo entre nuestros pies, y el golpe la distrae el tiempo suficiente para que mis manos le rodeen el cuello y empiecen a ejercer fuerza.

Este es fino, de piel suave y pálida en la que no tardarán en salir las marcas de mis dedos.

Intenta librarse de mi agarre con las manos, pero no puedo arriesgarme a que deje heridas en mi piel.

Estampo su cabeza contra la pared y me arrepiento de inmediato del ruido.

Gracias a los dioses, la chiquilla no tiene mucha fuerza ni, al parecer, mucha resistencia.

El tono de su cara pasa rápidamente del rojo al azul y sus labios cogen el mismo color.

—Po- por- por favor…

Sus palabras rozan ligeramente mi corazón, aunque no lo suficiente para hacer que me detenga.

Puedo admitir que esta muerte podría haberse evitado si ella no hubiese sido tan estúpida como para venir aquí, para empezar.

La fuerza de sus brazos se debilita por completo y acaba cediendo.

Caen a ambos lados de su cuerpo completamente inertes y, para cuando vuelvo a mirar su rostro, sus ojos ya están perdidos.

Miran a un punto que está más allá de mí.

Espero un poco más para estar segura y es entonces cuando doy un paso atrás y la suelto.

Cae al suelo como una muñeca de trapo y estoy observándola, preguntándome qué hacer a continuación, cuando la puerta aledaña a mi habitación se abre.

Una Astra con el pelo enredado y los ojos hinchados entra en mi habitación. Parece terminar de despertarse cuando ve el cuerpo tirado en el suelo.

—¿Qué diablos…?

—Creo que deberías llamar a Pasha. Vamos a tener una noche larga por delante.

Me mira con cara de pocos amigos.

—¿Estás loca, Kasdeya?

—Ha empezado ella.

Me encojo de hombros y me doy media vuelta. Escucho cómo mi doncella deja salir alguna que otra maldición más en voz baja, pero hace lo que le digo. Se las ingenia para buscar a su hermano en un tiempo admirable, y lo siguiente que sé es que los tres estamos enredando el cadáver en una alfombra.