La doncella del veneno CAPÍTULO 15 KASDEYA, 16 AÑOS
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CAPÍTULO 15 KASDEYA, 16 AÑOS

—No ha sido buena idea venir aquí.

Zia y yo estamos apostadas encima de uno de los tejados de la ciudad, a la espera de que los habitantes de la casa en la que pretendemos irrumpir se vayan a dormir.

Hace tan solo unas semanas que Bryn nació y, las propinas, junto con el mísero sueldo que Shaula nos da, no son suficientes para criar a un bebé que demanda cosas a cada rato.

Con vender uno de los objetos que estos ricachones guardan en sus casas, Zia podría comprarle algo que no sean harapos roídos, mantas gruesas para resguardarla del frío y pagar unas cuantas monedas a una nodriza para que amamante a la pequeña.

La leche de sus pechos parece que se está cortando y es cuestión de tiempo que no pueda alimentarla.

Bueno, si es que le queda algo de ella para cuando acaba la noche.

Shaula encontró en el embarazo de Zia una fuente de dinero.

Hay algo en los cuerpos de las embarazadas que parece proporcionar un placer retorcido a los hombres.

¿Será la barriga? ¿Los pechos hinchados y sensibles?

No lo sé. Pero ahora, después del parto, como aún sus partes íntimas no se han recuperado, Shaula ha encontrado otra forma de ganar dinero con ella.

Ofrece sus tetas, como si de una vaca se tratara, para que los más enfermos de mente se puedan recrear en ellas, chupando la leche materna.

A pesar de que soy tres años menor, parezco tener más iniciativa y maldad en ciertos aspectos.

Zia es un alma demasiado buena para trabajar en el Red Fear.

Me parece una injusticia la mala suerte que le han designado los Eternos.

Con su rostro dulce e inocente debería estar trabajando en grandes teatros, siendo venerada por el público, no explotada por su cuerpo en un burdel.

—¿Qué idea mejor se te ocurre? Shaula no va a darte más dinero, ella ya cree que está siendo generosa dejándote quedarte con la niña en el burdel.

Se mordisquea el labio, pensativa. Sabe que tengo razón.

Puede que no sea lo más correcto, pero ¿qué le importa a esta gente si desaparece uno de esos huevos horribles con joyas incrustadas?

Estoy segura de que la mayoría del tiempo ni recuerdan que los tienen, no obstante, a nosotras en el mercado negro nos darían una suma de dinero con la que hasta ahora solo podríamos soñar.

Esperamos durante horas hasta que estamos seguras de que todos se han ido a dormir y, lentamente, vigilando nuestras pisadas, nos dejamos caer desde el tejado hacia una de las ventanas.

Llevo días estudiando esta casa, sé que esta ventana da a parar a la habitación de la niñera, la cual aprovecha sus noches para acostarse con el mozo de los caballos en el establo.

Así que ahora mismo no habrá nadie que nos vea entrar.

Hago un poco de fuerza hasta que la ventana se abre y me cuelo al interior yo primero, seguida muy de cerca por Zia.

Recorremos la habitación con cuidado mientras nuestros ojos se acostumbran a la oscuridad.

Estamos en la segunda planta, y estoy segura de que los objetos de mayor valor estarán en el despacho del señor de la casa, en la planta baja.

Bajamos las escaleras de madera, rezando para que estas no crujan con nuestros pasos.

Conseguimos llegar al segundo piso con éxito.

Contenemos la respiración a la espera de algún ruido que nos alarme, sin embargo, la casa sigue sumida en un apacible sueño.

Repetimos el proceso y una vez a la planta baja, comenzamos a peinar la zona en busca de algo que sea de alto valor y pese poco para poder llevarlo.

Zia me señala la vajilla, tal vez un par de cuchillos sea suficiente, no obstante, no estoy muy segura de que eso vaya a sorprender a nuestro comprador.

Sigo deambulando por la sala hasta topar con una puerta con cerradura.

Pruebo por si esta estuviese abierta y, efectivamente, así es.

Echo un vistazo atrás, con una sonrisa que muestra todos mis dientes.

Entramos juntas al que sin duda es el despacho, y la verdad es que mis ojos no saben en qué reparar primero.

Hay piezas de arte en las paredes, decoraciones de oro, un abrecartas encima del escritorio con joyas incrustadas en su empuñadura.

¡Incluso uno de esos huevos feos y costosos!

—Démonos prisa —susurra Zia.

Me decanto por el abrecartas, colgándolo de mi cinturón y ocultándolo bajo mi camisa maltrecha.

Dudo por un segundo en si llevarme ese huevo, pero el ruido de unos pasos descendiendo la escalera me hacen olvidarlo por completo.

Mi amiga me mira con pánico en los ojos y yo busco desesperadamente una salida.

No hay ventanas, así que la única manera será atravesando esta puerta y correr hacia la entrada principal.

Para entonces ya nos habrán visto. Aun así, es quedarnos aquí plantadas y esperar a que nos pillen o intentar escapar.

Soy la primera en poner un pie fuera, me muevo deprisa entre las sombras y veo la figura de un hombre en mitad de las escaleras.

La puerta está cerca, tentadoramente cerca.

Solo unos metros más y estaremos fuera. Nos perderemos entre los callejones y será como si esta noche no hubiese ocurrido.

Salvo por el peso del dinero en nuestros pasillos.

No obstante, cuando mi mano está cerca de la puerta, escucho el inconfundible sonido de la pólvora al estallar.

—¡Malditos ladrones!

Pensaba que esos artilugios fruto de Umbros habían sido prohibidos hace tiempo.

No siento dolor, así que me aferro a la esperanza de que todo haya sido un farol.

Me aterra mirar a otro lado que no sea la puerta frente a mí, pero lo hago.

Encuentro a Zia con la mano en el estómago, y la sangre se filtra entre sus dedos con demasiada rapidez.

Me mira a los ojos como si supiera lo que va a pasar, pero me niego a aceptarlo.

La agarro del codo y tiro de ella, con lo s pasos y gritos del hombre tras de mí.

Vuelve a escucharse el estallido de la pólvora y esta vez lo siento.

Me quema el hombro como si alguien estuviese presionando sobre mí un hierro ardiendo.

Se filtra de entre mis labios un gemido de dolor.

Abro la puerta y la brisa fresca de la noche se cuela de inmediato.

Nos lanzamos a la penumbra, con sus gritos acompañándonos y despertando probablemente a toda la ciudad.

Siento cómo Zia cada vez se mueve más despacio junto a mí, pero no la dejo descansar mientras transitamos un callejón detrás de otro con tal de dar esquinazo a nuestro perseguidor.

Por fin dejo de escucharlo y nos detenemos.

Mi amiga se desploma en el suelo, sujetándose el estómago.

Veo el parpadeo lento de sus ojos y eso no puede ser buena señal.

—¡Oye! ¡Mírame! ¡No te atrevas a dormirte!

No sé muy bien qué hacer, solo que tengo que hacer algo.

El rostro de la pequeña Bryn, con apenas meses de vida, me sacude de pies a cabeza.

Bajo las manos a mi camisa, con la mala suerte de que me corto con el abrecartas que sobresale.

Reprimo una maldición y rasgo mi ropa. Presiono con fuerza sobre su herida, evitando que mi mano sangrante entre en contacto con ella.

—¿La cuidarás? —murmura con dificultad.

—No digas tonterías, lo harás tú misma.

Esboza una sonrisa triste.

—Siempre has sido… demasiado optimista.

Un hilillo de sangre sale de su boca y se le escurre por la comisura. Me acerco y le coloco la cabeza sobre mi regazo. Sabiendo que nadie me escuchará, que soy una asesina y una ladrona, grito pidiendo auxilio. No por mí, por ella. Sé que por mí misma no lograré sacarla de aquí con vida.

—¿La cuidarás?

Me mira, aunque sus ojos comienzan a perderse. Mi cabeza sabe lo que mi corazón se niega a aceptar. Así que las palabras salen de mi boca sin que las registre realmente, dándole consuelo a una moribunda.

—Por supuesto, la cuidaré siempre.

—Bien.

Sonríe.

Noto líquido caliente en mis rodillas y no hace falta que baje la vista para saber que estoy rodeada de un charco carmesí. Me inclino para levantar un poco la camisa empapada y ver la herida. Ya no sale la sangre con tanta fuerza y eso solo señala el poco tiempo que le queda.

Vuelvo a gritar pidiendo ayuda.

—No te preocupes, nos ayudarán, te sacaré de aquí.

Cuando la miro, veo unas gotas de mi propia sangre salpicadas sobre su mejilla.

Rápidamente las limpio con el pulgar, pero me doy cuenta en ese momento de que sus ojos están clavados en la oscuridad de la noche que se alza sobre nosotras.

Pensaba que estaba acostumbrada a la muerte, que ya me había insensibilizado ante ella después de haberla llamado tantas veces para entregarle almas.

Al parecer no es así, pues un sollozo crudo me rasga la garganta.

Dejo que mis lágrimas salgan y salpiquen su rostro. Ya da igual.

Mi cuerpo duele, no solo por la herida en mi hombro, sino por lo poco acostumbrado que está a verse sacudido por una emoción tan visceral. Cuando tus lágrimas matan, no te permites llorar.

Bajo la mano y le cierro los ojos. Parece como si solo estuviese dormida; de hecho, tiene los labios curvados en una sonrisa. Si la vieses dirías que está teniendo un sueño apacible. Pero yo sé la verdad.

Me quedo horas de rodillas en ese callejón.

El cuerpo de Zia se queda frío, el dolor de mi hombro sigue ahí, latiendo, su sangre se ha secado en mis manos y las lágrimas han desaparecido de mis mejillas, dejando las marcas de por dónde han pasado.

No sé qué hora es ni cuánto tiempo ha pasado cuando nos encuentran, solo sé que, al sacarnos de allí, en el callejón se quedan los últimos instantes de mi amiga y se viene conmigo la certeza de que la gente estará más segura si no me acerco.

La muerte es una amante celosa que no dudará en apartar de mi l ado cualquier atisbo de normalidad, soy su instrumento y no quiere que me distraiga con cosas tan mundanas como la amistad.

Así que lo mejor que puedo hacer es mantenerme alejada de todo el mundo.

Si no se acercan a mí no morirán, y yo no tendré que cargar con el dolor de perderlos.