La doncella del veneno CAPÍTULO 14 KASDEYA #3
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CAPÍTULO 14 KASDEYA #3

—Digamos que pasar mis tardes paseando, tomando té o bordando mientras disfruto de la brisa no son mis pasatiempos favoritos.

—¿Qué lo es entonces? ¿Cantar?

Niego con la cabeza.

—Si se lo dijera tendría que matarle.

Lejos de ofenderse, mi comentario hace que las comisuras de su boca se alcen. Soy más consciente de las superficies duras que tengo bajo las yemas de mis dedos. Concéntrate, Kasdeya. No es el primer hombre guapo que ves.

—No sé por qué, pero siento que me ha estado evitando.

—¿Evitarle, alteza? ¿Por qué haría algo así?

—No lo sé, dígamelo usted.

Sacudo la cabeza y fuerzo una risa pequeña.

—Ahora mismo estamos caminando juntos, yo no diría que le estoy evitando.

—Está hablando conmigo porque no le he dejado otra opción.

—Podría haberme negado a que me acompañara.

Baja los ojos a los míos, arqueando una ceja con un aire un tanto arrogante. No obstante, no me enfurece, sino que, por primera vez, me parece divertido.

—¿Cuánta gente cree que le ha negado algo a un príncipe?

—¿Ninguna?

—Incorrecto. —Me ayuda a subir los escalones hasta la planta superior, donde se encuentran todas nuestras habitaciones. Aprecio el gesto, aunque soy totalmente capaz de subir los escalones con estas herramientas de tortura—. En mi primer baile una dama me rechazó.

—Oh, vaya, el príncipe conoce el rechazo.

—Seguidamente vomitó sobre mis zapatos —prosigue—. Resulta que estaba embarazada y mi perfume le provocaba náuseas.

—¿Y su ego se ha recuperado?

—A duras penas.

—¿Y qué pasó con la muchacha?

—Se formó todo un escándalo. No estaba casada ni tenía pretendientes serios: resulta que el niño era de uno de los mozos de los establos. Un amor de verano entre jóvenes que acabó de una manera desastrosa.

—Dicen que esos son los mejores.

—¿Y usted? ¿Algún amor de verano que sea digno de recordar?

Es extraño, esta conversación no está siendo para nada tan desagradable como esperaba.

Inclino el rostro y dibujo en mis labios una sonrisa de listilla.

—¿Está indagando en mi vida amorosa, alteza?

—Solo me pregunto si hay alguien dueño de su interés.

—Me parece que alguien no está acostumbrado a no ser el dueño de toda la atención de una mujer.

—Le diría que es cierto, pero ¿por qué el latido de su corazón se ha acelerado?

No me he dado cuenta hasta que lo ha dicho.

Mi mano ha ido bajando por su antebrazo hasta estar a su alcance.

Tiene dos dedos presionados firmemente contra mi muñeca.

El tejido no es un impedimento y mucho menos cuando mi corazón late con tanta fuerza.

Incluso yo puedo sentirlo. Poco sabe él de que realmente se debe a la idea de causarle una muerte prematura.

No es el motivo por el que vine aquí y aunque pueda parecer difícil de creer, no me gusta matar por placer.

Siempre me gusta que haya un propósito. O al menos me digo a mí misma que el ritmo desbocado de mi corazón se debe a ese pensamiento y no al hecho de tenerlo tan cerca, tocándome con manos gentiles.

Mi cuerpo no ha conocido otra cosa que no sean los golpes y el dolor.

Sería muy sencillo confundir esta sensación nueva con otros sentimientos mucho más complejos, pero no lo permitiré.

—Puede que sea fruto de mi osadía al rechazarlo, alteza.

—No creo que su cuerpo me rechace, señorita Vikena.

Esto último lo dice cerca de mi oído, erizando toda mi piel. Las palabras salen de sus labios en forma de caricia y lo más sensato sería detener esto y salir corriendo de aquí. Sin embargo, ignoro todo lo que la voz de mi cabeza me grita que haga y formulo la pregunta que me ronda la mente.

—¿Y hay algún amor de verano que aún tenga su interés?

—Nunca me he enamorado.

—Por supuesto, no esperaba menos de usted.

—¿Qué quiere decir?

Lo examino de pies a cabeza.

—No parece de los que se deja llevar por las emociones.

—Puede que tenga razón —coincide. El latido de mi corazón se vuelve arrítmico y cierro los ojos solo un momento para recordarme que debo tranquilizarme—. Lo que me lleva a pensar que es usted un problema.

—¿Yo? ¿Un problema?

—Así es. —Asiente y se relame los labios—. Porque por alguna extraña razón, me hace querer actuar imprudentemente.

—Yo no diría eso.

—Ah, ¿no?

Sin darnos cuenta ya hemos llegado hasta las puertas de mis aposentos. Me separo rápidamente de él, poniendo un par de pasos de distancia entre nuestros cuerpos. Echo un vistazo atrás y no veo ni rastro de mis cómplices.

Dejo salir una bocanada de aire.

—Creo que es momento de que nuestros caminos se separen por hoy, alteza.

En su cara se refleja confusión. Estoy segura de que quiere robar unos cuantos minutos más conmigo, pero sabe que no sería prudente. Aunque no entre en mis aposentos, ser vistos en la puerta, solos, podría crear un escándalo.

—Tiene razón, señorita Kasdeya. —Inclina el rostro—. Espero que tenga una buena noche de descanso. Nos vemos mañana.

No se marcha hasta que me ve entrar en mi habitación. Cierro la puerta y apoyo mi espalda contra la madera. Es entonces cuando me doy cuenta de que mis dedos tiemblan. Rodeo una mano con la otra, obligándome a parar.

—No pierdas el control, Kasdeya.