CAPÍTULO 14 KASDEYA #2
—Si es cierto lo que dice y aún no tiene una favorita, tal vez le venga bien un consejo… —Una vez más pasa sus ojos dorados por cada una de nosotras. Se detiene en mí y un escalofrío recorre mi espalda—. Esa de ahí es peligrosa.
Se hace un silencio sepulcral en la habitación. Mi corazón empieza a latir mucho más fuerte. Incluso desde aquí y sin mirar creo percibir la tensión que emana en oleadas de Pasha. ¿He sido descubierta?
—¿Disculpe? —pregunto, fingiendo molestia.
—¿La ha visto con el arco, alteza? —Alza la copa y da un sorbo, manteniéndonos a todos en vilo hasta que siga hablando—. Imagínese lo que haría con usted si también ha heredado las indiscreciones de su padre.
La reina Evara abre mucho los ojos al darse cuenta de a lo que se refiere, el rey se atraganta con el vino y es Keir quien acaba explotando. Se levanta casi de un salto de la silla y estampa las manos contra la mesa. Milena, a su lado, lanza un grito.
—¡Ya basta! —Clava sus ojos color chocolate en los del rey maldito—. Viene a nuestro reino, se alimenta en nuestra mesa… ¿y tiene la desfachatez de insultarnos a la cara?
—¿De verdad es un insulto señalar lo obvio? Creía que era de conocimiento público.
Evara se revuelve, incómoda, en su asiento. No dudo de que preferiría estar en cualquier lugar salvo aquí.
—Suficiente —dice Deimos, sin alterarse, levantándose de la mesa—.
Creo que será mejor que demos la velada por terminada.
Mis disculpas, señoritas, si han escuchado algo indebido.
—Se las apaña para dibujar una sonrisa falsa—.
Espero poder hablar pronto con usted, rey Andras. Es evidente que necesitamos hacerlo.
Se marcha sin añadir nada más. Poco después le sigue la reina, la cual es evidente que no quiere pasar ni un minuto más aquí.
Creo que es la primera vez que veo tanto color en sus mejillas.
Andras no hace por levantarse de la mesa, al contrario que el resto de los presentes.
Una a una las chicas abandonan la habitación acompañadas de sus doncellas y guardias.
Odessa mira a su amiga, esperando que la imite, pero Milena parece reticente a alejarse del príncipe, incluso tiene su mano posada en su antebrazo, como si necesitase apoyo para levantarse del asiento.
Me lanza una mirada mortífera, creyendo que así conseguirá que me marche. Sonrío provocativamente.
—Será mejor que suba a su habitación, señorita Milena. Mañana será un día largo y necesitará descansar.
—Pero…
Ya es tarde. El príncipe le ha retirado su atención.
Cierra la boca en una línea firme y le hace un gesto brusco a su doncella para marcharse.
Pasa por mi lado, sacudiéndose el pelo tras el hombro.
Sonrío más ampliamente y le hago un gesto burlón con los dedos.
Creo que escucho un gruñido que casi parece el quejido de una rata mientras se aleja.
Aprieto los labios para no estallar en carcajadas, aunque no debo ser tan discreta, pues al mirar al frente tengo tanto los ojos de Keir como los del rey maldito clavados en mí.
Me yergo, alzando la barbilla, demostrando que no me intimidan.
—Si me disculpa, príncipe Keir, yo también me retiro a mis aposentos.
Hago una ligera reverencia, cerciorándome de mirar de forma desafiante a Andras.
Espero que se haya dado cuenta de que en ningún momento me he dirigido a él.
¿Cómo se atreve a decir esas palabras sobre mí y quedarse tan tranquilo?
No me conoce, no sabe absolutamente nada de mí.
¿Habla él de personas peligrosas siendo quién es? Casi quiero reír.
Me doy media vuelta, lista para marcharme.
—Espere, Kasdeya —dice a mi espalda el príncipe.
Me doy media vuelta.
—Permítame que le acompañe hasta sus aposentos.
Andras arquea una ceja, todavía sentado a la mesa. Otra vez me parece ver a su alrededor unas sombras de un tono verdoso oscuro bailoteando. ¿Nadie se da cuenta?
—Por supuesto, alteza.
Se acerca a mí y me tiende su brazo para que lo tome.
Miro los guantes y respiro profundo, recordándome a mí misma que no tiene por qué pasar nada.
Me agarro al brazo que me ofrece y dejo que me guíe.
Lanzo una mirada a Pasha y Astra, que se cercioran de caminar detrás de nosotros, dejando la distancia suficiente para darnos intimidad.
—Siento lo que ha presenciado hace un momento.
—No tiene nada de lo que disculparse, alteza. No ha sido su culpa, sino de ese… ser despreciable.
—Parece que lo odias tanto como yo.
—¿Cómo no hacerlo? Después de lo que me ha obligado a hacer ahí fuera…
Pongo un tono de voz lastimero recordándole que he sido una víctima más de Andras y así evocar su lado protector. Es lo que le encanta a los hombres. Jugar a ser el caballero de brillante armadura listo para proteger a la dama indefensa y débil.
—Ojalá no hubiese ocurrido. Estaba siendo una tarde agradable. Se le veía disfrutar con el arco.
—Espero que no piense que soy una bárbara.
—No lo pienso, pero la he observado y sé que es la vez en la que más interesada la he visto.
Rompo la norma que no era consciente de haberme impuesto y lo miro a los ojos.
Encuentro diversión en su cara. Tal vez pueda parecer que tiene un alma envejecida, no obstante, su rostro delata su juventud y, por supuesto, su atractivo.
Por mucho que me moleste aceptarlo, es imposible negar que el príncipe Keir es un hombre apuesto.
Si nuestras circunstancias fuesen otras, si él no estuviese destinado a llevar una corona y yo no fuese un arma mortal que acabaría matándolo, tal vez intentaría conocerlo de verdad, ver si es cierto eso de que existen hombres buenos.
Desafortunadamente, él es el príncipe y yo una asesina que acabaría con su vida con un simple beso.
Como si pudiese leer mis pensamientos, me parece ver que sus ojos se oscurecen.