CAPÍTULO 14 KASDEYA
Solo dispongo de un par de horas para asimilar lo ocurrido, pues el rey manda organizar una cena especial para dar la bienvenida a Andras Berengar.
Queda claro con ese gesto que la actitud del monarca es conciliadora, aunque dudo mucho que su hijo piense de la misma forma.
Si es que lo que me ha dicho Pasha hasta el momento es cierto.
Astra aparece para ayudarme a vestirme y prepararme para bajar. Está muy callada, más de lo normal.
—¿Te hice daño? —pregunto mientras espolvorea el supuesto polvo mágico de fénix encima de mí.
—No. Estoy bien. Solo un poco conmocionada todavía.
—Es tan horrible como decían los rumores.
—Eso parece —responde distraída—. No me imaginaba que pudiese ser de verdad tan cruel.
—Y Deimos pretende que ahora cenemos con él —bufo—. Ahora sí que creo que la paz con ese hombre es imposible. Tal vez lo que me dijo Pasha sobre el príncipe sea lo mejor.
—¿Qué te dijo?
—El príncipe cree que la solución a todos los males que sacuden Argevin sería acabar con el rey maldito. Al principio tenía mis dudas, no sé, nadie tiene pruebas reales de que Andras sea el origen de la enfermedad, pero ahora que lo he visto… empiezo a pensar que puede ser cierto.
No solo los actos por los que se ha dado a conocer ante mí han sido los de un hombre sin escrúpulos, sino que su aspecto, su presencia, me han resultado intimidantes. Llego a pensar que tal vez sea cierto, que tiene un poder tan oscuro que es capaz de causar toda esa destrucción.
—Mantén las distancias y céntrate en lo que nos ha traído hasta aquí. Cuanto antes salgamos de aquí, mejor.
—Estoy segura de que nuestro plan funcionará.
—Puede que tengas razón. No sería la primera vez que el rey compite con su hijo por una mujer.
Las doncellas de las otras muchachas son un hervidero de chismes, muchos de ellos jugosos.
Se rumorea que cuando el príncipe era solo un muchacho alcanzando la madurez, se enamoró perdidamente de la princesa de un reino vecino.
Se veían a escondidas, o eso pensaba él, porque el rey hizo a uno de sus hombres seguirlo.
Cuando se enteró de la noticia, no pudo evitar sentir interés por la muchacha que había robado el corazón de su hijo.
Puede que sea una exageración de la gente o que sea verdad, pero dicen que el rey quedó prendado también de la belleza de la muchacha y en cuestión de días la reclamó para sí.
El reino vecino fue acallado incluso antes de poder declarar la guerra.
No se sabe lo que se le prometió, lo que sí se conoce es que la princesa no soportó ser la amante del rey y se tiró desde uno de estos balcones. O la tiraron.
—Muy esperanzador —digo bajito.
No hace por replicarme, nos quedamos en silencio mientras le doy vueltas a lo que me acaba de contar. No obstante, otro pensamiento que lleva rondándome días, sobre todo después de sus desapariciones con Pasha, atraviesa mi mente.
—¿Tú y Pasha…? Ya sabes.
Al principio no parece entender a lo que me refiero hasta que sus ojos se agrandan hasta el punto de que casi se salen de sus órbitas. Seguidamente estalla en carcajadas y me pregunto por qué mi pregunta es tan graciosa.
—Dioses, ¿lo preguntas en serio?
La veo limpiarse una lágrima con el pulgar. Supongo que debería alegrarme de haber conseguido que se olvide de lo ocurrido hace tan solo un rato.
—Pasha es mi hermano, Kasdeya.
Al principio frunzo el ceño, sin creerme lo que me dice.
Mientras que Pasha es fiero y gruñón, Astra parece delicada como una flor y asustadiza.
Él tiene ojos grises como la tormenta y ella azules como un cielo despejado.
Pelo marrón cobrizo frente a un rubio blanquecino que hace parecer a mi doncella sacada de un cuento de invierno.
Jamás podría haber adivinado que comparten parentesco.
—Vaya, pues lamento haber asumido que te acostabas con tu hermano. En mi defensa diré que no tenía ni la más remota idea.
—Eso está claro. Y en caso de que no fuese mi hermano, jamás me fijaría en alguien como él. Que los Eternos me libren de un hombre tan terco.
—En eso no me queda otra que darte la razón.
Sin borrar la sonrisa divertida de su cara, sigue trabajando en mi aspecto hasta que está satisfecha con el resultado.
No hay palabras de despedida ni ánimos cuando me dispongo a bajar hasta el gran comedor donde se espera que tenga lugar la cena.
No me sorprendo cuando veo al resto de mis compañeras.
La mayoría parecen incómodas y asustadas.
No puedo juzgarlas. Kendra me hace un gesto con la mano en cuanto me ve llegar, indicándome el asiento vacío que ha guardado a su lado.
Uno de los sirvientes se acerca y me retira el asiento para que tome mi lugar.
No hay ni rastro de la familia real, pero a estas alturas no me sorprende.
Lo que sí logra hacerlo un poco es que Andras sea el primero en aparecer. Una parte de mí soñaba con que fuese tan maleducado como para no aparecer. Nos haría un gran favor.
—Buenas noches, señoritas. Una noche agradable, ¿no es así?
Camina sin quitarnos el ojo de encima hasta ocupar uno de los asientos que presiden la mesa.
Se espera que el rey Deimos ocupe el otro extremo.
Ninguna responde a sus palabras. Evitan mirarle directamente a los ojos fingiendo que cualquier cosa que tienen delante es tan sumamente interesante.
Creo que la única que lo mira directamente soy yo.
Arquea una ceja en mi dirección, retándome a hablar.
No le doy lo que quiere. O al menos me libro de hacerlo cuando la familia real entra en el comedor.
Primero lo hace el rey, caminando junto a su esposa, que se muestra seria y elegante.
Detrás de ellos aparece Keir, sin el aire despreocupado con el que le he visto otras veces. Hoy sí tiene de qué preocuparse.
Todas nos levantamos para hacer una pequeña reverencia.
—Buenas noches —saluda Keir, sin dirigirse a nadie en concreto. Inclina un poco la cabeza reconociendo nuestro gesto de respeto.
Se sienta frente a mi fila de sillas, dos asientos más allá, a la derecha de su padre, mientras que la reina Evara ocupa el lado izquierdo.
Por supuesto, Milena está sentada al lado del príncipe y no desaprovecha la ocasión para susurrarle algo en el oído.
Él dibuja una sonrisa falsa en sus labios mientras que ella suelta una molesta risilla que me recuerda a un ratón.
A su lado se encuentra Odessa, en cuyo rostro se evidencia lo mal que le sienta tener que estar a la sombra de Milena.
Presagio que esta amistad no acabará bien.
Son dos animales salvajes en el mismo territorio, será cuestión de tiempo que se despedacen. O se traicionen.
—Me alegra verlas a todas aquí reunidas para esta cena —comenta el rey cruzando las manos frente a su rostro—. Mi intención no es retenerlas demasiado tiempo, mañana será otro día emocionante y agotador, así que no me gustaría privarlas de un merecido descanso.
Por algún extraño motivo esto último lo dice mirándome directamente. Sus ojos se sienten pegajosos sobre mi piel.
—¿A qué se debe todo esto? Si se me permite preguntar —dice Andras desde el otro lado.
—¿El qué?
Las palabras salen de la boca del príncipe casi como un ladrido.
La reina le lanza una mirada y juraría que puedo entender perfectamente el idioma silencioso que comparten.
Es obvio que Evara está del lado de su hijo, pero tampoco es tonta: sabe que faltarle el respeto al rey maldito no les haría ningún favor.
—Los juegos, la presencia de todas estas… —Nos mira— damas en palacio.
—Estamos barajando las opciones de Keir para desposarse —comenta el rey.
—¿Y las hacen competir? —ríe por lo bajo—. Luego tienen la osadía de llamarme bárbaro.
—Solo es diversión —replica Deimos.
El príncipe no dice ni una sola palabra. Se dedica a escuchar el intercambio de palabras atentamente, mientras me mira de soslayo desde su asiento.
—Tengo entendido que son damas de alta alcurnia, no mujeres dedicadas al entretenimiento.
Los colores en las mejillas del rey se pronuncian, coloreando sus mejillas del tono de las amapolas. Evara sale al rescate de su marido, o tal vez esté viendo la ira bullir en el rostro de su hijo y quiere adelantarse a los acontecimientos.
—Díganos, rey Andras, ¿cómo ha sido su viaje hasta Argevin? ¿Ha atravesado el paso o viajado por mar?
—Mar —responde sin emoción.
—Dicen que este es el mejor tiempo para hacer la travesía.
Andras logra a duras penas disimular lo ridícula que le parece la conversación.
Escucho solo el principio de lo que responde, ya que me distraigo observando a mi guardia.
Pasha está en uno de los extremos de la habitación junto con otros guardias que han venido a acompañar a las hijas de sus señores.
Finge tranquilidad, pero puedo ver que no se pierde detalle de nada de lo que dice el rey maldito.
Me hace un gesto casi imperceptible para que deje de mirarlo.
Devuelvo mi atención a la mesa y me encuentro con que la conversación, una vez más, se ha vuelto tensa.
—Entonces, príncipe Keir, si todo esto es con el objetivo de elegir esposa, ¿quién es su favorita? —El aludido lo mira incrédulo—. Venga, no sea tímido. Deme un poco de emoción. Hasta el momento esta corte parece aburridísima.
Algunas de las chicas son incapaces de retener el sonido de sorpresa ante el descaro de Andras.
—No tengo ninguna favorita.
—Oh, vamos, qué cobarde.
—¿Conoce algo llamado respeto? —protesta Keir.
—Algo de eso he oído, pero en mi tierra solo le tenemos respeto a quien se lo merece. Hasta el momento no he visto nada en usted que me haga respetarlo.
Miro al rey Deimos, esperando que se ofenda por tales palabras hacia su hijo. No dice nada. Finge estar absorto en su copa de vino.
Cobarde.
Cobarde.
Cobarde.
Huye de la confrontación, no porque sea un pacifista, sino porque no tiene la agilidad mental para contratacar. Al parecer nunca la ha tenido y nunca la tendrá.