La doncella del veneno CAPÍTULO 13 KASDEYA #2
26%

CAPÍTULO 13 KASDEYA #2

Esta vez su tiro no es tan bueno, aunque consigue clavar la flecha.

Tan solo tengo que apuntar al centro o más cerca que ella para ganar.

Camino hacia el arco, con la mirada de todo el mundo puesta en mí.

La tensión es uno más de los presentes. Trabajo en mi postura de nuevo, cierro el ojo para apuntar y cuando estoy a punto de soltar la cuerda, una voz nos congela a todos.

—Esto es un juego de niños para ella, ¿no os dais cuenta?

El primero en darse cuenta del origen de la voz es el príncipe.

Su mandíbula se tensa y su rostro se transforma de la calma a la ira.

El rey parece sorprendido, a pesar de que llevamos semanas escuchando que esto pasaría.

Por el contrario, la reina Evara sigue sin mostrar ninguna emoción en su rostro.

Mis compañeras se miran las unas a las otras preguntándose qué es lo que está pasando.

Kendra me mira, alzando una ceja, y yo al fin poso mis ojos en el dueño de una voz con el poder de paralizarnos a todos.

Al principio, entre tanta gente, no logro ver más que unas botas y unos pantalones de cuero negros.

La gente se aleja según este camina, abriendo un sendero solo para él.

Al fin su rostro deja de estar oculto por el resto y puedo comprobar que las descripciones no eran del todo ciertas.

No parece un demonio, tampoco un monstruo.

—Andras Berengar, no esperábamos recibirlo tan pronto.

El aludido sonríe de medio lado, dejando a la vista una sonrisa irónica de dientes perfectos y colmillos con apariencia de ser afilados.

—Seguro que no —responde con sarcasmo antes de redirigir de nuevo su atención a mí—. ¿A qué se deben estos juegos mediocres?

Algunas de las muchachas retienen un jadeo de sorpresa ante su descaro.

—¿Un rey no puede entretener a sus invitadas?

El rey al que todos consideran maldito inclina el rostro y nos observa con interés.

—Más bien parece que ellas son el entretenimiento.

Así que, ¿por qué no hacerlo más divertido?

Un trozo de madera con círculos pintados no es lo suficientemente emocionante.

—Parece buscar algo con la mirada hasta que lo encuentra.

Señala a uno de los sirvientes con el dedo y juro que me parece ver alrededor de este unas sombras de color verde bailoteando—. Por favor, retire la diana.

—¿Qué está haciendo?

Por primera vez en toda la mañana escucho la voz del príncipe, y esta no suena ni remotamente como normal. Parece mucho más grave y hay cierto aire contenido en ella.

—Mejorar sus juegos, por supuesto.

Camina hacia mí y se coloca a mi espalda.

—¿Su nombre?

Me giro para clavar mis ojos en su rostro.

Este es pálido, aunque no de un aspecto enfermizo.

Sus rasgos son afilados, injustamente bellos, pues alguien que causa tanto terror no debería verse así.

Sus ojos son lo único cierto de las descripciones que he escuchado hasta el momento.

Son de un color inexplicable, algo que jamás había visto.

No son marrones, ni tampoco avellana. Son dos llamas doradas que consumen todo cuanto contemplan.

Sin duda debe ser obra de los dioses. El contraste con su palidez y su cabello obsidiana roba el aliento.

Lo lleva recortado en los laterales y algo más largo por arriba.

Un mechón cae sobre su frente y ni eso consigue rebajar su presencia intimidante.

Me siento ridículamente pequeña a su lado.

Su cuerpo podría engullir el mío con facilidad.

Tiene una espalda amplia que me impide ver más allá de él y el resto de su cuerpo es fuerte, sin duda un arma igual de letal que la enfermedad que le acusan portar.

A pesar de que no puede ser mucho mayor que Keir, tal vez un par de años, no hay ni rastro de ese aire despreocupado propio de la juventud.

Alza una ceja perfecta al ver que no respondo y eso es suficiente para sacarme de mi escrutinio.

—Kasdeya —respondo.

—Kasdeya…

No sé si está saboreando mi nombre o es que este le es familiar.

—Bien, Kasdeya. Hasta ahora esto solo ha sido un juego de niños, así que vamos a ponerle algo de emoción, ¿no le parece? ¿Quién es su dama de compañía? Estoy seguro de que tiene una.

No digo su nombre, pero mis ojos me traicionan al mirar hacia ella.

Astra permanece en uno de los laterales del jardín, sin llamar la atención y observando todo lo que acontece.

El rey maldito se gira en la dirección de mis ojos y sonríe al ver a mi doncella.

La señala con el dedo y le hace una señal para que comience a andar hacia nosotros.

Se acerca a una de las mesas llenas de comida para los invitados y agarra una manzana.

—Tú serás la diana —dice tendiéndole la manzana a una Astra de ojos muy abiertos y manos que han empezado a temblar—. Te recomiendo que te quedes muy quieta o podrías hacerte mucho daño. Ahora, camina.

Primero veo a Astra obedecer y luego no puedo evitar mirarlo a él.

Me cuestiono por un segundo si tiene un don oculto que hace que todos le obedezcan, por disparatadas que sean sus órdenes.

Echo un vistazo rápido al resto de los presentes y actúo como se esperaría de una muchacha de alta alcurnia.

Abro los labios, fingiendo estar horrorizada con lo que está proponiendo.

—¿Estás loco? —Escucho jadeos a mis espaldas al oír cómo me dirijo a él—. ¿Pretendes que dispare una flecha a esa manzana? ¡Si fallo la mataré!

Ni por un segundo creo que vaya a fallar el tiro.

—¿Tan poco confías en tus habilidades?

Me responde con la misma falta de decoro.