La doncella del veneno CAPÍTULO 13 KASDEYA
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CAPÍTULO 13 KASDEYA

Tal y como me había avisado Kendra que ocurriría, el rey nos convoca a todas en los jardines bajo la promesa de tener preparado para nosotras algo emocionante.

He decidido dejar a Kora en la seguridad de la habitación.

Sospecho que necesitaré tener el cuerpo todo lo despejado que sea posible.

En nuestro paseo hacia los jardines no puedo evitar notar el trajín de sirvientes de un lado para otro.

Algunos llevan sábanas y mantas limpias, otros sacan brillo a cada superficie y fuera el jardinero se asegura de que los setos estén podados con formas perfectas.

—Parece que la visita del rey maldito está más cerca de lo que esperábamos —comenta mi doncella.

—¿En serio?

—Eso he escuchado. Puede que lo de hoy solo sea para avisarnos de su inminente llegada —cavila.

Llegamos al fin a la zona del jardín donde el resto está reunido.

No solo están las damas y sus doncellas de compañía, sino que también hay gente que desconozco.

Bien vestida y con expresiones estiradas.

Sin duda, gente noble. No puedo evitar darme cuenta de que mi vestido rojo destaca en el mar de vestidos blancos.

Parezco una gota de sangre en un pañuelo blanco.

Kendra me ve llegar y me hace un gesto con la mano para que me una a ella.

—Parece que alguien se ha encargado de que no estés al tanto de las normas de vestimenta para hoy.

—¿No te parece que ese vestido la hace ver vulgar? —comenta Odessa.

Las dos miramos directamente a Milena y su perrito faldero.

Creo que no tenemos ninguna duda de quién ha sido la encargada de orquestar todo esto.

Si piensa que esto me va a perjudicar, está muy equivocada.

Gracias a ella llamaré aún más la atención de mi objetivo.

Cruzamos miradas, ella con su rostro altivo, yo reprimiendo una sonrisa burlona.

—¿Te has enterado de algo más? —murmuro.

—No —dice bajito—. Ayer el príncipe me invitó a dar un paseo, pero no hubo manera de sonsacarle nada sobre esto. O no tiene ni idea o es mucho más reservado de lo que pensaba.

—¿Qué tal estuvo?

—Fue agradable, parece que se puede charlar con él. Tiene temas de conversación muy interesantes. Al menos cuando no está ocupado devorándote con los ojos.

—Pensaba que habías dicho que era agradable —respondo distraída.

Se ríe y choca su hombro con el mío.

—Me refiero a que era a ti a quien devoraba con los ojos.

Estoy a punto de negarlo, pero alguien golpea una copa para llamar nuestra atención.

Levantamos el rostro hacia el balcón y allí está la familia real.

El rey con las manos apoyadas en la baranda, pose orgullosa y sonrisa canalla tatuada en los labios.

A poca distancia le sigue la reina, que observa a cada una de nosotras con interés, y luego el príncipe, quien tiene las manos detrás de la espalda, la mirada perdida y la mandíbula bien apretada.

—Buenos días, queridas. Me alegro de verlas a todas.

Espero que sus primeros días aquí hayan sido todo lo que esperaban y más.

—Pasa sus ojos por cada uno de nuestros rostros y se detiene en el mío un poco más que en el del resto—.

Como no deseo que mis invitadas ni la gente de mi corte conozcan el aburrimiento, se me ha ocurrido organizar una pequeña competición, —Al ver la cara de sorpresa de algunas de las chicas se dispone rápidamente a hablar—: No se preocupen, serán una serie de pruebas fáciles.

Nada que las ponga en peligro, por supuesto.

Durante tres días les propondré tres pruebas diferentes.

Además, aquella que consiga ganar un mayor número de ellas se verá recompensada con una cita de lo más especial con el príncipe.

Milena levanta la mano y el rey le hace un gesto para que hable. Me fijo bien en su rostro en busca de alguna señal que me diga que el rey siente deseo por ella. Es una muchacha bella, por mucho que su personalidad lo empañe.

—¿Qué ocurrirá si se produce un empate, majestad?

—No quedará más remedio que desempatar con otro juego, ¿no cree? —replica con una sonrisa un tanto perturbadora.

Está deseando vernos competir.

—Bien, si no hay más preguntas comenzaremos ahora mismo.

—Da una serie de palmadas en el aire y de inmediato un puñado de criados empieza a mover unos biombos blancos de los que no me había percatado hasta el momento—.

Espero que sean habilidosas con el arco, señoritas.

Habrá tres rondas, y en cada una de ellas la distancia de su objetivo aumentará.

Aquella que no consiga clavar la flecha en la diana quedará descalificada.

Ganará la que en la última ronda se aproxime más al centro.

Observo lo que tengo delante. Hay dianas colocadas a varios metros de distancia y en cuanto nos acercamos puedo ver los imponentes arcos de madera.

—¿Y si alguna de nosotras resulta herida? —pregunta Milena.

Solo me queda suponer que el tiro con arco no es una de sus habilidades.

Intento disimular la sonrisa maliciosa de mi boca.

Confío lo suficiente en mi puntería como para saber que en mi caso no será un problema, aunque desconozco si Kendra es buena con el arco o habrá alguna entre las demás que nos sorprenda a todas.

¿Quién me iba a decir que esos días fingiendo ser una señorita con Zia me acabarían resultando de utilidad?

Uno de sus clientes más fieles era dueño de una gran finca.

Mi amiga y yo nos dedicábamos a colarnos por las noches y fingir que todo eso era nuestro.

La casa estaba rodeada de vastas extensiones de terreno, con zonas dedicadas a complacer los gustos del señor, entre ellos el tiro con arco.

Siempre supe que estaba cometiendo una imprudencia, pero no podía evitar volver varias noches a la semana y fingir durante una rato que era una mujer respetada.

A veces incluso espiaba cómo él practicaba.

Ningún maestro habría enseñado a una persona como yo.

Mis dedos sufrieron las consecuencias de mi torpeza con las cuerdas y, aún así, a pesar del dolor, no me rendí.

Cuando me desenvolví con el arco, enseñé a Zia.

Ella no contaba con la maldición que corría por mis venas, tenía más complicado defenderse, así que me propuse enseñarle todo lo que sabía para que estuviera preparada.

Pensar en esos momentos que pasé con Zia hace que sienta un pequeño pinchazo entre las costillas.

Todo el esfuerzo que puse no fue suficiente para salvarla porque las mayores amenazas para ella fuimos, sin duda alguna, mi imprudencia y yo.

Respiro profundo y me concentro en lo que sucede frente a mis ojos.

El orden en el que tiraremos es según las iniciales de nuestro apellido así que no me sorprende ser la última.

Veo a cada una de ellas colocarse frente a la diana y tensar la cuerda del arco.

Algunas lo hacen con elegancia y otras son tan torpes que demuestran su total inexperiencia.

Entre ellas Milena, quien aprieta los puños y la boca para evitar gritar con frustración.

La confianza también es importante en algo como esto: si dudas, los nervios se harán con el control de tu cuerpo.

La fila delante de mí va avanzando. Es el turno de Kendra.

Veo cómo planta los pies en el suelo a la distancia adecuada, cuadra los hombros y pone recta la espalda.

Alza el arco y tira de la cuerda hasta que su mano casi roza su oreja, y entonces la suelta.

La flecha rasga el aire y el sonido seco que esta hace al clavarse se gana el aplauso de varios de los invitados y también del príncipe.

Después de unos turnos más, llega mi momento.

Cojo el arco y siento su peso en mi mano.

Me coloco frente al objetivo y coloco mis pies de forma paralela a él y a la altura de mis hombros.

Alzo el arma manteniendo el brazo todo lo recto y estable posible.

Cierro un ojo, apuntando, y tiro de la cuerda a la vez que lleno mis pulmones de aire.

Cuando esta llega al punto de anclaje, dejo salir el aire y relajo los dedos.

El silencio es tal que puedo escuchar el latido de mi corazón y entonces, suelto la cuerda.

No necesito mirar si la flecha ha dado en su objetivo, los jadeos de sorpresa son suficientes para confirmármelo.

Dejo el arco en su lugar, sintiendo que mis hombros se han resentido un poco.

De reojo veo aún mi flecha sacudirse en el centro de la diana por la fuerza del disparo.

Mi orgullo no me habría permitido quedar eliminada en la primera ronda.

—Sorprendente —elogia el rey.

Inclino la cabeza en señal de gratitud.

Esperamos hasta que los sirvientes arrancan la flecha y aumentan la distancia.

Volvemos a empezar, veo cómo una a una apuntan a la diana.

Algunas lo consiguen y otras, con caras largas, son descalificadas.

Kendra, una vez más, consigue pasar la ronda con soltura y, cuando llega mi turno, parece que todos observan con expectación.

Hago lo mismo, disfruto del peso del arma en mi mano y apunto con mi ojo dominante, no desvío mi atención del objetivo en ningún momento, ni siquiera cuando la flecha ya ha golpeado la diana.

Escucho los aplausos, pero, al mirar, lo que llama mi atención es la lujuria en el rostro del rey.

Solo quedamos cuatro compitiendo y dos de ellas caen una vez que la diana aumenta de distancia.

Me he planteado la posibilidad de fallar y dejarme ganar.

Al fin y al cabo, no quiero el premio, ¿no?

Sin embargo, mi cuerpo va por libre de mis intenciones.

O tal vez se hayan puesto de acuerdo sin darme cuenta.

Puede que todo esto sea cuestión de orgullo, una forma de conseguir que Milena tenga verdaderos motivos para odiarme, y ¿por qué no?

También seguir avivando el interés del monarca.

—Que gane la mejor —dice Kendra una vez que llega su turno.