CAPÍTULO 12 KASDEYA
Esa misma noche, me sorprendo cuando escucho unos golpes en la puerta.
No puede tratarse de Astra, ya que ella entraría por la puertecita aledaña, y Pasha no hace mucho que estuvo aquí para informarme de que el palacio está revuelto con los preparativos de la futura visita del rey maldito.
Todo el mundo está tomando precauciones, unas que no saben si servirán.
Lo que dicho rey sea capaz de hacer en realidad es todo un misterio y, ante eso, solo pueden hacerse suposiciones.
Se me cruza por la mente la posibilidad de que sea el príncipe o, aún mejor, el rey.
Me deshago deprisa del velo sobre mi boca.
Todavía no me hago a la idea de estar sin él y cuando estoy a solas tengo la necesidad de cubrirme para sentir de nuevo la normalidad a la que estoy acostumbrada.
Me aseguro de esconder a Kora en el armario, aunque estoy segura de que estará furiosa una vez que la saque.
Finjo calma mientras acudo a la puerta, sin embargo, todas mis cavilaciones desaparecen al abrirla y encontrarme unos ojos traviesos y una melena que se asemeja a las llamas.
—Ya veo que no es a mí a quién esperabas. —Me guiña un ojo y entra en mi habitación sin que le dé permiso—. ¿Creías que sería el príncipe?
—Por supuesto que no.
Tampoco puedo decirle que en realidad desearía más la visita del rey, y por motivos muy diferentes a los que se pueda imaginar.
Ella gira sobre sí misma, observando la estancia.
—Porque no sería adecuado que un hombre se colara en las habitaciones de una dama, ¿verdad?
Cierro la puerta y me cruzo de brazos, manteniendo una distancia prudencial mientras que ella decide ignorar mi cara de pocos amigos y sigue deambulando por mi habitación sin vergüenza alguna.
—¿Ha ocurrido algo, Kendra? —pregunto.
—Vengo a avisarte.
—¿Avisarme?
Se sienta sobre mi cama con los brazos extendidos detrás de su espalda. Balancea los pies como una niña pequeña.
—Alguien del servicio le ha chivado a Milena que el rey planea organizar unos juegos, y a su vez un pajarito me ha contado que ella planea utilizarlos para hacer algo contra ti.
—¿Algo contra mí? —lanzo un bufido—. Te aseguro que no quiere empezar esa guerra conmigo. ¿De qué crees que pueda tratarse?
—No me he enterado, pero si llegase a hacerlo te lo haré saber.
—¿Por qué haces todo esto? ¿No deberías querer lo mismo que las demás y ponerte en mi contra?
—Pelearse por un hombre es la cosa más ridícula que una mujer puede hacer jamás. Además, ¿quién sabe? Tal vez ayudándote me gane el favor de la familia Vikena. Nunca había oído hablar de ellos.
—No parece que seamos muy conocidos por aquí.
—Soy la hija de un pirata, recuerda. Viajo mucho, hay pocos apellidos que me sean desconocidos.
—¿Y cuál es el tuyo?
—Chancellor.
—¿Chancellor…?
Su apellido resuena en mi mente y sé que lo he escuchado en alguna parte.
Le doy vueltas y eso parece divertir a la repentina intrusa en mi habitación.
Espera paciente, con una sonrisa que anticipa mi reacción cuando caiga en la cuenta.
Me encantaría decir que no tardo más de lo que querría en hacerlo, pero sería mentira.
Abro mucho los ojos cuando un nombre en concreto acude a mi cabeza.
—¿Eres la hija del capitán Whisker Chancellor?
—Así es —responde entre risas.
—Eres una princesa pirata —susurro.
Su pecho se infla con orgullo, y la verdad es que quiero estallar en carcajadas ante lo absurdo de la situación.
Una princesa pirata y una asesina. Sinceramente, el príncipe no tiene una selección de mujeres en su castillo que sea capaz de controlar.
Sus ojos, de un verde intenso similar al de las esmeraldas, brillan con diversión, como si estuviese pensando lo mismo que yo.
—Bueno, Kendra Chancellor… agradezco mucho el aviso. Lo usaré bien.
Me alejo de la puerta y me siento en la pequeña banqueta junto al tocador, frente a ella.
—Me transmites buenas sensaciones, Kasdeya. —Se encoge de hombros—. Pareces la menos estirada de todas, así que he pensado que tal vez podríamos conocernos mejor y apoyarnos para que este castillo no nos vuelva locas. Además, sería una lástima ver a Milena pasarte por encima.
—¿Hay alguien en palacio que la soporte? —bromeo.
—Puede que la reina. Me dan la misma mala espina.
Asiento, de acuerdo.
—Supongo que la vida en palacio tiene que ser muy diferente a la vida en Valenn —digo en un intento por conocerla algo mejor.
—Allí da igual que sea princesa, nadie me trata diferente. Solo soy una más. Además, la mayoría del tiempo estoy en el mar, con mi padre y el resto de hombres.
—¿Eres consciente de que, si el príncipe te elige, tendrás que quedarte aquí?
—Antes me preocupaba, pero, ahora que he visto quién ha captado su interés, solo espero a que esto termine para volver a casa.
Me guiña un ojo con aire travieso. Sé perfectamente a quién se refiere, pero no pienso caer en su juego.
—¿Y si el rey obliga al príncipe a elegirte?
Antes has dicho que el rey Deimos estaba considerando una alianza con la isla de Valenn porque están cogiendo fuerza en el continente.
Los piratas son los únicos lo bastante valientes o locos para surcar los mares constantemente.
Eso sería de gran ayuda para Argevin: el número de mercaderes que vienen o a los que se les permite entrar al reino está bajando, tienen demasiado miedo a la enfermedad que se está empezando a extender por nuestras calles.
Si tiene a los piratas de su lado, ellos podrían suministrar al país.
—¿Has mirado bien al príncipe Keir? —pregunta con suspicacia—. ¿Crees que su padre puede decirle qué hacer?
—Tal vez tengas razón, pero también tengo claro que hará lo que sea mejor para el reino.
—Eso solo lo hacen los buenos monarcas, querida.
—¿Insinúas que él no lo será?
Se mordisquea el labio, pensativa.
—Solo sé que aún no he conocido hombre con corona que sea bueno.
—¿Y qué me dices de tu padre?
Su rostro se transforma lentamente, con una sonrisa amplia que deja ver todos sus dientes. Su piel es blanca como el alabastro, salpicada por pecas aquí y allá. Todo ello, unido a su pelo rojo como el fuego, la hacen parecer casi una ilusión.
—Mi padre no lleva corona.
No puedo evitar soltar una carcajada a la que no tarda en unirse.
Durante unos segundos parecemos solo dos chiquillas normales que están compartiendo confidencias en mitad de la noche cuando la realidad es muy diferente.
Su risa muere segundos después de la mía.
Se deshace de sus zapatos y se sube por completo a mi cama, cruzando las piernas a pesar del pomposo vestido.
—¿Y qué tal es Lendorr?
—Veo que has hecho los deberes —Me encojo de hombros—. Supongo que un reino como otro cualquiera.
Por la forma en que me mira, sé que Kendra no es una de esas muchachas a las que pueda tomar a la ligera.
Sus ojos me dicen que ha visto mucho para su corta edad y cualquier mentira no le servirá.
Observa con una intensidad a los demás que te hace pensar que está viendo los secretos que escondes en lo más profundo de tu alma.
—No puedo evitar sentir curiosidad, ¿por qué has atravesado el mar Isernia si no tienes interés por el príncipe?
—¿Por qué estás tú aquí entonces? Tampoco tienes interés en alejarte del mar para ser una reina ejemplar en Argevin. Supongo que las dos estamos aquí para cumplir los deseos de nuestros padres, ¿me equivoco?
Asiente, y por ahora parece que me he librado de un interrogatorio mucho más intenso.
Una pregunta acude a mi cabeza mientras ella observa mis cosas repartidas por la habitación.
Aunque más bien debería decir que son las cosas de Astra, pues ninguno de los cosméticos o utensilios repartidos por el tocador es mío, y los vestidos que asoman del armario han sido pagados por alguien cuya identidad desconozco.
—La isla de Valenn está cerca de las costas de Valyndra, ¿no es así?
—Yo no llamaría a eso estar cerca, pero sí, supongo que somos la isla más cercana a sus costas.
—¿Y la Nectumbra ha llegado allí?
—No tanto como aquí. —Por unos instantes parece perdida en sus pensamientos, como si estuviese recordando algo—.
Solo hemos tenido un par de casos y los hemos detectado antes de que se expandiera aún más.
Quemar los cuerpos es lo más efectivo. No hay que dejar que los cuervos coman de la carne, no hay mejores propagadores de enfermedades que ellos.
—El reino de Argevin está muy mal, las calles se están llenando de Nectumbra —digo más para mí misma que para que ella me escuche.
—Lo sé. La reina Evara no para de rezar a los Eternos.
—¿Cómo lo sabes?
—Robar no es mi único talento. —Se tumba sobre la cama, mirando el techo y evitando mis ojos—. La he visto todas las mañanas salir y los guardias y doncellas murmuraban que iba al templo.
Los Eternos, los dioses olvidados como otros los llaman coloquialmente, son seres de gran poder y crueldad.
Desde que la última sacerdotisa murió, hace muchas décadas, la gente ha perdido su conexión con la religión.
Los templos son cáscaras vacías de lo que una vez fue el punto de unión del pueblo.
Cada día se celebraban festejos por cada uno de los dioses, pero desde que nadie escucha sus palabras susurradas en oídos selectos, se han olvidado y dicen que ahora están durmiendo, esperando el nacimiento de una nueva sacerdotisa.
Algo irónico si te paras a pensar, ya que una sacerdotisa solo puede vivir si los Eternos la bendicen con sus susurros y la escuchan.
Al principio el pueblo esperaba con suma expectación ese momento, pero esas generaciones han muerto y ahora casi nadie recuerda esos tiempos, en los que la fe era el abrigo de cada hogar y los dioses, la brújula que guiaba cada uno de sus pasos.
No obstante, la reina está trayendo de nuevo esa fiebre religiosa dedicando su valioso tiempo a lanzar oraciones y recordando aquellos tiempos dorados.
Tal vez la Nectumbra sea nuestro castigo por olvidarlos y nuestra única forma de eliminarla sea volviendo a creer en ellos.
—¿Es cierto todo lo que se dice sobre el rey de Valyndra?
—¿Te refieres a si está maldito?
Asiento, mordiendo el interior de mi mejilla y apoyando mi espalda contra el tocador.
Si alguien entrase a la habitación, casi pareceríamos dos amigas charlando relajadamente.
Sin embargo, ni somos amigas ni yo estoy relajada.
Me asalta el recuerdo de Zia, una noche cerrada y un callejón que escuchó mis gritos pidiendo auxilio.
Parpadeo para volver al presente y no puedo evitar que mi cuerpo se tense.
Todavía se me hace extraño tener gente a mi alrededor ajena a lo que puedo hacer y el tener que controlar todo lo que digo por miedo a que algo me delate.
Esto hace que cualquier intento de tener una conversación normal salte por los aires.
Cada conversación tiene que servir a mi propósito: no estoy aquí para hacer amigas, aunque Kendra parezca agradable y alguien con quien sin duda sería capaz de conectar.
Sé que cuando dejas que alguien entre en tu vida, corres el riesgo de perderla para siempre y la herida tarda en cicatrizar. Si es que lo hace en algún momento.
—Nadie lo sabe con certeza, pero puedo decirte que es un hombre cuya presencia consigue ponerte los pelos de punta. Maldito o no, no es alguien a quien te gustaría tener como enemigo.
—Si nadie sabe si está maldito de verdad, ¿por qué todo el mundo lo ha aceptado como cierto?
—Se dice que Valyndra es el epicentro de la enfermedad, su líder da escalofríos y tiene un aspecto que lo hace parecer surgido de las profundidades del Pozo. —Se encoge de hombros—. No es que pueda juzgarlos por pensarlo.
—¿Cómo es? Ya has despertado mi interés —pregunto.
—Terrorífico. Su mirada no parece de este mundo, con ese dorado tan brillante, y su pelo es del negro azabache más intenso que se haya visto jamás.
Su piel es pálida, enfermiza y por sus venas no corre sangre roja, sino un líquido oscuro que nadie que lo observe con atención puede ignorar. O al menos eso es lo que dicen…
Intento imaginarlo en mi cabeza y, si la descripción es cierta, sí que parece terrorífico, y podría entender que todo el mundo crea que está maldito.
De repente, se escuchan unos pasos detrás de la puerta de mi habitación y poco después una voz femenina que murmura el nombre de Kendra con nerviosismo.
—Señorita Kendra, tenemos que irnos.
Esta chasquea la lengua y se levanta de un salto de mi cama, sacudiéndose las faldas del pomposo vestido.
—Supongo que nuestra pequeña charla tiene que llegar a su fin —dice con resignación—. Ha sido un placer hablar contigo, Kasdeya de Lendorr. Espero que la próxima vez seas tú quien acuda a mi habitación para susurrarme secretos.
—¿Secretos?
—No todo el mundo sabe que Valenn está libre de enfermedad o el aspecto que tiene el famoso rey maldito.
Me guiña el ojo una última vez antes de desaparecer por la puerta.
Me asomo, captando un vistazo de su pelo rojo antes de desaparecer al girar el pasillo, seguida muy de cerca por su doncella.
Cierro la puerta y me apoyo en ella, preguntándome cuáles son las verdaderas intenciones de la princesa pirata, porque algo es seguro: ella no está aquí para ser la próxima reina de Argevin.