CAPÍTULO 11 KASDEYA
Decido aprovechar la ausencia del resto para vagar un poco más relajada por el palacio.
Si mis cálculos no me fallan, probablemente estén dando un paseo durante algo más de una hora.
Tiempo suficiente para recorrer partes del castillo inexploradas hasta ahora.
Apenas me encuentro con gente en mi recorrido y el silencio es tal que puedo escuchar el ruido de mis zapatos contra el suelo.
No me desagrada para nada. Después de años y años viviendo con tanta gente en un sitio donde las noches son su mayor atracción, repletas de los gritos de los borrachos y los gemidos de dolor de las mujeres que trabajan en el Red Fear, el silencio es algo que aprecio enormemente.
Veo una puerta entreabierta y termino de abrirla para observar el interior.
Paredes repletas de piezas de arte me dan la bienvenida.
Salvo algún vistazo fugaz cuando he entrado en la casa de algún hombre rico, nunca he estado cerca de ver algo como esto.
Por supuesto, ninguna de esas casas ostentaba tanto arte como esta sala.
Me adentro más en la habitación y la recorro a paso lento, empapándome de cada una de las piezas colgadas en la pared.
No soy ninguna experta, solo soy capaz de reconocer que son obras preciosas hechas con mucha delicadeza, incluso aquellas que representan escenas de gran crudeza.
En una de ellas sale una criatura de enorme tamaño, con piel negra, ojos dorados y cuernos retorcidos.
Sujeta del pie a un hombre y está a punto de hacerlo caer sobre sus fauces para comérselo.
Umbros. El dios que fue expulsado. Para vengarse de sus hermanos creó de su carne, sangre y lágrimas, el lugar al que nadie quiere ir, El Pozo, pero que aquellos con suficientes pecados a sus espaldas no tendrán más remedio que acudir.
Dicen que con cada nivel las torturas se vuelven más insoportables.
Son ejercidas con crueldad por sus esbirros, demonios grotescos que le sirven y vigilan El Pozo.
Ir allí es vivir una vida de tragedia y oscuridad perpetua, donde el paso de los días no se siente y el dolor te enmudece.
Además de la representación del dios y del pobre hombre que sirve de alimento, pueden verse pequeñas figuras que observan asustadas la escena.
El pueblo. Me pregunto si ocurrió de verdad y tal acto atroz fue lo que llevó a los Eternos a exiliar a su hermano.
Deslizo la mirada a otra obra, esta es una imagen idealizada de las calles de Zargos, o puede que sea el aspecto que tenían en sus tiempos de gloria.
Ahora no queda nada de esas joyas incrustadas entre las losas del suelo, hace tiempo que las robaron.
Las casas con ventanas de cristal son un lujo, la ropa con coloridos diseños también: ahora el agua está demasiado sucia como para que las prendas sean de otro color que no sea el marrón.
En el cuadro salen niños riendo, y de esos todavía quedan unos cuantos.
Niños como Bryn que aún conservan algo de ilusión, inocencia, ganas de sonreír y hacer del mundo algo mejor.
La imagen me ha dejado con el corazón encogido y ha llenado mis venas de rabia.
—Es bonito, ¿verdad?
Salvo en los actos celebrados hasta la fecha, nunca había escuchado la voz del rey y menos tan de cerca. Me giro completamente y hago una reverencia.
—Lo siento, majestad. No sabía que estaba aquí. Ya me marcho.
Todo es una mentira.
Por supuesto que sabía que estaría aquí. En mis paseos, averigüé que suele visitar esta sala, y ahora que estoy aquí, a solas con él, sé que no me dejará marchar.
—No se preocupe, querida. ¿Cómo podría privar a alguien de observar estas increíbles piezas? ¿Le importa que me una a usted?
Me contengo de poner los ojos en blanco.
¿Alguien en su sano juicio le diría que no al rey?
Asiento y lo observo aproximarse a mí. Va vestido con un traje azul lleno de bordados de oro y sobre el pecho luce orgulloso el emblema de los Blackburn.
Unas espadas cruzadas rodeadas de espinas y, sobre ellas, un lirio blanco.
Dureza y pureza. Sus ojos miel, no tan cautivadores como los de su hijo, me recorren de pies a cabeza.
Sabe que me he dado cuenta, pero no le importa hacerme sentir un pedazo de carne.
Lleva la barba perfectamente recortada y el pelo castaño peinado hacia atrás.
Es inconfundible de quién ha heredado Keir sus rasgos.
Es una versión más joven de su padre. Los dos comparten esos rasgos angulosos, un mentón atractivo y unos pómulos envidiables, a pesar de que Deimos ya presenta algunas de las marcas del paso de los años.
Su perfume me envuelve por completo cuando se sitúa junto a mí. Bajo el olor a whisky caro se percibe la fragancia de las rosas.
—Cuando dimos a conocer esta celebración, recibimos peticiones de muchos padres alrededor del continente que querían que acogiéramos a sus hijas durante el tiempo que duraran las celebraciones.
Sin embargo, la carta de su padre llamó especialmente mi atención.
No solo porque hablaba maravillas de usted, asegurando que era una muchacha de grandes talentos e innegable belleza, sino porque ninguno de nosotros ha cruzado el mar de Isernia y visto las tierras de Lendorr.
—O sea que la curiosidad por mi tierra es lo que me ha llevado a estar aquí.
—Entre otras cosas, sí. —Hincha el pecho con una respiración profunda—. Así que, si no es mucha molestia, ¿me complacería hablándome de ella?
No soy tan ingenua como para pensar que se debe a una vena curiosa y sedienta de conocimiento.
Sé que está evaluando qué es lo que mi supuesto reino puede aportarle.
Puesto que hacerme su concubina ofenderá al duque y hará que se desate un conflicto, debe asegurarse de que a lo que renuncia faltándole el respeto a mi familia no es tanto como lo que podría ganar si me prometiese con su hijo.
Suponiendo que la información que me dieron es cierta, el ducado de Emris Vikena es de los más grandes del reino. Lleno de hombres leales y recursos suficientes para provocar una guerra si el rey de Lendorr se lo permite.
—Lendorr es un reino próspero. El clima allí es espectacular.
Veranos cálidos e inviernos poco crueles.
Los remolinos del mar Isernia hacen que no recibamos demasiadas visitas indeseadas; algún que otro pirata se arriesga a cruzarlo, pero casi nunca llegan en buenas condiciones, haciendo que derrotarlos sea sencillo.
La enfermedad allí no ha llegado, tal vez se deba a que estamos bastante incomunicados.
—¿Y no tenéis escasez de alimentos?
Sonrío, fingiendo sentir un amor incondicional por una tierra que no conozco.
—El clima hace que tengamos buenos cultivos. Casi todos los alimentos los producimos nosotros mismos.
—¿Y qué me dice del rey?
—Es un hombre serio, un poco… tosco.
—Dicen que no ha tenido éxito engendrando hijos, ¿es eso cierto?
Bien es sabido que en Lendorr el rey carece de herederos. Se niega a aceptar que el problema es suyo, pues ya lleva tres esposas y ninguna de ellas se queda embarazada. Creo que será cuestión de tiempo que alguna se quede encinta de cualquier otro hombre con tal de sobrevivir.
—Eso me temo, aunque estoy segura de que pronto seremos agraciados con un heredero al trono.
—¿Y en caso de que no sea así?
No me he dado cuenta hasta ahora de que la distancia entre nosotros se ha recortado considerablemente.
La tela de su traje casi roza el frontal de mi vestido.
Sus ojos bajan desvergonzadamente a mi escote.
Los rumores afirman que es un hombre temeroso y desconfiado, pero ahora mismo no parece mostrar ningún tipo de reserva conmigo.
—Si el rey muere sin hijos, al tampoco tener hermanos, pasaría a manos del pariente más cercano.
Ahora es él quien me sonríe, dedicándome una sonrisa de dientes perfectos que me hace ver por qué tantas chicas jóvenes caen rendidas a sus pies.
El rey es un hombre atractivo a pesar de los años.
Puede quien incluso encuentre eso más apetecible.
La experiencia que da el trascurso de la vida.
Tiene algunas arrugas alrededor de los ojos y canas salpicadas en las patillas, salvo eso, no aparenta ser un hombre que ronda los cincuenta.
—¿Y quién es? —pregunta.
Sé lo que tengo que decir, estaba ahí plantado en los papeles.
Una información jugosa que puede jugar en mi favor o en contra.
Me aparta un mechón de pelo y lo coloca detrás de mi oreja.
Su proximidad es peligrosa. A lo mejor me debería dejar llevar como le gustaría y rozar mis labios con los suyos.
Todo acabaría rápido. Tal vez lo inesperado de su presencia en este sitio me concedería el tiempo suficiente para avisar a Astra y Pasha, huir de aquí y desaparecer.
El marrón desaparece de su mirada dando paso a un negro profundo y terrorífico.
—Las descripciones de su padre no mentían, es usted de una belleza excepcional.
Olvida por completo su anterior pregunta, al parecer ya no tiene tanta importancia como el hecho de probar aquello que llamó la atención de su hijo hace tan solo unas noches.
—Seguro que exageró, es algo que los padres hacen —susurro.
No puedo creerme que vaya a completar mi misión de una forma tan fácil y casi surrealista.
Lo que vendrá después será duro, arriesgado y peligroso, pero valdrá la pena.
Dejaré a cargo del reino a un hombre más capaz, ganaré el suficiente dinero para huir de aquí y tal vez incluso llevarme a Bryn conmigo.
Buscaremos un sitio donde la enfermedad no haya llegado en lo que esta desaparece —si es que el príncipe Keir tiene éxito en su intento—, formaremos un hogar en un sitio seguro y no tendremos que volver a preocuparnos por el dinero o la comida. Suena bien, demasiado bien.
Solo tengo que cerrar los ojos e inclinarme hacia adelante para que mis labios se rocen con los suyos. Abrirlos y dar paso a su lengua. La cantidad de saliva será suficiente para ser mortal y no solo causar unas quemaduras.
—Padre.
El hechizo se rompe de inmediato. Puedo ver todos los planes que se han formado en mi cabeza deshaciéndose uno a uno hacia mis pies.
Dirijo los ojos a la puerta para encontrar al príncipe Keir observándonos con la mirada ensombrecida y el rostro tenso.
Aprieta tan fuerte la mandíbula que temo que se parta los dientes.
Doy un paso atrás rápidamente y el rey me imita.
—¿Ocurre algo?
—Madre te está buscando.
Deimos me mira un breve instante antes de asentir y salir de la sala, dejándome a solas con su hijo, quien no parece nada contento.
Me pregunto si esta es la primera vez que el rey intenta seducir a una de las posibles conquistas de su hijo.
Si el motivo de que este todavía no se haya desposado se debe a las posibles indiscreciones del rey con las compañeras que Keir haya tenido hasta le fecha.
—Me disculpo por el comportamiento de mi padre. —Entra en la habitación, cierra la puerta a sus espaldas y se aproxima a mí—. A veces lo domina el mal del hombre.
¿El mal del hombre? Bonita forma de referirse al hecho de ser un cerdo.
—Solo estábamos hablando.
—Desde donde yo estaba no lo parecía, a no ser que le guste mantener ese tipo de conversaciones con él. En ese caso me disculpo y la dejo tranquila para que disfrute del arte.
Creo que puedo saborear en el aire la amargura que le producen los celos.
No puedo negar que su interés me cautiva por momentos.
No estoy acostumbrada a que los hombres me persigan, tal vez porque llevo mucho tiempo sin huir.
Ellos eran mis víctimas, no al revés. Ahora me siento una presa y el príncipe es el hábil cazador que no piensa rendirse ahora que ha encontrado mi rastro.
—¿Celoso, alteza?
No debería haber dicho eso.
Inclina el rostro hacia mí, las sombras de su mirada no se han disipado. Parece un hombre poseído.
—En absoluto. —Sonríe de medio lado—. Tal vez decepcionado. Pensaba que no caería en los viejos trucos de mi padre. Déjeme adivinar: ¿ha alabado su belleza? ¿Es usted exquisita? ¿Deslumbrante?
—¿Acaso no lo soy?
Curvo una de mis cejas a modo de desafío.
—Por desgracia, lo es. —Aparta los ojos de mí y los centra en la pieza que tiene delante, que representa a Umbros—. Estoy seguro de que fue moldeada por las manos de Uzur.
El Eterno al que rinden culto los pecadores, aquellos que tienen pensamientos impuros, que prueban la carne antes de estar bajo el sagrado manto del matrimonio, aquellos que exploran sus cuerpos, los que se escapan a medianoche para retozar en lugares oscuros, los que desean lo del prójimo y lo roban sin miramiento alguno…
—¿Qué pecados quiere cometer, alteza?
La voz dentro de mi cabeza me dice que me calle, que deje de tentar a la suerte. Jugar con dos hombres es peligroso. Sería muy sencillo olvidar mi objetivo, verme enredada en una maraña de la que no sea capaz de salir.
—Los pecados que cometería no pueden ser escuchados por los oídos de una dama.
—¿Y si no soy la dama que cree que soy?
Se queda completamente mudo ante mi provocación.
Veo su nuez moverse cuando traga y sé que es el momento de que me marche.
Dejarlo con la miel en los labios es mi mejor estrategia por ahora.
Hago la reverencia que se espera de mí y me marcho de esa sala repleta de arte, dejando atrás a un príncipe que no tardará en preguntarse por qué no caigo rendida a sus pies.