La doncella del veneno CAPÍTULO 10 KASDEYA #2
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CAPÍTULO 10 KASDEYA #2

No tiene tiempo para responder, ya que el ruido de las otras chicas regresando nos saca por completo de la conversación.

La reina sonríe, otra vez con una de esas sonrisas ensayadas y que no tienen ni una pizca de sinceridad.

Una a una, exponen el que creen que es su talento, y la chica de pelo rojo y yo aguardamos en silencio mientras vemos cómo una realiza un retrato algo abstracto de la reina en apenas un par de minutos, otra recita un poema que habla sobre la belleza del príncipe y lo maravilloso que sería un matrimonio entre ellos.

Esto debo decir que hace que ponga los ojos en blanco.

Milena hace gala de su buena cabeza con los números, Odessa toca el arpa y, para cuando llega mi turno, me pregunto si lo mío es tan sorprendente.

Me pongo de pie, con los ojos de todas sobre mí y carraspeo antes de abrir la boca y dejar que las primeras palabras de la canción favorita de Bryn llene el silencio.

Dejo que ese talento que me parecía inútil reluzca ante toda esta gente.

Es la primera vez que lo hago ante un público tan numeroso.

No cierro los ojos, los mantengo abiertos, analizando cada una de las reacciones de los presentes.

La mayoría me mira con recelo, ya que saben que soy su competencia.

Milena parece incapaz de contener su odio.

No entiendo por qué despierto en ella ese sentimiento tan visceral.

Todavía no le he dado motivos reales para que me desprecie.

Sospecho que llegará a conocer lo peor de mí si sigue con esa actitud.

Su amiga no se queda atrás. Odessa tiene el rostro del color verde de los celos.

Kendra sonríe en señal de apoyo. La reina, sin embargo, no deja que nada se revele en su rostro.

Tiene un control de hierro sobre sus expresiones.

Llego a las notas altas de la canción, que habla de los marineros que vieron una mujer vestida de blanco en su barco y eso los llevó a naufragar, porque la culpa siempre es de la mujer y no del mar.

Los cuervos se llevaron las almas de todos ellos y ahora cantan en el más allá, maldiciendo a la mujer que los llevó a romper contra las rocas, porque es más sencillo culpar a la belleza que a la tempestad.

Sin el acompañamiento de ningún instrumento, dejo que la canción siga su curso, haciéndose con la atención de todas las mujeres.

Siento la melodía saliendo de mi garganta y las palabras parecen quedarse sostenidas en el aire durante unos segundos.

Siendo franca, no suena nada mal. El nerviosismo que pudiese haber en mi cuerpo desaparece con cada verso y más aún cuando hasta el propio Pasha, que observa desde una distancia prudente, parece sorprendido.

Supongo que no se esperaba que una asesina fuese capaz de cantar.

Llego al último verso, que muere poco a poco de mis labios, y entonces el silencio vuelve a tomar posesión del espacio.

Trago saliva y espero a que la reina me indique que me siente o por lo contrario haga algún comentario sobre mi canción.

Sin embargo, son unos aplausos que no pertenecen a ninguna de las mujeres presentes los que se atreven a romper el ambiente tenso.

Busco al dueño y choco con una sonrisa de dientes perfectos y ojos marrones que me observan con interés y diversión.

El príncipe parece recién llegado de montar a caballo, con ropas informales y algunas manchas en su camisa blanca.

—Hijo —dice la reina casi en un susurro.

Automáticamente hago una reverencia. Keir se acerca hasta su madre y deposita un beso en su mejilla antes de estudiarnos a todas con fingido interés.

—No me habías dicho que ibas a recibir un espectáculo privado, madre.

—Oh, ¿esto? Solo ha sido una forma de pasar el rato, ¿no es así, señoritas?

Todas asentimos.

—Entonces me encantaría pasar el rato como tú. —Redirige de nuevo sus ojos a mí—. Canta de una forma excepcional, señorita Kasdeya.

—No lo creo, alteza, ha sido una osadía y una tontería por mi parte —respondo con falsa modestia.

Bajo la mirada al suelo como si fuese una chiquilla tímida impresionada por las atenciones del príncipe.

—Créame cuando le digo que tiene un don en la voz.

—Saber cantar no es una habilidad necesaria para una reina, ¿no es así, majestad? La realeza es la que debe disfrutar de que otros los diviertan, no al revés —interrumpe Milena, buscando apoyo de la reina.

Dibujo una sonrisa feroz y respondo con una calma fingida:

—Querida, los números tampoco son una habilidad que necesite una reina. Es más propio del tesorero real o el contador mayor, ¿es ese el puesto que aspiras ocupar?

Mi respuesta es demasiado incisiva, lo sé. Evara entrecierra los ojos con suspicacia y el príncipe parece más que complacido con el toque de veneno que se adivina en mis palabras.

—Señoritas, no dejen que todo esto las haga enemigas —comenta Keir.

Puede que diga la verdad, pero en el fondo sospecho que sí que le gusta ver cómo me defiendo de este nido de buitres deseosos de arrancarle un pedazo.

Milena bufa y deja caer su trasero en el asiento.

Hago lo mismo y me siento. Puedo sentir las miradas puestas en mí.

La mayoría de ellas no son afables. Parece que ahora sí que me ven como una verdadera competidora, y eso no augura una estancia agradable para mí.

La mano de Kendra se mueve por debajo de la mesa, buscando la mía para darle un apretón.

—Esa canción ha sido preciosa —murmulla—. ¿Dónde la has aprendido? Las viudas de Valenn suelen cantarla cada vez que un barco sale al mar.

—La aprendí de una amiga.

—Vaya, pues esa amiga debe de tener corazón de pirata —bromea.

Puede que sea cierto y Noelle proceda de una de esas islas perdidas donde los marineros van a arribar o incluso de la propia Valenn, hogar de piratas y orgullosamente despiadada.

—¿Están teniendo una buena estancia en palacio, señoritas?

El príncipe permanece de pie, apoyando la mano en el respaldo de la silla de su madre, y pasa su mirada por cada una de nosotras. Algunas asienten y las más valientes consiguen musitar una breve respuesta mientras yo permanezco callada, estudiando cada pequeño gesto de su cuerpo.

—Ruego que me perdonen por mi ausencia durante estos días, he tenido asuntos del reino que atender. —Hincha el pecho con una bocanada de aire—. Así que, si les parece bien, me encantaría dar un paseo con todas ustedes y tener la oportunidad de conocerlas mejor.

Todas se levantan apresuradamente, lo que hace que una sonrisa se dibuje en la boca del príncipe.

Puede que a ojos de las demás sea un gesto inocente, sin embargo, veo el placer que le produce tener tantas muchachas bonitas dispuestas a prestarle atención.

La satisfacción brota en mi pecho cuando ve que yo no me he levantado del asiento y su sonrisa cae.

—¿Ocurre algo, señorita Kasdeya?

—Si me disculpa, alteza, creo que me iré a mis aposentos para descansar, no me encuentro muy bien.

La reina me mira con los ojos entrecerrados mientras su hijo asiente y vuelve a curvar los labios para fingir que mi ausencia no le molesta.

El pobre no se da cuenta de que estoy jugando con todos, que él solo es una pieza que coloco donde quiero, un peón que pienso sacrificar con tal de hacerme con el rey.

—Por supuesto, vaya y descanse.

Me levanto y hago una reverencia en señal de un respeto que no siento.

Por debajo de las pestañas echo un pequeño vistazo, comprobando que sus ojos están clavados en mí.

La reina carraspea, dándose cuenta de lo inapropiado que es todo esto, y más teniendo al resto de damas mirando.

Me doy la vuelta, intentando que mis labios no rompan en una sonrisa arrogante.

Astra no habla hasta que estamos a solas en los pasillos de palacio.

—Si lo que quieres es atraer al rey a través del interés de su hijo, tal vez deberías haber acudido a ese paseo.

—Ir a ese paseo habría sido seguir al rebaño.

—Giro el siguiente pasillo en dirección a mi dormitorio—.

Tiene a un puñado de muchachas que se derriten a sus pies y yo soy la única que no parece tener interés en él.

La cosa más frágil de un hombre es su ego, y la mujer que lo sabe y juega con eso ya ha ganado.

Lo mínimo que puedo hacer es aprovecharme de todo esto.

—¿Y si decide que quiere casarse contigo?

—No estaré aquí tanto tiempo como para eso.

—Estás jugando a un juego peligroso.

Al fin alcanzamos las puertas de mis aposentos. Rodeo el pomo y abro, mientras suelto un bufido que se entremezcla con una risa agónica. Me cercioro de cerrar a mis espaldas en cuanto Astra entra a la habitación.

—Hasta donde yo sé, estáis aquí porque tenéis el mismo objetivo que yo.

Es un juego peligroso desde el principio.

Solo estoy haciendo las cosas a mi manera o como creo que surtirán más efecto.

Recuerda que es un rey al que le gusta poseer lo que otros sueñan con tener. Estoy creando el escenario perfecto.

—Solo espero que no te equivoques, Kasdeya. El príncipe no es tan tonto como piensas.

—¿Y eso lo dices porque lo conoces bien?

No me responde, sino que desaparece por la pequeña puertecita que da a sus aposentos conectados a los míos, dejándome con la duda.

Tengo la impresión de que tanto ella como Pasha me ocultan cosas.

A veces mi doncella se aparta para hablar con él entre murmullos y más de una vez me encuentro preguntándome qué es lo que cuchichean y no quieren que sepa.

La desconfianza no nos hará ningún bien a ninguno si queremos salir vivos.