La doncella del veneno CAPÍTULO 10 KASDEYA
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CAPÍTULO 10 KASDEYA

Los días en el palacio no dejan tiempo para aburrirse o relajarse, cada día hay una celebración. A veces encuentro el momento para dar un paseo con Astra con la intención de explorar este lugar al máximo posible. A nadie parece extrañarle nuestras salidas matutinas, que se extienden durante horas.

Han pasado unos días desde el baile de bienvenida y, aunque el príncipe me dejó claras sus intenciones de encontrar una esposa, no he vuelto a verlo en ninguno de los festejos que han tenido lugar en los días sucesivos.

En cambio, todas las damas hemos disfrutado de la compañía de la reina, quien parece mirarnos con ojo crítico en todo momento.

Supongo que en su cabeza está valorando quién de nosotras es más adecuada para sucederla cuando llegue el momento.

Creo que la respuesta es ninguna. No mira a nadie con mejores ojos, no parece que seamos lo suficiente.

Puedo imaginarme cuáles son los requisitos primordiales: una mujer joven en edad fértil, con una personalidad sumisa, que haga caso omiso a todas las indiscreciones del rey y, por supuesto, que tenga una presencia impecable para que luzca bien en los futuros retratos y dé a luz a niños con rostros que parezcan haber sido cincelados por las manos de los dioses.

Sentadas alrededor de una mesa redonda, todas nos miramos las unas a las otras, preguntándonos si deberíamos romper el silencio con una pregunta insípida para aligerar el ambiente o simplemente esperar a que la reina Evara lo haga.

Doy un sorbo al té, muy consciente de que mi codo se roza con el de la chica sentada a mi lado.

—Qué mañana tan agradable, ¿no es así? —dice al fin la reina.

Todas asentimos, tampoco tenemos otra opción. No creo que haya nadie tan valiente como para contradecirla.

—¿Alguna sabría decirme cuál es la cualidad más importante de una reina?

Nos miramos entre nosotras, cuestionándonos si existe algún tipo de trampa en la pregunta.

Tengo respuestas en la punta de la lengua, sin embargo, espero paciente a que alguna de mis compañeras se atreva a responder.

Quiero ver las reacciones de la reina. La chica de ojos tristes, la cual recientemente he descubierto que se llama Odessa, levanta la mano y Evara le hace una señal de asentimiento para que hable.

—La capacidad de dar a luz niños fuertes.

Da un sorbo antes de responder, poniendo nerviosa a la muchacha.

—Sin duda es una cualidad a tener en cuenta, sin herederos no hay futuro para el reino. Buena respuesta. No obstante, hay algo aún más importante. ¿Alguien sabe decirme qué es?

Puedo ver en sus ojos el deseo de que fallemos.

Una excusa más para reafirmar su convicción de que ninguna será lo que su hijo necesita.

Porque no me creo ni por un segundo que lo que ella está buscando en nosotras sea una buena reina, no.

Lo que quiere es una esposa maleable, aburrida, sumisa.

Alguien que no vaya a robarle la atención de su preciado principito.

Milena hincha el pecho antes de dar su respuesta, segura de que la convertirá en ganadora a ojos de la reina.

Su interés por ser la elegida del príncipe no podría ser más aparente.

A pesar de su exterior frío, parece deshacerse cada vez que la reina le presta algo de atención.

Contradictorio cuando menos. Con todas nosotras se muestra altiva y frente a Evara no podría ser más perro faldero.

—Su bondad.

Aprieto los labios para no estallar en una carcajada.

—El pueblo necesita líderes bondadosos, sí, pero no podemos dejar que esa bondad nos vuelva débiles.

Mira alrededor de la mesa esperando a que alguien más se atreva a responder. La chica a mi lado, la pelirroja que me crucé en el pasillo en mi primer día aquí, me lanza una mirada de soslayo que parece querer retarme. Arqueo una ceja y cierro los puños en mi regazo.

—La templanza —respondo.

—¿Le importaría desarrollar, Kasdeya?

No me pasa inadvertido que soy a la única a la que se ha dirigido por su nombre y eso me hace pensar que ella también me ha estado observando con atención. O que mi nombre ha salido a relucir en alguna conversación entre la familia real.

—Los hombres son irascibles, dados a tomar decisiones precipitadas provocadas por sentimientos violentos.

Tienen un espíritu guerrero, conquistador, lo que en situaciones de guerra es primordial; sin embargo, también es lo que puede llevarlos a convocar esas mismas guerras.

Quien más sufre ante esas situaciones o ante cualquier decisión que incumba al reino es el pueblo, y como gobernantes tenemos que velar por la seguridad y bienestar de los súbditos.

Por eso la templanza es primordial: una reina debe ser capaz de despertar la calma y moderación de su rey.

—¿Cree que una reina puede decirle a un rey lo que debe hacer?

—Por supuesto que no —digo rápidamente, aunque desearía no tener que pronunciar esas palabras que saben a azufre en el fondo de mi garganta—.

Una reina no tiene la potestad de hacer tal cosa; sin embargo, una esposa puede aconsejar a su marido, ¿no es así?

En Argevin se aprecia y honra el matrimonio por encima de todas las cosas, y es deber de una buena esposa evitar que su marido cometa un error.

Nos miramos fijamente. Por un momento los rasgos de la reina se contorsionan revelando la molestia que le produce hablar del matrimonio y de lo sagrado que es en nuestro reino.

Dadas sus circunstancias y mi propósito aquí, no puedo juzgarla.

Cualquier sentimiento desaparece de su cara en cuestión de un parpadeo, y en su lugar dibuja una sonrisa forzada y falsa.

—Supongo que tiene razón, buena respuesta.

—Coge una profunda bocanada de aire, repasando el rostro de las demás—.

Creo que ha quedado más que claro que una reina debe tener varias cualidades, no sirve con ser una cara bonita.

Es por eso que hoy las he reunido aquí para que me enseñen aquello en lo que destacan.

—¿A qué se refiere, majestad? —pregunta la chica de pelo rojo.

—Arpa, poesía, pintura, bordado… Quiero que me muestren qué pasatiempo han desarrollado durante sus años de juventud.

—¿Ahora?

—¿Hay algún problema?

La muchacha aprieta los labios y niega con la cabeza.

Evara da una palmada al aire, invitándonos a que nos pongamos en acción.

Muchas desaparecen para coger aquello que necesitan.

Yo me quedo plantada en el sitio, pensando en cuál es el talento que he desarrollado durante este tiempo y que podría ser apreciado por las personas de alta cuna.

Supongo que mi puntería con los cuchillos no es una opción, ni los bailes exóticos y cautivadores que soy capaz de ejecutar encima de un escenario.

Me doy cuenta de que la chica a mi lado tampoco se ha movido.

—Parece que tú tampoco sabes cómo impresionarla, ¿eh? —bromea.

Me sorprendo al escuchar su voz. Las palabras le salen casi redondas al hablar, como pulidas por el mar. Su aspecto no me da ninguna pista de su procedencia pero algo me dice que su acento está hecho de muchos lugares.

—Algo así.

—Soy Kendra, por cierto.

—Kasdeya —respondo.

—Lo sé, estás en boca de mucha gente últimamente.

—¿Sí?

—Deberías pasar más tiempo con las demás, te darías cuenta de cuánto te observan y de lo preocupadas que están desde que vieron tu breve interacción con el príncipe.

—No fue para tanto.

Sacudo la mano para quitarle importancia.

—Se pasó toda la noche mirándote.

—¿Y tú también estás preocupada por eso?

—En absoluto.

Dejo salir una risa suave.

—¿Cuál es tu talento?

—Sé hacer desaparecer cosas.

Abro los ojos con sorpresa a la vez que frunzo el ceño con escepticismo.

Kendra sonríe de oreja a oreja. Su belleza es indudable.

Casi parece irreal. Si no estaba sorprendida ya antes, en el momento en que me muestra entre sus dedos mi guante, no puedo contener el jadeo que sale de lo profundo de mi garganta.

Miro hacia abajo, a mi mano desnuda, y puedo sentir el latido de mi corazón lleno de pánico golpeando con fuerza en mis oídos.

—Eres una ladrona —musito.

Arranco el guante de sus dedos y me lo pongo con rapidez.

—Prefiero decir que soy habilidosa con las manos.

—¿Y eso es una cualidad destacable para una reina?

—De donde yo soy, sí: las reinas se dedican a más que parecer bonitas, escuchamos lo que nadie quiere que oigamos y robamos aquello que necesitamos. Además de usar las manos para cosas más divertidas.

Me guiña el ojo y tengo que mirar a nuestro alrededor para asegurarme de que nadie la ha oído.

Reprimir el escalofrío que recorre mi espalda al pensar en que alguien pueda encontrar divertido algo así se vuelve un esfuerzo hercúleo.

No soy ajena a las cosas que tienen lugar en una habitación y aún menos viniendo de dónde vengo; no obstante, ninguna de mis compañeras podría calificar de disfrutable lo que sus manos se han visto obligadas a hacer en situaciones así.

—¿De dónde eres?

—De la isla de Valenn.

Las palabras tardan un poco más de lo normal en calar en mí, pero cuando lo hacen no puedo contener el asombro.

—¿La isla de los piratas?

—Así es. —Creo que puede ver todas las preguntas reflejadas en mi rostro.

Se encoge de hombros—. Los piratas están cogiendo fuerza en el continente, son los únicos que son tan descerebrados o valientes, según se mire, como para navegar los mares sin miedo.

Supongo que el rey cree que podría ser conveniente una unión con Valenn y por eso me invitó.

—¿Y a ti te parece bien?