La doncella del veneno CAPÍTULO 9 KASDEYA #3
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CAPÍTULO 9 KASDEYA #3

—La posición del príncipe en cuanto al reino de Valyndra es muy diferente a la de su padre. Mientras que uno es conciliador, el otro es un estratega que prefiere la guerra y la conquista.

—Así que el príncipe no está a favor del acuerdo porque prefiere la violencia —cavilo—. No sé si eso sería lo mejor para Argevin.

—Supongo que teme lo que la presencia del rey maldito en estas tierras pueda hacer. La enfermedad ya ha llegado aquí, ¿quién sabe lo que podría pasar en el reino si invitamos a su causante?

No parece convencido de lo que dice.

Me quedo pensativa, repasando todo lo que sé sobre dicho rey: Andras Berengar.

Todo el mundo dice que él es el culpable de la Nectumbra y aunque parece fantasioso e irreal, no sé si puedo descartarlo del todo.

Yo misma soy la prueba viviente de que existen cosas sin explicación.

Si yo soy veneno, él puede ser enfermedad.

No obstante, me pregunto si es tan cruel como el pueblo piensa, si tiene algún control sobre lo que hace o simplemente no puede remediarlo.

O tal vez todo es una mentira y él no tiene nada que ver.

—He oído que el príncipe es el culpable de que las fronteras se hayan endurecido y vuelto más crueles.

No dejan entrar a nadie por miedo a que estén contagiados.

Cada vez dejan pasar a menos mercaderes y otros tantos no se atreven a venir por nuestra proximidad con Valyndra.

Es cuestión de tiempo que el reino pase hambre.

—¿No lo hace ya? —replico.

Imágenes de niños con rostros cadavéricos asaltan mi mente.

—Imagínate en unas cuantas semanas o meses.

—Así que el rey piensa que hablar y negociar con Andras Berengar es la solución.

Si es que es cierto que Andras está extendiendo la enfermedad de una forma consciente hacia nuestro reino, llegar a un acuerdo sería lo mejor.

En cambio, el príncipe piensa que es mejor declararle la guerra y cerrar fronteras para evitar la entrada de más infectados.

—Así es.

—Pero, ¿y si no fuese así? —pregunto—. ¿Y si no fuese algo que puede controlar? ¿O si todo eso de que él es el origen de la enfermedad solo fuese un mito?

—Entonces supongo que todo el continente está en peligro. —Entrecierra los ojos y me somete a su escrutinio—. ¿Acaso sientes pena por el rey vecino?

Dibuja una sonrisa arrogante a la que respondo con un bufido. Pongo los ojos en blanco y me doy la vuelta, topándome de frente con la mirada reprobatoria de Astra.

—Has sido demasiado atrevida —susurra Astra.

—¿A qué te refieres?

Echo un vistazo a nuestro alrededor, preguntándome si alguien está atento a nosotras.

—¿No crees que has sido irrespetuosa con el príncipe?

No sé por qué, una pequeña sonrisa se dibuja en mis labios, y esta vez soy consciente de que todo el mundo puede verla: ya no estoy bajo la comodidad de mi velo que me ocultaba de los ojos de los demás.

—Puede ser.

—Ha sido un grave error. Tú mejor que nadie conoces a los hombres: les gusta la caza, las cosas que no pueden tener, y te acabas de presentar ante él como el mayor reto de todas estas chicas.

—A lo mejor eso es lo que quiero, Astra.

¿No te has dado cuenta de cómo su padre sigue cada uno de sus movimientos?

Míralo bien y te darás cuenta de que no es la mirada de un padre orgulloso, sino la de un hombre gobernado por los celos.

El interés del príncipe me conducirá a tener el del rey. Solo espera y verás.

Vuelvo a echar un vistazo a la habitación, reparando en cada uno de los presentes hasta que mis ojos encuentran lo que buscaba.

Un par de ojos marrones me miran desde el otro extremo de la habitación y estos parecen rezumar atención.

Como ha dicho Astra, los hombres quieren lo que no pueden tener, son depredadores y también conquistadores.

No obstante, se le ha olvidado otra de sus cualidades y es que son territoriales y competitivos, así que utilizaré todo eso a mi favor.

—¿Y si deja de prestarte atención? Un poco de indiferencia puede poner en marcha el juego, pero demasiada puede hacer que se canse y pase a otra chica más receptiva y menos cortante.

—Algo me dice que el príncipe no es de los que buscan mujeres indefensas —comento mientras veo cómo se relaciona con las demás desde la distancia.

—Dudo de que le gusten indomables.

Aparto mi mirada de la del príncipe, declarando una vez más que no siento interés por él, y busco al hombre por el que estoy aquí.

El rey Deimos observa con atención a su hijo y lentamente persigue el objeto de su interés, haciendo que sus ojos recaigan en mí.

Intento fingir que no me he dado cuenta.

Me llevo la copa a los labios y me los mojo con el vino.

Dejo que ambos hombres me observen, alimentándome con sus miradas.

El joven permanece completamente ajeno a su padre, mientras que este no puede ocultar la curiosidad por saber qué es lo que su hijo ha visto en mí.

Solo debo esperar a que los celos que siente el monarca por su propio retoño lo lleven a intentar descubrirlo, sin saber que estará firmando su sentencia de muerte.