La doncella del veneno CAPÍTULO 9 KASDEYA
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CAPÍTULO 9 KASDEYA

No pensaba que pudiese llevar algo más bonito que la ropa con la que llegué, pero Astra me ha mostrado que estaba equivocada al sacar todo el contenido de los baúles.

Con cada vestido que tendía sobre la cama, la pregunta de quién se ha tomado tantas molestias con este encargo iba creciendo en mi cabeza.

Ahora, aquí plantada en fila con el resto de chicas jóvenes que esperan ser la elegida para contraer matrimonio con el príncipe en las próximas semanas, desearía llevar mis zapatos con las suelas desgastadas y mis vestidos raídos en vez de estos elementos de tortura.

Me duelen los pies y las varillas del corsé se clavan en mi espalda.

Que las montañas de mis pechos estén a plena vista no es algo que me incomode; estoy acostumbrada a lucir mi cuerpo en el escenario, aunque siempre desde la seguridad de la distancia.

Ahora solo tengo mis guantes para proteger el resto de mi cuerpo, y eso hace que cada vez que alguien se acerca mínimamente, mi cuerpo se tense como las cuerdas de un arco.

A pesar de exigírsenos puntualidad, no parece ser algo que vaya en las dos direcciones.

Las damas a mi alrededor murmuran entre ellas.

Los susurros van desde cuestionarse el motivo del retraso de la familia real a los detalles morbosos de los accidentes de algunas de las damas.

Al parecer algunas no han sobrevivido al viaje en barco.

No me sorprende. La gente le tiene miedo al mar por algo.

La chica que está a mi lado, la que vi nada más llegar, se inclina hacia mi oído.

Contengo el aliento.

—¿Crees que el príncipe se ha retractado de su intención de encontrar esposa?

La miro al principio con sorpresa, pero debo recordarme que esto no es algo anormal, así que pestañeo y me recompongo rápidamente.

Me muevo levemente hacia atrás para poner algo más de espacio entre nosotras.

Por su forma de hablar queda claro que se encuentra lejos de casa.

Su acento acaricia las consonantes, en especial las erres, que suenan más fuertes que el resto.

Es muy posible que también venga de una isla lejana.

—No lo creo, simplemente nuestro tiempo no es igual de valioso que el suyo.

Las palabras saben a ceniza en mi boca a pesar de que estoy segura de que ellas piensan así.

Me aseguro de hablar despacio, intentando aparentar que estoy haciendo un esfuerzo por hablar correctamente, sin dejar que mi esperado acento extranjero se note.

—Siempre puedes marcharte si encuentras esto molesto —dice otra.

La observo y, no sé por qué, pero algo me dice que no seremos amigas.

Tiene una belleza fría. Ojos azules y el pelo tan negro como la noche cayendo a ambos lados de su rostro.

Su vestido es de un vivo color rojo y su piel es sumamente pálida.

Nada que ver con la mía, que parece permanentemente besada por el sol.

Su forma de hablar no me da ninguna pista de a dónde pertenece. Habla con un tono neutro y refinado.

—O tal vez tienes miedo de competir con nosotras —añade una segunda.

La miro, no viendo nada en ella que la haga destacar. Tiene el cabello castaño, unos ojos marrones con forma triste y labios finos. Está muy cerca de la morena de ojos azules y algo me dice que estas dos son tal para cual. Podrían formar una alianza peligrosa.

Como si hubiesen podido sentir el desespero de todos los integrantes de la sala, las puertas del salón se abren y entran el rey y la reina, seguidos muy de cerca por el príncipe Keir y un pequeño séquito de guardias.

Por el rabillo del ojo veo a Pasha situado cerca de una ventana.

Este asiente con la cabeza en señal de reconocimiento.

No muy lejos de mí, a tan solo unos pasos de distancia, Astra se muestra con rostro serio, sin apartar la vista de las nuevas incorporaciones de la velada.

Cada una de las muchachas lleva consigo a su dama de compañía, y aquellas que presentan mayor rango tienen a uno de sus guardias apostado en un extremo de la sala a modo de seguridad.

Ninguna de las presentes puede disimular su nerviosismo, manifestado en forma de sonrisillas, murmullos que se escapan en idiomas extranjeros y aleteos de pestañas atrevidos.

Incluso la muchacha de piel pálida y ojos fríos parece alterada por la presencia del príncipe.

Sin embargo, mi atención no la tiene la misma persona.

Clavo los ojos en la figura del rey, quien parece bastante interesado en el grupo de mujeres que tiene delante.

Pese a la edad que debe tener —intuyo que rondará los cincuenta—, los años no han hecho del todo mella en su atractivo.

Su cabello es del mismo tono que el de su hijo, un castaño oscuro salpicado por el paso del tiempo que resalta el color miel de sus ojos.

La expresión de su rostro es seria, con una mandíbula fuerte y un ceño que parece estar permanentemente fruncido; no obstante, el interés y el deseo se arremolinan en sus ojos por más que quiera disimularlo.

Lanzo un pequeño vistazo a la reina, que parece intentar ignorar el descaro de su marido pidiendo que le sirvan una copa de vino.

Los instrumentos de cuerda que hasta ahora amenizaban la espera se detienen abruptamente y se hace un silencio que nadie, salvo el rey, se atreve a interrumpir.

—Bienvenidas a palacio, señoritas. —Su voz es grave, con un toque que te hace pensar en almíbar espeso deslizándose por tu piel.

Todos los depredadores son bendecidos con atributos que hacen caer a sus víctimas.

Lástima que en esta sala no solo él sea el depredador—.

Supongo que habrán oído los rumores y, aunque es cierto que el príncipe está en busca de una futura esposa, no quiero que se tomen su estancia aquí como una competición o un escrutinio juicioso.

También queremos celebrar con todas ustedes el inminente cumpleaños del príncipe y el futuro acuerdo con el reino de Valyndra.

Se le olvida lo más importante, y es que tenernos a todas bajo su techo le da la oportunidad perfecta para jugar con nosotras su juego favorito, el de la seducción.

Seguro que en su cabeza se pregunta quién se convertirá en el próximo juguete que usará hasta que se aburra.

Por desgracia, nada de esto puede decirlo en voz alta, sería todo un escándalo, aunque estoy segura de que su esposa conoce bien sus intenciones.

Es imposible que el rey no utilice unos festejos como estos en beneficio propio.

Se escucha un jadeo generalizado en la habitación ante la información que acaba de soltar, y me fijo en que la mandíbula del príncipe se tensa, al parecer no muy feliz con la noticia.

Me pregunto si es encontrar esposa lo que le parece una molestia.

Intento mirar a Pasha disimuladamente, preguntándole con la mirada si sabía algo de esto.

Su rostro no revela nada, al igual que el de Astra, quien sigue mirando al frente, impasible.

—Sus familias las han confiado a mí, así que espero que su estancia en palacio sea placentera.

Si necesitan cualquier cosa, no duden en comunicárselo al servicio.

Estaremos felices de hacerlas sentir bienvenidas y cómodas.

—Justo en ese momento, los sirvientes pasan frente a nosotras, ofreciéndonos una copa de vino.

El rey alza la suya una vez que todas tenemos una en la mano—.

Brindemos por el príncipe Keir y porque estas semanas solo traigan buenas noticias para el reino.

—¡Por el príncipe Keir! —exclama la habitación.

Aprovecho el júbilo de los invitados para observarlo mejor. Es evidente que es un reflejo de su padre. Comparten el color de pelo y una altura similar; el rey es más corpulento, pero el príncipe es evidente que esconde un cuerpo atlético bajo el traje.

—¡Por el príncipe Keir! —acompaña el rey.

Me llevo la copa a la boca cuando el resto también bebe; sin embargo, de mis labios no sale ni una palabra.

El príncipe parece darse cuenta, alzando una ceja en mi dirección en una actitud más retadora que condenatoria.

Decido ignorarlo, no entrando en su juego, sino que vuelco toda mi atención en su padre.

Se sienta en su trono acompañado de su esposa y desde ahí arriba observa toda la sala.

—Es muy apuesto —pronuncia en tono confidente la chica de rizos dorados que lleva todo este tiempo a mi lado.

Al parecer ha decidido que ahora somos amigas.

—Supongo que lo es.

Ahoga una risita y me mira con cierta sorpresa. La pelinegra de antes abre la boca y su voz suena llena de incredulidad.

—¿Supones? Míralo bien. —No necesito hacerlo para saber lo que el resto ve, he tenido el privilegio de observarlo a escondidas desde el balcón—.

Alto, con hombros fuertes y pómulos marcados.

Lo que daría por tener esos rasgos sin tener que recurrir a pociones cuyo efecto pongo en duda.

Sus ojos parecen chocolate fundido, tiene la sonrisa perfecta y su voz, ¿has oído su voz?

Dicen que es capaz de hacer que las damas se desmayen con tan solo escucharla.

Contengo el impulso de poner los ojos en blanco.

No sé qué me sorprende menos, que no deje de elogiar al príncipe o que sea una de las muchas que recurren a la magia para potenciar sus atributos.

En nuestro reino no está prohibido hacer uso de ella, supongo que porque ponen tan en duda su efectividad como en el resto de reinos.

Es inevitable perder la esperanza en cosas como esa cuando los dioses ya no escuchan, no mandan señales ni recompensan a sus fieles.

Sin embargo, todavía hay ancianas que se aprovechan de unos pocos con sus hechizos de amor, promesas de belleza y conjuros de sanación.

—Solo es un hombre… —Dejo el resto en el aire.

—Milena.

—Milena. —Asiento—. Como te decía, Milena, solo es un hombre. Uno apuesto sin duda, pero sigue siendo un hombre.