La doncella del veneno CAPÍTULO 8 KASDEYA
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CAPÍTULO 8 KASDEYA

No esperaba un gran recibimiento, aunque sí más que esto.

Nada más poner un pie fuera del carruaje, aparece un séquito de mujeres con caras de pocos amigos, moños bajos tan tirantes que me pregunto si les permiten que el riego sanguíneo fluya con normalidad y vestidos sombríos, que nos indican que las sigamos al interior.

No se detienen a hacernos un recorrido ni explicarnos qué es lo que estamos viendo según avanzamos por los pasillos del castillo.

Siendo sincera, estoy ahora mismo demasiado tensa como para disfrutar de algo así.

No obstante, dado mi objetivo aquí, intento quedarme con cada cosa que veo, guardándola en mi subconsciente por si me es de utilidad más tarde.

Nos cruzamos con otros grupos, al parecer igual de desconcertados que nosotros.

Comparto una mirada significativa con una muchacha de rizos dorados que da la sensación de estar sumamente aburrida.

Me guiña el ojo y sigue avanzando. Aligeramos el paso para poder igualar el ritmo de estas mujeres que parecen tan apremiadas.

Nos detenemos en seco delante de una puerta blanca con detalles y florituras de oro.

—Estos serán los aposentos de la señorita, en el interior encontrará una sala de baño junto a una puerta que conecta con la habitación de su dama de compañía.

El resto de sus sirvientes hallará alojamiento en las residencias adyacentes al castillo.

—Dedica una mirada fría a Pasha—. En los jardines encontrará quien le indique dónde dirigirse.

—Gracias —respondo por el resto, como supongo que se espera de mí.

—A las seis tendrá lugar una bienvenida en el salón principal del castillo —prosigue sin que su rostro serio cambie ni una pizca—. Se espera que todas las damas acudan, sin excepción. Sea puntual.

Se da la vuelta de inmediato, dejando claro que ha finalizado con nosotros.

Hago el ademán de abrir la boca para preguntar algo, pero Astra, quien hasta ahora ha permanecido en silencio, me agarra de la manga de mi vestido y me dirige una mirada que invita a que siga con la boca cerrada.

Hasta que no vemos al séquito de mujeres desaparecer al final del pasillo, no logramos relajar los hombros, ni siquiera el intimidante Pasha.

—Será mejor que entréis —dice este—. Yo iré fuera a hablar con los demás y haré que os suban el equipaje. Luego iré a explorar un poco los alrededores. No os mováis de aquí.

Lo último lo dice mirando fijamente a Astra.

Ella asiente y abre la puerta, indicándome con el mentón que entre.

Las dos respiramos con mayor tranquilidad una vez que nos quedamos a solas.

Lo primero que hago es levantarme un poco la falda y mirar mi pierna, donde Kora está enrollada.

Hago un gesto con la mano para invitarla a mis manos.

En cuanto libera mi pierna la dejo sobre la cama.

No tarda en reptar por ella y rodear con su cuerpo uno de los postes.

Me doy la vuelta para examinar la habitación y, aunque la belleza de esta es evidente, no es eso en lo que me fijo.

El sol y la brisa entran a raudales por el balcón de puertas acristaladas abiertas de par en par.

Corro y me aferro a la baranda de piedra.

Echo un vistazo hacia abajo, comprobando la distancia hasta el suelo.

Una mala caída sería fatídica, pero creo que me las puedo ingeniar para bajar.

Dudo de que pueda salir de rositas por la puerta una vez que cumpla mi cometido.

Levanto la vista para contemplar los jardines, tan vastos que la vista no alcanza a verlos por completo; se pierden en la línea del horizonte.

Lo que sí puedo ver es que se está llevando a cabo una fiesta de té privada, con unas cuantas mujeres entre las que destaca una por su melena de color cobrizo y la pesada corona encima de su cabeza.

Sus ri sas son estridentes, aunque intenten ahogarlas u ocultarlas tras sus abanicos de plumas cuando ven que un hombre se aproxima.

Entrecierro los ojos con la esperanza de ver mejor de quién se trata.

Tiene el pelo castaño oscuro y su pose es elegante; salvo eso, no hay nada más que pueda distinguir.

La reina, Evara, se levanta de su asiento y agarra al hombre por los hombros, plantando dos besos en sus mejillas.

—El príncipe Keir —dice Astra, consiguiendo que me sobresalte al no esperar su voz tan cerca de mí—. Dicen que es lo único que mantiene a la reina cuerda. El reino lo adora.

—El príncipe adorado, el niño de mamá —digo con ironía.

Parece que el príncipe sonríe ante la muestra de afecto de su madre y hace una pequeña inclinación con la cabeza al resto de mujeres que llenan el aire con sus risas atolondradas.

No lleva traje, como esperaría ver de un miembro de la casa real, sino unos pantalones de montar de color negro y una camisa blanca holgada.

—Todo el mundo piensa que será un buen rey. Dicen que es bondadoso, sensato, un buen estratega. Cualidades de las que su padre carece. El pueblo tiene la esperanza de que él traiga de nuevo la grandeza al reino, que de una forma milagrosa acabe con la enfermedad y la pobreza.

—Es un hombre, no un dios —murmuro.

—La desesperación lleva a la gente a creer en cualquier cosa, se aferran a cada pequeño atisbo de esperanza.

—¿Cómo va un hombre a detener la enfermedad?

—Creen que, si acaba con el rey maldito, la enfermedad se irá con él.

Una carcajada sale de sus labios, y estoy a punto de acompañarla ante lo ridículo que suena.

—Si eso fuese verdad, ¿por qué el rey Deimos no ha declarado la guerra?

—¿Cobardía? —se encoge de hombros—. Nadie lo sabe.

Dejo de mirar al frente para mirarla a ella.

—¿Cuánto de cierto crees que hay tras los mitos sobre el rey vecino? ¿De verdad piensas que la enfermedad es por su culpa?

—No lo sé, puede que sí que sea el gran villano que todo el mundo piensa o simplemente la gente se haya inventado un motivo para justificar que algo tan cruel como la Nectumbra exista.

¿Por qué los Eternos no despiertan? ¿Por qué no hacen nada por salvarnos?

Son preguntas incómodas que prefieren no hacerse. Es mejor buscar otro culpable, supongo.

Me quedo pensativa después de escuchar sus palabras. Me atrevería a decir que el tema consigue encender un fuego en su interior. Interesante.

—Has dicho que su hijo es lo único que mantiene cuerda a la reina, ¿a qué te refieres?

—La reina es una fanática religiosa. Los Eternos rigen su vida por completo a pesar de que ya casi nadie les reza.

Por no hablar de que un reino al borde del colapso y un marido públicamente infiel son motivos más que suficientes para que se te vaya un poco la cabeza. El príncipe es su única alegría.

Puede que tenga razón, he escuchado rumores sobre las extrañas manías de la reina.

Por ejemplo, no come nada que no provenga de tierras o granjas que hayan sido bendecidas con el agua del templo, acude a sus rezos sin falta sin importar las inclemencias del tiempo o su apretada agenda.

El tema de las infidelidades de su marido es de conocimiento público, aunque personalmente creo que a ella no le quita el sueño.

Algo me dice que hay cosas que le importan más; una de ellas es su hijo, sin duda.

—Sabes mucho para no ser de Argevin —comento.

Suspira, como si hubiese conseguido romper un poco de su determinación.

—Provengo de una isla perdida en medio del mar Solasta. Y sé tanto sobre Argevin porque he hecho mi trabajo. Como te he dicho, tenemos el mismo objetivo y quiero serte de utilidad. Todo lo que sepa o pueda hacer por ti, solo tienes que pedirlo.

Su respuesta me asombra, no solo por su inesperada sinceridad, sino por el hecho de que provenga de una de las islas.

El continente donde se encuentran el reino de Argevin o Valyndra, el reino vecino y enemigo, está rodeado por cuatro mares, cada uno de ellos gobernado por bestias o fuerzas de la naturaleza que dificultan navegarlo.

Nuestras costas están bañadas por el mar Isernia, famoso por sus remolinos, tan catastróficos como imprevisibles.

Los pocos que se atreven a surcar sus aguas no pueden ser más que valientes o descerebrados sin miedo a la muerte.

Son muchos más los que se decantan por el Paso de Pyrothos, una elevación de tierra cuya caída te llevará a una muerte segura y que es la única vía terrestre para llegar a Valyndra.

Está besada en parte por Isernia y el mar Erebos, el cual no es mucho más apetecible.

Se dice que en sus aguas se esconden criaturas que absorben tu alma, si es que no te despedazan antes.

—¿Solasta? —Frunzo el ceño—. Vaya, sí que estás lejos de casa.

Solasta y Levaerun son los mares más lejanos a nosotros, aunque no por ello sus terrores nos son desconocidos.

De todos ellos, tal vez Solasta sea el menos peligroso, aunque la volatilidad de su clima no es algo que todo el mundo pueda soportar.

Largas travesías bajo un sol tan fuerte que genera gravísimas quemaduras, espesas neblinas que impiden a los marineros ver a dónde se dirigen y lluvias torrenciales que sacuden los barcos hasta conducirlos a las rocas.

Evita mirarme a los ojos cuando responde:

—En mi isla no hay muchas esperanzas de prosperar. Tuve que arriesgarme a atravesar el mar si quería una vida mejor. Tuvimos suerte de que esta sea una de las épocas de menores incidencias.

—¿Y hacerle un favor a tu amigo para ayudarme a matar al rey es la mejor alternativa que se te ocurrió para mejorar tu vida? —digo en voz baja, para no ser escuchada por oídos curiosos.

—Al menos no tuve que cruzar Levaerun. Dicen que la niebla que baila sobre sus aguas te invita a la locura, te hace ver cosas: seres queridos que ya no están, aquello que más anhelas…

Asiento.

—Espero que de todas formas tu amigo te pague muy bien, con lo que te has arriesgado —cavilo, con la esperanza de obtener algo más.

Sin embargo, Astra no es tan ingenua como su apariencia invita a pensar. Sus enormes ojos azules contrastan en una cara y cuerpo tan pequeños, y su pelo le da una imagen inocente que puede jugar a su favor.

—A veces el dinero no lo es todo. Soy leal a la persona que me ha mandado estar aquí.

No dice nada más antes de dejarme sola en el balcón.

Dirijo de nuevo mis ojos a la escena que estaba contemplando antes, aunque ahora no hay ni rastro de todas esas mujeres.

Tan solo queda el príncipe Keir, con las manos detrás de la espalda, mirando al horizonte.

No necesito verlo de cerca para saber que es atractivo.

Bueno, si es que te gustan los hombres tan perfectos.

Sonrisa, perfil, postura y seguro que carácter impecable.

Todo perfecto. Tengo la sospecha de que no me soportaría.

Soy demasiado imprevisible, violenta e imperfecta.

Aun así, no negaré que su apariencia es lo suficientemente apetecible como para que llame mi atención.

No me importaría que sus manos me tocaran más íntimamente si no tuviera la certeza de que moriría.

Suspiro, aburrida y cansada de vivir en este cuerpo que de tantas cosas me ha privado.

Me pregunto qué será lo que le ronda la cabeza ahora mismo.

La reina no parece estar cerca, así que tan solo quedamos él y la asesina que lo observa desde el balcón.

Una pequeña parte de mí siente curiosidad por saber si lo que dice el pueblo es cierto, si el hombre que está ahí plantado con semblante sereno es el gobernante que este reino necesita, si es tan bueno como parece o solo es una máscara.

Lo cierto es que hace tiempo que dejé de creer en la gente: todos muestran su mejor cara mientras están consiguiendo lo que quieren; una vez que las cosas se tuercen, es cuando su verdadero ser sale a la luz.

Y tengo la garantía de que no suele ser algo bonito de ver.

Todos estos años viviendo y trabajando en un burdel me han hecho ver la cara más deplorable del ser humano, así que mis esperanzas no son muy grandes.

Ni siquiera yo me considero buena persona.

Tengo algo oscuro dentro, tal vez por eso se me condenó a ser como soy.

Mi más que curiosa mascota ha conseguido aventurarse al exterior, reptando hasta enredarse en la baranda.

No puedo evitar sonreír. Me pregunto cuál sería la reacción de palacio si la viesen en mis manos.

Estoy segura de que más de una de las mujeres que estaban ahí fuera tomando el té empezaría a lanzar gritos despavoridos.

La idea me parece tentadora. Tal vez debería dejarla vagar por palacio causando terror.

—¿Vienes? —Astra interrumpe mis pensamientos—. Si tienes que estar lista para las seis, será mejor que comencemos cuanto antes.

Bajo la mirada por mi cuerpo, y considero que estoy lo más presentable que he estado jamás, aunque supongo que no es suficiente para la realeza.

Dejo salir el aire de mis pulmones con cierta resignación y, antes de apartarme de la baranda de piedra, vuelvo a buscarlo a él, sin éxito.

Supongo que no soy la única que tiene cosas que hacer.

Empezando por bajar a ese salón a las seis y seducir a un rey.