CAPÍTULO 7 EL CUERVO
La curiosidad por la chica de ojos verdes está empezando a convertirse en un problema.
Veo desde la distancia la sonrisa con un ligero aire despiadado que se ha dibujado en sus labios.
Está diferente: parece más exuberante, brillante, exótica.
No se parece a la asesina que vi tan solo unas noches antes entre las sombras.
Haciendo gala de la naturaleza de mi raza, no puedo evitar sentir mayor interés por ella, ahora que parece resplandecer aún más.
No obstante, todavía siento una energía oscura emanando de la chica.
—¡Tú! ¡Pajarraco! ¡Largo de aquí!
No me explico cómo un ser con tan poca gracia e intelecto ha conseguido llegar a ser un guardia real.
Aunque no debería sorprenderme. Ya he visto a hombres tan bestias como él llegar a puestos que no se merecen.
También estoy acostumbrado a escuchar esa misma frase, una y otra vez, en diferentes lugares, de diferentes bocas.
No solo tengo la mala fama de acudir a los muertos y cebarme con sus ojos, sino que además se me relaciona con uno de los Eternos, aquellos ocho dioses que crearon todo lo que conocemos y se encargaron de dotar a los humanos con lo que ellos llaman rasgos de la personalidad.
Según el carácter, se dice que cierto Eterno te rige.
La verdad es que hace demasiado que nadie les reza ni piensa en ellos.
Umbros fue el único que fue exiliado, y al que se achacan todas las desgracias que tienen lugar.
Si eres un niño muy muy malo… posiblemente hayas nacido bajo el favor de dicho dios.
Su animal sagrado es un cuervo blanco, algo que se cree imposible de ver, por eso en las molleras del populacho se ha extendido la idea de que cualquier cuervo, sea del color que sea, es un emisario de tan temida deidad.
Lanzo un último vistazo al carruaje, preguntándome cuales son los pensamientos de la chica de ojos verdes al entrar a palacio y, aún más importante, si está dispuesta a hacer lo que se le ha encomendado. No debería interesarme tanto. Es malo.
Alzo el vuelo, no sin antes escuchar el breve intercambio de los dos hombres que salvaguardan la puerta.
—Estoy harto de estos putos bichos.
—Desde que la ciudad huele a muerte, no paran de aparecer en todos lados. Son una maldita plaga.
—No dará buena imagen a los invitados si ven un cuervo a las puertas de palacio —gruñe—. La gente todavía cree que presagian la muerte.
Y tiene razón: la gente aún cree en ello. Son incapaces de deshacerse de esa superstición. También es cierto que nosotros sentimos y estamos conectados a la muerte de una forma que desconoce de lógica.
Tal vez por eso me he posado cerca de la puerta en el momento en el que la muchacha la ha cruzado, sintiendo en mi pequeño corazón escondido bajo las costillas y el plumaje, que esos ojos verdes verán su último día dentro de palacio si no se anda con sumo cuidado.
La muerte está cerca, vigilando, y es una celosa que juega a robar cosas brillantes y hermosas a los cuervos.