CAPÍTULO 6 KASDEYA #2
Me mira por un momento, como si esperara que diga que bromeo y, cuando se da cuenta de que no es así, estalla en una carcajada. Espero pacientemente hasta que su risa muere.
—Si todo esto te preocupa, ¿por qué has accedido a hacer algo así?
Parece pensarse la respuesta.
—Le debía un favor a alguien. Un amigo.
—¿Tu amigo es la persona que me ha contratado?
No parece que esta vez vaya a conseguir una respuesta, así que decido intentar conocerla haciendo otras preguntas.
Tal vez descubra algo que me sea útil en caso de que decida traicionarme.
No debería pensar de esa manera, pero no puedo evitar hacerlo cuando solo he visto la cara fea del mundo.
En el Red Fear, el sabotaje entre compañeras no es algo inusual.
Cada encargo, cada cliente, cada hombre que acude a una de sus habitaciones supone más monedas después.
A veces alguna comodidad valiosa como sábanas nuevas que no estén roídas por los ratones o una manta más gruesa para combatir el frío.
Siendo ese mi escenario diario, no confío en la camaradería.
—¿Qué edad tienes? Pareces muy joven.
—Veintiuno, mi cumpleaños es en verano. Soy hija del sol, ¿y tú? —responde a la vez que empieza a trabajar en mi aspecto.
Usa guantes, lo que la hace actuar mucho más segura cuando perfila mis ojos con kohl o espolvorea mis mejillas.
—Este año haré veintiuno. No sé cuándo, nunca he tenido a nadie para celebrarlo. Supongo que no soy hija de nadie. Además, Shaula pagó a un curandero hace muchos años para que me examinara y estimara mi edad, así que tampoco tengo la certeza de que sea la correcta.
Me encojo de hombros y esbozo una sonrisa para disipar la expresión triste de su rostro.
—Los cumpleaños están sobrevalorados —bromea, intentando quitarle hierro al asunto.
Repaso todo su rostro, que poco a poco se ha ido relajando.
Se le forma una pequeña arruga en la frente fruto de la concentración.
Parece mucho más joven de lo que dice y el color de su pelo es de un rubio tan pálido que dudo mucho de que su familia provenga de este reino.
Aquí solo se ve pelo oscuro y tez tostada por el sol.
—¿Pasha y tú sois del mismo sitio?
—Así es.
—¿Y de qué reino se trata?
Levanta la mirada de lo que está haciendo, me mira unos segundos y vuelve a la tarea. No lo hace porque realmente le corra prisa, sino porque sabe que si responde mirándome a los ojos podré ver cualquier atisbo de duda o mentira.
—No creo que lo conozcas, está muy lejos de aquí.
—Se supone que debo confiar en que no me traicionarás cuando las cosas se pongan difíciles o que al menos serás de utilidad y no un inconveniente. —Inclino el rostro—. ¿Cómo quieres que lo haga cuando no puedes responderme algo tan simple como el nombre del reino del que vienes?
—Puedes confiar en mí. Tenemos el mismo objetivo. Es lo único que tienes que saber de mí. No te causaré problemas, podrás contar conmigo para lo que sea que necesites una vez estemos ahí dentro.
—¿Y cuál es el objetivo que tenemos en común, Astra?
—Acabar con los Blackburn.
—¿Los? —dejo salir un sonido a medio camino entre la risa y la incredulidad—. No, solo vamos a matar al rey.
—La muerte del rey Deimos causará un daño irreparable a toda su estirpe, créeme.
Por un breve instante algo parecido al odio se cuela en su voz y no puedo evitar preguntarme qué más me está ocultando.
¿Qué le ha hecho la familia real a esta chica para que esté dispuesta a arriesgar su vida con tal de verlos caer?
Sé que ha dicho que se trata de un favor a un amigo misterioso.
Dicho amigo hace que desconfíe de ella; no llevo bien el secretismo.
Por ahora lo dejo estar y doy por zanjada la conversación.
Ella también se da cuenta, así que prosigue pasando los dedos por mi pelo, extendiendo mis rizos por encima de mis pechos y, sin previo aviso, me rocía con un polvo dorado.
—¿Qué es eso? —pregunto sacudiendo la mano delante de mi rostro.
—Es polvo de Fénix, dicen que atrae a los hombres.
Resisto la tentación de poner los ojos en blanco.
Así que ella es de las que creen en todos esos cuentos.
Los Eternos y todo lo que les rodea, incluidos sus criaturas sagradas, son algo en lo que la mayoría de la gente dejó de creer, incluso muchos olvidaron los nombres que recibían esas deidades.
Sin embargo, últimamente el culto parece haber renacido.
Supongo que en tiempos de miedo e incertidumbre no se puede evitar recurrir a la religión.
Personalmente encuentro difícil creer en todo eso cuando solo he conocido desgracias hasta la fecha.
Si esos dioses existen, deben odiarnos. En cambio, la idea de la magia, las maldiciones, las pociones y las brujas está mucho más aceptada.
Supongo que en ese tipo de cosas sí debería creer, teniendo en cuenta la abominación que circula por mis venas.
—¿Podrías…? —dice señalando la parte que cubre la parte inferior de mi rostro.
La miro fijamente a los ojos a la vez que me deshago de aquello de lo que no he prescindido en todos estos años. Es de las pocas personas —vivas— que ha visto mi rostro completo.
—Eres preciosa.
—Gracias.
—Dudo de que haya hombre que se resista a ti.
—No es la bendición que te imaginas.
—Tranquila, no tengo interés alguno en que un hombre me encuentre atractiva. —Arqueo una ceja esperando a que desarrolle más—. He visto lo que el amor les hace a las mujeres y no es algo que quiera vivir. No quiero ser estúpida.
Astra tiene más garra de lo que pensaba. Tal vez me he equivocado al suponer que es una muchacha asustadiza.
Cubre mis labios con carmín y observa su trabajo, orgullosa, una vez que termina. Me tiende un espejo para que pueda verme.
—Las condiciones no son las ideales, el traqueteo del camino… —comienza a decir.
Dejo de escucharla en el momento en que veo mi reflejo.
Ha conseguido realzar los rasgos de mi rostro de tal forma que incluso a mí me cuesta dejar de mirarme.
Nunca me he visto así, y pensar que no habrá nada que impida que vean mi rostro completo me produce algo de nervios.
Sin embargo, intento disimularlo. Pestañeo un par de veces y le devuelvo el pequeño espejo.
—¿Te gusta?
—Sí.
Pero una palabra no es capaz de expresar la gran impresión que es ver mis ojos con una mirada tan felina, mi piel resplandeciente, mis labios gruesos y cautivadores, y los ángulos de mi rostro mucho más marcados.
Aun así, mi respuesta para ella es suficiente, puesto que disimula una pequeña sonrisa y se recoloca en su asiento, muy satisfecha consigo misma.
La imito, mirando por la ventana cómo vamos ascendiendo el camino hacia palacio.
Los mercaderes y ciudadanos de Zargos se hacen a un lado con miradas curiosas, preguntándose quién se ocultará en el interior.
Posiblemente lleven horas y horas viendo la misma escena.
A pesar de ser considerada una de las mejores zonas de la ciudad, la pobreza no diferencia y ha conseguido hacerse con estas calles también.
Puedo ver pequeños reflejos de callejones encharcados, con basura y verduras pudriéndose en el suelo.
Hay niños con ropa raída jugando a patear cáscaras de fruta, aunque no es eso lo que más llama mi atención.
Algo más alejado de ellos, hay un pequeño niño que los observa y, como si supiese que lo estoy mirando, levanta los ojos hacia el carruaje.
Su rostro tiene unas pequeñas manchas negras en la mejilla, pero son sus ojos lo que más me perturba.
El blanco ha desaparecido casi por completo dando paso a un tono rojizo que augura un final próximo.
La Nectumbra.
Retrocedo, impresionada por la imagen, y Astra cierra entonces la cortina.
Apartamos la mirada del horror. Ninguna dice nada lo que queda de ascenso.
Como si callar hiciese menos real lo que está sucediendo ahí afuera.
Nos detenemos abruptamente en el sendero empinado y la voz grave de los guardias llega hasta el interior. Logro distinguir a Pasha.
—La señorita Kasdeya Vikena, hija del duque del sur de Lendorr, Emris Vikena.
Las pisadas de uno de los guardias resuenan con fuerza por el camino empedrado y, sin previo aviso, abre la puerta, echando un vistazo al interior.
Desliza sus ojos por mi cuerpo y no me gusta en absoluto la forma en que lo hace.
Es repugnante y sucio. Contengo el aliento, pero por suerte su escrutinio no dura demasiado y cierra la puerta con fuerza.
Astra me mira mientras escuchamos con atención lo que sea que sucede fuera.
Afortunadamente, no tardamos en volver a ponernos en marcha.
Aparto la cortina solo un par de centímetros y compruebo que estamos atravesando la entrada del castillo.
Sin darme cuenta dibujo una sonrisa.
Estoy dentro, un paso más cerca de cumplir mi cometido. Engañar y seducir a un rey y con ello convertirme en la traidora del reino.