La doncella del veneno CAPÍTULO 5 KASDEYA #2
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CAPÍTULO 5 KASDEYA #2

La música llega amortiguada por la puerta y sé que es el momento de que tenga una conversación incómoda con la pequeña Bryn.

Me pongo los guantes hasta debajo del codo y me cubro, como ya es costumbre.

Me dirijo a la habitación de la niña, que está en una de las zonas menos transitadas y donde el ruido de la música llega con menos fuerza.

Supongo que Shaula puede ser considerada a veces.

En el camino tengo que ver la crudeza de este sitio.

Hombres manoseando sin permiso a las camareras, intentando meter las manos debajo de sus faldas mientras en su regazo tienen a una pobre muchacha recibiendo la atención de sus labios.

Una de ellas gime de dolor cuando los dientes amarillentos de un borracho muerden su pezón.

Desde otro rincón me llegan los sonidos de la carne golpeando con fuerza.

El señor apenas puede verse los pies por culpa de su barriga cervecera.

Sujeta con fuerza el cabello de una de mis compañeras a la vez que la penetra por detrás con fuerza.

Puedo ver en la expresión de ella cómo cuenta los minutos para que acabe la tortura.

Si tiene suerte acabará pronto, aunque el efecto del alcohol hace que esos desgraciados duren más de lo deseado por todas.

Un escalofrío me recorre el cuerpo y me encojo de hombros para intentar eliminar esa sensación.

Sigo caminando y llamo a la puerta de Bryn.

En cuestión de segundos, la pequeña abre dando pequeños saltitos cargados de emoción.

Sabe por qué estoy aquí, así que no se anda con rodeos y se sienta en su cama.

El lugar es pequeño y tiene exactamente los mismos muebles austeros que el resto.

El libro que quiere escuchar esta noche está colocado en la mesita de noche.

Lo agarro y me siento en el suelo, con la espalda apoyada contra la cama.

Al abrir las solapas, veo grandes imágenes con pocas palabras a su alrededor.

Soy consciente de que ella sabe de mis dificultades: es una niña muy inteligente, y seguro que también sabe que cada vez que le leo antes de dormir, realmente me invento las historias que hay dentro del libro.

Así que hago precisamente eso: comienzo a inventar una historia que va acorde a los dibujos de las páginas.

Se hace un silencio solemne en la habitación, donde solo se escucha mi voz.

—¿Es cierto? ¿Te vas? —me interrumpe.

Sus palabras flotan en el aire. Miro las letras escritas en el libro, pensando en qué puedo contarle a una niña cuya inocencia quiero conservar. Estoy segura de que sabe mucho más de lo que parece y ojalá no fuese así.

—Solo serán unas semanas. —Giro el cuello para mirarla. Ella está tumbada, con las sábanas debajo de la barbilla—. Pero volveré.

—¿Por qué tienes que irte?

—Tengo que hacer una tarea que me ha encargado Shaula.

—No me gusta. —Frunce en los labios un puchero—. Tuve una pesadilla.

—¿Una pesadilla? —pregunto curiosa y ella asiente—. ¿Y qué pasa en tu pesadilla?

—Nunca volvías. Te quemaban en la hoguera, te acusaban de traidora.

En el fondo de mi garganta se asienta un regusto amargo que tengo que tragar con fuerza. Me obligo a dibujar una sonrisa, aunque ella no pueda verla. Espero que mis ojos le transmitan una calma fingida.

—Solo es una pesadilla. —Me levanto del suelo, sacudiéndome la ropa—. Noelle estará aquí, acude a ella siempre que necesites algo, ¿de acuerdo? —Vuelve a asentir, aunque puedo ver el brillo de lágrimas sin derramar en sus ojos—. Te traeré un regalo bonito, ¿qué te parece?

—¿Un regalo bonito?

—¿Qué te gustaría? ¿Un vestido, unos zapatos, un libro…?

En cuanto las palabras salen de mi boca sé que he cometido un error.

—¿Crees que podría tener un vestido?

La forma en que lo dice hace que se me encoja el corazón dentro del pecho.

Debería ser una injusticia que una niña tan dulce y bonita como Bryn nunca haya conocido lo que es llevar ropas que no estén roídas o desgastadas.

Sin embargo, sé que vestirla con ropas bonitas podría llamar la atención de hombres perturbados, con desviaciones del pensamiento, gustos extraños que Shaula podría querer satisfacer.

No puedo permitirlo. Bryn no le es de utilidad por el momento, no como lo fui yo.

Shaula, al enterarse de las habilidades de mi sangre, comerció con ella.

La vendía a mujeres lo suficientemente desesperadas por deshacerse de un marido violento para dar todo lo que tenían o mercaderes que no podían esperar para hacerse con un nuevo veneno letal.

Tal vez a la dueña del Red Fear se le acabe la paciencia un día de estos y decida que ya es hora de que la niña le reporte algún beneficio más que el chantaje.

El instinto protector junto a la forma en que sus ojos se iluminan ante la posibilidad de tener un vestido hacen que alarge la mano enguantada y le aparte un rizo de la frente.

Ambas contenemos la respiración, sabiendo lo extraño que es este gesto en mí.

La sorpresa se disipa de su rostro dando paso a una sonrisa amplia.

Aparto la mano, escrutando su cara en busca de alguna señal que me indique que he cometido un grave error; sin embargo, no ocurre nada.

—¿Me prometes que volverás?

—¿Qué os pasa a todas con las promesas hoy? —musito en voz baja. Respiro profundamente antes de asentir—. Te lo prometo.

Los dioses podrían castigarme por la cantidad de veces que prometo cosas que luego resultan no ser ciertas.

—¿Te esperas a que me duerma para irte? Por favor, por favor…

No soy capaz de negarme. Me siento en el borde del camastro y tarareo la melodía que desde pequeña la ha ayudado a dormir.

Solo Bryn y Noelle me han escuchado cantar y, aunque ambas me han alabado por ello, lo considero un talento inútil.

Si Shaula fuese consciente de que también tengo esta habilidad, estoy segura de que me obligaría a usarla sobre el escenario hasta que me sangraran las cuerdas vocales.

Es por eso que lo mantengo oculto. No me haría ningún favor que se supiera.

Sigo concentrada en la tarea, tarareo la melodía una y otra vez, echando algún que otro vistazo por el rabillo del ojo a la pequeña.

No puede luchar contra el sueño por mucho que quiera.

Sé que quiere permanecer despierta un poco más con la esperanza de que me quede a su lado.

No obstante, cuando ya he tarareado la misma canción cinco veces, sus ojos se cierran.

Me aseguro de que las sábanas la tapen por completo y apago la vela al lado de su cama.

Me dirijo a la puerta, echando un último vistazo a su figura encogida en las mantas.

Cierro la puerta a mis espaldas, apoyándome contra ella para respirar profundo.

Tampoco me concedo demasiado tiempo y vuelvo a mi habitación para encontrar tendido sobre la cama el vestido más delicado y sin duda lujoso que mis dedos han tocado jamás.

Tardo más de lo esperado en vestirme; es obvio que este vestido está diseñado para ponérselo con ayuda de alguien.

A pesar de que ahora mi aspecto se parece más al de una dama delicada, no puedo evitar deslizar un puñal bajo las faldas, asegurándome de que está bien sujeto en la liga que llevo en el muslo.

También me cubro con el velo; aún no estoy lista para mostrarme sin él.

Observo mi reflejo y me prohíbo maravillarme demasiado por la bonita prenda.

Solo soy un lobo que se ha vestido de cordero.

Cierro los ojos, aprieto los puños y pongo rumbo al despacho de Shaula.