CAPÍTULO 5 KASDEYA
Se dice que el rey Deimos tiene tres grandes defectos.
El primero, su debilidad por las cosas bonitas.
El segundo, su incontrolable miedo a la muerte.
Y el último de ellos, su nula capacidad para luchar, lo que lo ha convertido a ojos de todo el reino en el rey más cobarde de todos los tiempos.
Su reinado peligra desde hace tiempo, no solo por el ritmo al que la población enferma, sino por la escasez de alimentos y el sentimiento generalizado de inseguridad ante lo que parece una guerra inevitable que su rey no librará.
No, mandará a su pueblo desnutrido a batallar mientras él aguarda noticias desde la comodidad del castillo.
Resguardado, alimentado, seguro. En las plegarias de cada noche se encuentra el deseo de que su hijo Keir Blackburn lo suceda pronto.
Alguien que parece preocuparse de verdad por su pueblo y que tiene un espíritu guerrero.
Al menos eso es lo que he escuchado decir a los borrachos cuando el alcohol los vuelve imprudentes.
Supongo que ese es mi consuelo, pensar que estoy librando al pueblo de un rey inepto y que con su muerte ascenderá al trono alguien más capaz.
Aun así, no consigo convencerme del todo de que matarlo vaya a resultarme fácil, y mucho menos creerme que Shaula quiera que lo haga por motivos altruistas.
Volviendo a los defectos del rey, su pasión por las cosas bonitas y su aversión a la muerte lo han hecho una persona desconfiada que no puede evitar tener miedo de todo el mundo.
Incluidas las mujeres, a las que no puede evitar codiciar.
A pesar de los rumores que hablan de grandes fiestas que Deimos utiliza como pretexto para elegir mujeres hermosas con las que acostarse, hay quienes dicen que eso no es verdad o que, en caso de elegirlas, pocas son las que sobreviven.
Un mal gesto, una acción extraña a sus ojos, y el rey pensará que quieres acabar con su vida.
Su cobardía lo hace peligroso. Por lo que mi tarea no solo es captar su atención, sino sobrevivir hasta que pueda matarlo sin levantar sospechas.
De cómo salir indemne del castillo es algo de lo que tendré que preocuparme más tarde.
Con las piernas cruzadas sobre el fino colchón de mi habitación, consumo las últimas horas que me quedan aquí estudiando y recitando en voz alta todos los datos que me han suministrado.
Debo reconocer que me ha llevado horas descifrar todo lo que viene aquí escrito.
Desde el momento en que ponga un pie dentro del castillo, dejaré de ser una muchacha cuya identidad consiste solo en su nombre y tendré que adaptarme a usar un apellido tan importante como el de un duque.
La familia Vikena, una creación de quien sea que me ha contratado, se dedica a la defensa y administración de un ducado de un tamaño más que considerable, al sur de Lendorr, uno de los reinos que se encuentran al cruzar el mar Isernia.
Está lo bastante lejos como para que nadie se vaya a atrever a ir a comprobar que lo que se dice es cierto, al menos no antes de que cumpla con mi cometido.
Tocan a la puerta y cierro la carpeta de cuero de un golpe.
Me pongo los guantes y me aseguro de llevar la boca cubierta antes de abrir.
Al hacerlo, me encuentro con los ojos negros como pozos sin fondo de Noelle.
Lleva la larga melena oscura recogida en una trenza y, aunque el malestar por el veneno ha desaparecido, los golpes de su cara parecen haber ennegrecido aún más.
—¿Es cierto?
Por primera vez en todos estos años, hace ademán de querer entrar al interior de mi habitación y, poco acostumbrada a que esto suceda, respondo interponiéndome en su camino.
—¿Puedo pasar?
Tardo en reaccionar hasta que asiento con torpeza, haciéndome a un lado.
Entra sin disimular su curiosidad, moviendo la cabeza de un lado a otro, reparando en cada pequeño detalle.
Supongo que debe resultarle un poco decepcionante comprobar que mi habitación está casi tan desnuda como cuando me la asignaron.
No es que tenga mucho con lo que decorarla, salvo algunos dibujos que Bryn me ha dado a lo largo de los años y que cuelgan precariamente de las puertas de mi armario.
—¿El qué es cierto? —pregunto cuando veo que ella no va a hablar.
—¿Te marchas?
Me apoyo contra la puerta, guardando las distancias.
—Solo durante un tiempo, lo que me lleve completar el encargo.
—¿Cuánto tiempo?
—Un par de semanas.
En cuanto la dejo salir, la mentira sabe a ceniza en mi boca. Sé bien que esto me llevará mucho más tiempo del que quiero y espero. Clava sus ojos en mí mientras se mordisquea el labio, pensando en qué decir.
—¿Se lo dirás a Bryn? —Al ver la mueca en mi rostro, agrega—: Ya sabes cómo es contigo: si te marchas sin dar explicaciones, se preocupará. No puedo inventar excusas durante tanto tiempo. La niña no es tonta.
Sé que tiene razón; no obstante, nunca se me han dado bien las despedidas.
—Hablaré con ella esta noche.
Afirma con la cabeza, en señal de apoyo, y se deja caer sobre mi cama.
Por un momento mi corazón parece pararse, preso del miedo a que estar tan cerca de mi sitio de descanso la ponga en peligro.
Tal vez las sábanas estén contaminadas con mi sudor…
Debe notar la tensión que invade mi cuerpo, pues deja descansar las manos sobre su regazo para asegurarse de que no rocen nada.
—¿Será peligroso?
—¿Qué es lo que sabes?
—Nada. —Y por su cara puedo adivinar que no le hace gracia no saber—. Shaula no ha querido contarme absolutamente nada. Solo que tendré que doblar turnos para cubrir tu ausencia.
—¿Has hablado con ella? Pensaba que querrías evitarla durante un tiempo.
Pone los ojos en blanco.
—Sabía perfectamente los riesgos de este sitio desde el momento en que puse un pie dentro. Lo que me ha ocurrido no es nada que no hayan sufrido las demás.
—No debería ser así.
—Entonces no debería ser prostituta, pero no es tan sencillo, ¿verdad?
Fuera de aquí no tenemos a nadie. Las calles no son gentiles con las mujeres que están solas y mucho menos con nuestra fama.
Estamos atrapadas. Solo tenemos nuestro cuerpo.
Al menos sé que aquí habrá alguien interesado en cobrar el pago por usar mi cuerpo y ganaré unas monedas.
—¿Y qué crees que conseguirás con esa limosna?
—No lo sé, supongo que lo mismo que esperas tú —suspira—. Dime Kas, ¿de qué va todo esto?
—Si Shaula no te lo ha contado es porque te conviene no saberlo.
—Al menos dime si debo preocuparme.
Aunque ella no pueda verlo por culpa del velo que cubre mis labios, dibujo una sonrisa casi imperceptible, tan solo un pequeño tirón en las comisuras que borro rápidamente.
Me recuerdo a mí misma que no tengo que encariñarme con nadie; que alguien cree lazos conmigo es peligroso.
Zia, la última persona a la que consideré mi amiga, ya no respira. Siento picor en la palma de la mano.
—Siempre que salimos de estas paredes debemos preocuparnos.
A veces incluso estando entre ellas.
Suspira y sacude la cabeza.
—No entiendo por qué has aceptado ponerte en esta situación, Kas. Tengo un mal presentimiento.
—Si no lo hacía yo, tendría que hacerlo otra.
Sabe que tengo razón. Si Shaula está decidida a aceptar un encargo, no parará hasta que se complete.
Solo espero que el desenlace de este no sea nefasto.
Detrás de la puerta de mi cuarto empieza a escucharse el ajetreo de todas las chicas preparándose para la noche, y esa parece ser la señal de Noelle para levantarse.
Me alejo de la puerta, dejando un par de metros de distancia entre nosotras, aunque en una habitación que no se puede considerar espaciosa es complicado.
Se detiene al aferrar el pomo de la puerta y me mira.
—Vuelve, ¿me oyes? No llevo aguantándote todos estos años para que ahora te mueras.
Aprieto los labios para contener una carcajada.
—¿Esa es tu manera de decirme que no quieres que me pase nada?
Clava aún más sus ojos oscuros en mí y sus mejillas se tiñen de un ligero tono rojo.
—¡Claro que no quiero que te suceda nada, idiota! Tal vez la amistad sea un término que desconoces, pero yo te considero mi amiga. Así que no hagas ninguna tontería y vuelve sana y salva.
No deja de mirarme hasta que asiento con la cabeza, como si necesitara una promesa por mi parte para poder marcharse.
Cuando lo hace, me quedo en silencio, dándole vueltas a sus palabras.
A pesar de no desearlo, ella es la persona más cercana a mí aquí dentro.
Nuestras circunstancias son diferentes y extrañas, a lo mejor nunca nos hubiésemos cruzado y mucho menos soportado si no hubiésemos acabado en un sitio como este, donde la oscuridad aguarda en cada esquina y las posibilidades de que una de estas noches sea la última en la tierra son altas.
Cada vez que una de nosotras se arriesga a llevar a cabo uno de los encargos de Shaula existe la posibilidad de no volver.
Aguardo a que caiga la noche, repasando toda la información que tengo en mi poder y practicando delante del espejo agrietado cómo actuar.
Hago reverencias, esperando que estas queden como lo haría la hija de un duque, me deshago de mi velo y me hago a la idea de que a partir de mañana no podré usarlo.
Me siento desnuda después de tantos años escudándome tras él.
Siempre ha sido un modo de protección. Mi aliento no es mortal, pero unas motas de mi saliva pueden generar heridas.
Un beso podría llevar a la muerte. No me hago a la idea de que la gente vea mi rostro: a pesar de que para algún encargo anterior he tenido que deshacerme del velo, estar tanto tiempo sin él me hace sentir vulnerable.