La doncella del veneno CAPÍTULO 4 KASDEYA #3
9%

CAPÍTULO 4 KASDEYA #3

La sensación que lleva rato incomodándome en el estómago se intensifica.

Sabía que algo no iba bien, aunque me imaginaba algo muy distinto.

A cada segundo y palabra que sale de su boca, me doy cuenta de que esto no va por buen camino.

Por un momento me planteo levantarme y marcharme sin mirar atrás, y ella parece notarlo también.

En el fondo ambas sabemos que no lo haré.

No sirvo para nada que no sea esto; no hay un lugar para mí más allá de estas paredes.

—¿De quién se trata?

Sus labios se estiran en una sonrisa siniestra en forma de guadaña.

Haciendo gala una vez más de esa fea manía suya, no responde de inmediato, dejando que me carcoman por dentro las dudas y las teorías.

Cada una de ellas más peligrosa de la anterior, aunque supongo que ninguna de ellas podría ser tan loca como la verdad.

—El rey. —Las palabras quedan suspendidas en el aire durante unos segundos—.

Tendrás que ganarte su atención. —Desliza lo que antes he supuesto que era una invitación hasta mis manos—.

La persona que te ha contratado se ha encargado de prepararte una vía de entrada.

El rey Deimos es famoso por usar sus festividades para encontrar nuevas amantes.

—¿Y crees que me elegirá a mí? —Arqueo una ceja—. Si tengo que actuar como una señorita, no podré usar ninguno de mis juegos sucios.

—Tu juego sucio es aparentar ser lo que ellos quieren que seas con el propósito de conseguir lo que deseas.

No lo olvides. Tendrás más de una noche para lograrlo.

Durante las próximas semanas, el rey recibirá en su castillo a muchachas de alta alcurnia.

Se rumorea que está buscando una esposa para su hijo.

—¿Y si considera que soy más apta para su hijo que como amante?

—No dejarás que eso ocurra, ¿verdad? —Demostrando que no me tiene miedo, alarga la mano por encima de la mesa y clava sus dedos en mi barbilla.

Me cubre la piel el tejido del velo, pero aun así es lo más cerca que nadie se ha atrevido a estar de mí jamás, a excepción de los pobres desgraciados que encuentran su final en mis manos—.

Llevas más de la mitad de tu vida entre las paredes del Red Fear, tienes todas las herramientas para hacer que cualquier hombre se rinda a tus encantos. No hagas que me avergüence, niña.

—¿Y qué pasa con mi procedencia? No soy de alta alcurnia. ¿No crees que se darán cuenta?

—Está todo pensado. —Mueve mi rostro de un lado a otro, examinando mis rasgos—. Nuestro cliente se ha encargado de inventarse una vida para ti. Eres la hija de un duque al otro lado del mar Isernia. Tu aspecto exótico hará más creíble tu fachada.

Sé lo que ella está viendo. Mis ojos verdes con motas doradas son como dos faros que llaman la atención de todos los hombres.

Mi tez tostada hace juego con el color chocolate de mis rizos, y la voluptuosidad de mis labios los convierte en una tentación.

A veces me pregunto si fui creada por algún dios cruel que me otorgó mi llamativo aspecto para distraer a todo el mundo del veneno que circula por mis venas.

—¿Y si me niego?

No puedo ignorar los riesgos. Pese a que a veces actúo como una imprudente, adicta al peligro y sedienta de impartir un castigo que la justicia no quiere dictar, este encargo es peligroso.

Posiblemente lo más grande a lo que me he enfrentado jamás.

Esta vez no se trata de un borracho o un mercader conocido por sobrepasarse en los burdeles.

Esta vez se trata de la principal autoridad de Argevin, un hombre que podría acabar con mi vida con una sola palabra, y no sé si podría impedirlo.

—Entonces alguna de tus compañeras tendrá que ocupar tu lugar.

—Es un suicidio. —Niego con la cabeza—. ¿Por qué involucrarnos en algo así? Es el rey, Shaula.

—Un rey que está matando Argevin poco a poco con su debilidad. —Alza el mentón, muy orgullosa de sus palabras—. No es capaz de detener la Nectumbra y planea invitar al enemigo a nuestras tierras para que tenga más fácil expandir su enfermedad.

La Nectumbra.

Una enfermedad que tampoco tiene explicación, más rodeada de mitos que de ciencia.

La gente dice que es la maldición del rey del país vecino, Andras Berengar, quien no puede evitar extender la enfermedad hacia su pueblo cada vez que sus emociones lo dominan.

No hay nada que lo demuestre, solo las habladurías de un pueblo asustado y los testimonios de aquellos viajeros que pasan por aquí buscando refugio.

Cierto o no, nadie quiere cruzarse con él, ni poner un pie en sus tierras por miedo a correr un final tan trágico.

La Nectumbra te pudre desde dentro. Al principio es indoloro y se puede confundir con otras enfermedades.

Una mancha aparece en tu piel, y en cuestión de días el hedor de la podredumbre se adhiere a ti como la ropa mojada.

Los menos afortunados, aquellos que llegan hasta las últimas etapas de la enfermedad, no pueden evitar convulsionar por una tos sanguinolenta que se los lleva en poco tiempo.

Todavía no se sabe de nadie que haya sobrevivido, y la cura es algo con lo que solo los más soñadores se atreven a fantasear.

Los casos se expanden cada vez más deprisa por nuestro reino.

Todos viven con miedo a que cualquiera porte la enfermedad sin saberlo y acabe con una familia entera.

No es que eso haya afectado a las ganancias del Red Fear, aunque supongo que ni siquiera Shaula es inmune al miedo a la muerte.

—Sigue sin parecerme una buena idea ni un motivo válido para arriesgarnos así.

—No te contratan para pensar, lo hacen para que mates. Y eso es exactamente lo que quiero que hagas.

—Eres…

—¿Cruel? ¿Insensible? —Se encoge de hombros—. Tal vez. Que tú parezcas inmune a las enfermedades no significa que el resto no podamos caer víctimas de la Nectumbra. ¿Qué pasará si una de las próximas en enfermar es Bryn?

Utiliza a la niña contra mí porque sabe que es el único punto débil que me he permitido tener en mucho tiempo.

Hasta ahora he desechado los sentimientos que me han debilitado.

Aquello que no me hace más fuerte, hay que matarlo.

En cuanto a mi incapacidad para enfermar, no es algo demostrado, solo una observación a lo largo de los años.

No sé lo que se siente al tener fiebre o pillar un resfriado y, aunque me encantaría atribuirlo a mi buena salud, no estoy segura de ello.

—Exijo una parte mayor del pago.

Me estudia, parece estar pensando en mi petición.

—Si el cliente acaba satisfecho con tu trabajo, lo tendré en consideración.

—No me vale que lo tengas en consideración. Voy a arriesgar mi vida como nunca antes, quiero que eso se vea reflejado en mi pago.

Se produce un silencio que parece durar horas cuando solo son un par de minutos. Chasquea la lengua.

—Está bien.

—¿Cuánto tiempo tengo antes de partir?

—La recepción de invitados será dentro de dos días, te marchas mañana por la noche.

—Entonces solo tengo que llamar la atención del rey.

—Te convertirás en su amante.

—Y luego lo mataré. —Dejo salir el aire retenido en mis pulmones antes de levantarme—. No parece difícil.

La arrogancia en mi voz no es capaz de engañar a ninguna de las dos. Ambas sabemos que no será una tarea sencilla, que el riesgo de fracasar es alto y que, aunque mi sangre, mi saliva y cualquier fluido que provenga de mi cuerpo sean letales, puedo morir como cualquier humano.

Me levanto del asiento, y me dirijo hacia la salida, pero me detengo ante la imposibilidad de guardarme lo que lleva un rato carcomiéndome las entrañas.

—Atacaron a Noelle.

—Me lo hicieron saber los hombres que se encargaron de deshacerse del cadáver.

—Deberías proteger mejor a tus chicas. Al fin y al cabo, somos las que te llenamos los bolsillos.

—No ha sido para tanto. Noelle se encargó de él y gracias a ella he perdido un cliente. Uno bastante generoso en sus pagos.

—¿La has visto? Está llena de golpes y es obvio que no está lista para salir esta noche a trabajar.

—A los hombres les gusta ver el resultado de su furia reflejado en vuestras pieles, querida. Solo oigo cosas positivas salir de tus labios.

Levanta la mano y me despide con un gesto de esta indicando que esta conversación ha terminado. Al darme la vuelta, veo sobre el alféizar de la ventana un pájaro. No cualquier pájaro.

Un cuervo.

Y por la forma en que me mira, juraría que me está vigilando.