CAPÍTULO 4 KASDEYA
Por la mañana, siento todos los músculos de mi cuerpo algo doloridos y solo pensar en el baño frío que me espera hace que me duelan más.
El agua caliente es un lujo que Shaula no parece estar dispuesta a darnos y, aun así, espera que siempre estemos impolutas para sus clientes.
Lo más seguro es que el resto esté haciendo lo mismo que yo en la sala de baño común, preparándose para un nuevo día trabajando en el Red Fear.
No obstante, yo jamás podré compartir un momento así con ellas.
El riesgo es demasiado alto. Mi sudor, mi saliva y mi sangre pueden ser letales.
Cualquiera de mis fluidos corporales es un veneno para el cual no hay antídoto.
En bajas cantidades la intoxicación puede que no te lleve a la muerte, pero la diferencia entre un mal día y perder la vida es demasiado pequeña como para arriesgarse.
Es algo que he aprendido a base de errores; algunos de ellos penderán sobre mi cabeza hasta el último de mis días.
Me conformo con disfrutar de esto en la soledad de mi habitación.
Mojo la esponja y la paso por mis brazos, frotando con fuerza para eliminar cualquier rastro que haya quedado de anoche.
Lo que sea con tal de distraerme de los pensamientos que me sacuden desde mi encuentro con el desconocido.
¿Quién diablos es? ¿Cómo fui tan imprudente de no darme cuenta de que estaba ahí observando todo lo que hacía? Y lo más importante, ¿por qué mis lágrimas y mi sangre no le hicieron nada? Los efectos suelen ser inmediatos y él no parecía ni remotamente afectado. Eso me perturba.
Me seco y me visto con mi ropa habitual.
Llevo guantes largos que cubren gran parte de mis brazos y una pequeña máscara que tapa la parte inferior de mi rostro para proteger al resto de mí.
Escucho los pasos emocionados de alguien tras mi puerta.
Juraría que está dando pequeños saltitos y eso solo puede significar que Bryn ya ha despertado.
Echo un último vistazo a mi reflejo, asegurándome de que no haya nada que delate los actos que cometí anoche.
La pequeña no es completamente ajena de los horrores que se producen aquí dentro, pero me gustaría que sus ojos inocentes me siguiesen viendo como hasta ahora.
Algo que resulta difícil cuando en las sombras te conocen como la más letal de las doncellas del veneno, aunque pocos saben el porqué.
Abro la puerta, chocando de lleno con esos ojos avellana y rizos pelirrojos de Bryn.
Siempre que la miro, el recuerdo de su madre me golpea con fuerza en el pecho y tardo unos segundos en recobrarme.
Zia es una herida que aún no ha cicatrizado del todo, el constante recordatorio de que los actos tienen consecuencias, de que la impulsividad y la ingenuidad de la adolescencia tienen un alto precio.
Por acto reflejo, acaricio la cicatriz que recorre la palma de mi mano.
—¿No deberías estar en tus lecciones con Shaula?
Niega con la cabeza a la vez que dibuja una de sus sonrisas traviesas. No le sorprende en absoluto que sea tan directa, ya se ha acostumbrado a mi forma de ser, normalmente poco cariñosa.
—¿Vas a decirme qué ha ocurrido para que hayas quedado libre de tus obligaciones?
Con las manos detrás de la espalda da una vuelta sobre sí misma.
—Shaula me ha dicho que tenía una reunión importante. Y las demás están ocupadas con…
No necesito que acabe la frase para saber qué están haciendo las demás.
Normalmente por las mañanas se someten al ritual del envenenamiento.
Aunque se nos conoce como las doncellas del veneno, soy la única letal por naturaleza.
Cuando Shaula me permitió vivir aquí y descubrió lo que soy capaz de hacer, pensó que era una gran oportunidad de negocio.
Obligó a sus trabajadoras más hermosas y solicitadas a inyectarse cantidades pequeñas de veneno en el organismo para hacerlas inmunes y que pudieran usar potentes toxinas para matar a sus víctimas cuando los encargos eran de sumas demasiado altas para resistirse.
Cada vez las seleccionaba más jóvenes, ya que la probabilidad de éxito era mayor.
Muchas perecen en las primeras sesiones exponiéndose a venenos tan letales.
Se habla de nosotras como mitos alrededor de la hoguera, un ser más digno de cuentos infantiles, donde la hipérbole ha llevado a decir que nuestro simple contacto es letal.
No obstante, no es cierto, o no lo era hasta que yo nací.
Necesito algo más que un simple roce con mi piel para ser mortífera, pero requiero mucho menos contacto que mis compañeras para matar.
De ahí que sea uno de los secretos mejor guardados de estas mujeres, el arma secreta, la asesina más codiciada.
A los ojos del mundo somos simples prostitutas, diseñadas para complacer y divertir al hombre, pero en realidad somos la serpiente que se esconde bajo la maleza esperando el momento adecuado para inyectarte su veneno.
—Está bien, vayamos a coger algo de comida antes de que sea demasiado tarde.
No discute conmigo y me sigue como siempre.
Extiendo el brazo para que Kora, mi mascota, se enrolle en él antes de salir de la habitación y poner rumbo a la cocina.
No entiendo qué la ha llevado a elegirme a mí de entre todas estas mujeres para que quiera estar siempre pululando a mi alrededor.
No soy especialmente cariñosa, tal vez por mis limitaciones, y tampoco soy de las que hablan demasiado.
Solo sé que desde que aprendió a caminar me sigue como si fuese mi propia sombra.
No me desagrada, sino que me hace sentir menos sola en una existencia bastante solitaria.
Es lo que pasa cuando aterras a todo el mundo.
No obstante, cargo con un sentimiento de culpa que todavía no he sido capaz de confesarle.
Cuando llegamos vemos que la cocina está desierta salvo por un plato tapado sobre la encimera.
Mi estómago ruge recordándome que llevo horas sin comer.
Engancho mi pie en un taburete y lo arrastro hasta estar a la altura de la barra.
Bryn me imita y la veo luchar un poco para subir.
Extiendo mi mano enguantada, con cierto recelo, pero ella no duda en aceptar mi ayuda.
—Anoche no viniste a leerme.
Bajo el velo que cubre mis labios para llevarme una uva a la boca.
La fruta estalla y rocía mi lengua con su sabor dulce.
Repito el proceso una y otra vez con cuidado de no proyectar nada de mi saliva.
Por sí sola puede no resultar mortal, pero sí generar pequeñas quemaduras que nadie tiene ganas de experimentar.
Mastico de forma lenta y cuidadosa, pensando mi respuesta.
—Anoche tenía espectáculo —digo sin mirarla—. Cuando acabé era demasiado tarde, ya estabas durmiendo. Además, Noelle me dijo que se encargó de hacerlo ella.
—Me gusta más cuando lo haces tú.
Sé que es mentira, porque leo de pena. Aun así siento un revoloteo extraño en el pecho, pero no tengo tiempo para seguir pensando en ello porque Noelle aparece en la cocina e inmeditamente mi cuerpo se pone tenso.
Tiene el rostro más pálido de lo normal y en él vislumbro moretones que no estaban anoche.
Los ha intentado ocultar, sin mucho éxito, con maquillaje.
Algunos trepan por el filo de su camiseta y, si observo bien sus manos, puedo ver que tiene varias uñas rotas.
Trago con fuerza. Bajo la mirada a su brazo, donde veo las pequeñas incisiones de colmillos de serpiente en su muñeca, pero esa no es la única razón para esa expresión enfermiza en su cara.
—¿Quién? —pregunto.
Niega con la cabeza.
—¿Importa? Ya no podrá volver a hacerlo.
El mensaje es claro. El hombre que se ha atrevido a tocarla sin su permiso no podrá volver a tocar a nadie.
Ya debe estar en el fondo del río donde espero que tarden en encontrarlo.
Una furia ciega me recorre el cuerpo y desearía poder revivir al malnacido para encargarme de él yo misma.
Hago un esfuerzo hercúleo para no salir corriendo al encuentro de Shaula y plantarle cara por permitir que cosas así nos pasen cada día.
Solo le importa el dinero que le proporcionamos olvidando que, si morimos en el proceso, de poco le servirá.
Supongo que somos desechables; ya le tendrá el ojo puesto a varias chiquillas huérfanas e ingenuas que viven en las calles, desesperadas, como un día fui yo.
—¿Te encuentras bien?
Intento ser vaga en mi pregunta esperando que la pequeña Bryn no se percate de que algo va mal.
—Todo lo bien que se puede estar después de algo así, ¿no?
—Lo siento, Noelle.
—No es la primera vez.
Eso lo hace más duro. No es la primera vez que una de nosotras resulta herida, humillada, violada. Se ha convertido en una realidad tan asumida que me hiela la sangre en las venas.
Carraspea y dibuja una sonrisa tan falsa que incomoda. El mensaje es claro: quiere que deje el tema. Lo peor es que la comprendo y no puedo juzgarla por ello. Es por eso que decido preguntar sobre otra cosa completamente distinta.
—¿Cómo ha ido el envenenamiento de la mañana?