CAPÍTULO 3 EL CUERVO
No debería estar aquí, pero no puedo evitar sentirme atraído por las cosas brillantes.
Esos ojos de color jade no pueden pasar inadvertidos a mis sentidos de animal.
Observo desde la tranquilidad de un alféizar cómo la doncella se recompone después de su encuentro con un depredador.
Mira el cadáver que yace a pocos metros de ella sin interés.
Ya no parece un problema después de lo que acaba de vivir.
Sin embargo, cuando el cuerpo empiece a ponerse frío, aletearé hasta ahí abajo para darle la atención que merece y probar su carne.
Puede que incluso picotee un poco en la viscosidad de esos ojos que observan el cielo nocturno con expresión lunática.
Solo puedo pensar en el impulso que siento de dejar mi marca, profanar su cuerpo y convertirlo en algo aún más indigno.
Al fin y al cabo, ha intentado manchar y acabar con algo que para un cuervo es una posesión de gran valor.
Esos brillantes ojos verdes deberían ser míos.
Observo cómo la muchacha respira profundo y mira a su alrededor para cerciorarse una vez más de que ahora sí está realmente sola.
Recorre cada palmo del callejón con un brillo en los ojos que hace que mi cuerpo casi no pueda contener las ganas de bajar.
Sin embargo, reprimo el impulso y observo cómo la chica desaparece.
Si pudiera sonreír, posiblemente lo haría.
Pocas veces se tiene el placer de observar un acto tan bárbaro como el de quitar una vida con un arma tan bella como esa mujer.
Capturo el último vistazo de la figura encapuchada, quien no duda en volver a mirar hacia atrás, regalándome de nuevo otro vistazo a su mirada.
Sacudo las alas, recolocándome las plumas, y grazno para avisar a la chica de que corra antes de que los monstruos decidan volver a salir a divertirse con ella.
Y entonces bajo al suelo a picotear la carne.