CAPÍTULO 2 KASDEYA
Durante unos segundos el aire se queda retenido dentro de mis pulmones. El mundo se balancea bajo mis pies y debo gritarle a mi subconsciente que no nos dejemos alarmar. Me giro buscando al dueño de la voz. Está bien oculto entre las sombras, pero puedo distinguir una figura encapuchada.
Decido que la mejor opción es no hablar y en su lugar subo la capucha de mi capa para cubrirme.
—No te molestes, ya he visto tu rostro, asesina.
La última palabra abandona sus labios con aire divertido, no condenatorio.
Empiezo a preguntarme si no habré dado con un depredador mucho peor que el que yace a mis pies.
A pesar de eso, no dejo que sus palabras me avergüencen.
Alzo el mentón a la vez que entrecierro los ojos con la esperanza de distinguir mejor a quien se oculta en la oscuridad.
Ve claramente mis intenciones y da un paso al frente.
La capucha lo esconde bien, solo deja a la vista su boca y barbilla.
—Por lo que veo, parece que te ha comido la lengua el gato. No te mostrabas tan callada hace unos minutos mientras acababas con la vida de ese pobre desgraciado.
—¿Qué quieres? —pregunto dejando que se refleje la molestia en mi voz.
—¿Qué quiero? —replica moviéndose por el callejón, cerciorándose de no alejarse de la penumbra que le sirve como escondite —¿Por qué supones que quiero algo de ti? Tal vez solo sea un asesino como tú y eres mi próxima víctima.
—Has visto de lo que soy capaz. Eres un necio si crees que te pondré fácil acabar con mi vida.
Deja salir una risa profunda que hace que mi cuerpo quiera encogerse. Es grave y poderosa. Esto solo aviva la curiosidad por saber quién es la persona que se oculta a escasos metros de mí.
—Sí, lo he visto, y me ha gustado más de lo que esperaba.
No dejo que sus palabras calen demasiado hondo.
Otra chiquilla tal vez se vería sorprendida por sus halagos, dejaría que el rubor colorease sus mejillas.
Yo no. Hace tiempo que los cumplidos y las palabras de un hombre no tienen efecto en mí.
Cuando vives en un burdel, aprendes que mienten.
Serían capaces de decir cualquier cosa para que les regales un poco más de tu atención.
Pobres criaturas caídas en desgracia. Si supieran la verdad que esconden la mayoría de trabajadoras del Red Fear, huirían en dirección contraria.
Jamás querrían ser objeto de nuestro interés.
De nuevo se mueve y me hace retroceder un paso. Aprieto los dientes y me reprendo por demostrar que me inquieta. A pesar de no poder verlo, estoy segura de que mi gesto le ha causado placer. Probablemente tenga una sonrisa surcándole el rostro.
—Puedo hacerte una demostración si tanto te ha gustado.
—No me asustas lo más mínimo, asesina.
Eso me enfurece.
—Puede que ese sea el error que cometéis todos.
La risa de unos borrachos suena a mi espalda y despego la mirada del sujeto solo unos instantes para comprobar que el grupo pasa de largo sin percatarse de nada de lo que está ocurriendo en el callejón.
Cuando vuelvo la vista al frente me doy cuenta de mi error.
El hombre misterioso no está. Por un momento creo que ha desaparecido, pero sé que eso es imposible.
El callejón no tiene otra salida. Está ahí, entre las sombras. Estoy segura.
Mi corazón hace ademán de acelerarse, inquieto por la incertidumbre, pero no le dejo.
Respiro hondo y miro a mi alrededor sin darle la espalda al lugar donde creo que está.
El silencio es absoluto. Tanto que puedo escuchar mi respiración y el latido constante dentro de mi pecho.
Avanzo, sabiendo en el fondo de mí que estoy actuando con imprudencia.
No entiendo por qué le estoy prestando tanta atención a esto.
Lo sabio sería correr. Shaula no estará nada contenta si este hombre acaba dando problemas. Debería matarlo. Eso es.
Cuelo la mano con disimulo debajo de la capa y rozo con los dedos el mango de la pequeña daga que llevo pegada a mi cuerpo con el cinturón.
Rodeo el arma y me relajo al tenerla en mi poder, aunque no dura mucho tiempo.
Una brisa fría se cuela por el callejón y desliza mi capucha hacia atrás, dejándome de nuevo con el rostro expuesto.
Me dispongo a colocarla de nuevo cuando algo me golpea y me presiona contra la pared más próxima.
—A lo mejor la que ha cometido un error esta vez eres tú, asesina —sus labios acarician el arco de mi oreja al hablar—. No eres lo único peligroso en este callejón.
Intento mirarlo, pero me sujeta por la mandíbula y me obliga a girarme hacia el lado contrario.
Su fuerza es tal que mi cara casi queda presionada contra el frío muro.
Me remuevo bajo su agarre intentando liberarme, pero se asegura de que no tenga éxito apretando su cuerpo contra el mío.
Es fuerte, de eso no me cabe duda. Las superficies de su cuerpo que entran en contacto con la mía parecen granito puro.
—Suéltame antes de que te arrepientas —siseo incapaz de contener la rabia.
—Primero dime, ¿qué eres?
Buena pregunta.
Yo también me la hago desde que los cadáveres empezaron a acumularse a mi paso.
Al principio no encontraba la razón y después me preguntaba por qué los dioses me odiaban tanto como para haberme permitido nacer así.
A veces me asaltaba la duda de si mis padres me habían abandonado al descubrir el peligro que soy o si simplemente acabé con ellos siendo pequeña y no lo recuerdo.
La ciudad tampoco conoce la respuesta y, aun así, no dudaron en acusarme de estar maldita, dejando que me pudriera en las calles.
—Eres mucho más imbécil de lo que sospechaba si crees que te contestaré.
Vuelve a regalarme una risa grave que consigue que se me encojan los dedos de los pies. Aprieto los puños, clavando las uñas en el material de mis guantes.
—Esto solo me genera más curiosidad, asesina, y te aseguro que no quieres llamar mi atención.
—Eres tú el que no quiere que le preste más atención, imbécil.
O al menos espero que se haya entendido eso.
Es un poco difícil hablar con su mano presionando mis mejillas con tanta rudeza.
La rabia de estar en esta situación consigue que lágrimas furiosas, a la par que peligrosas, se acumulen en el borde de mis ojos.
En otras circunstancias intentaría hacerlas desaparecer antes de que se derramen, pero esta vez dejo que se precipiten por mis mejillas.
Es lo que necesito para escapar. Una vez que entren en contacto con su piel se dará cuenta del grave error que ha cometido.
—Shhh…, no llores.
El vello de mi nuca se eriza. La anticipación de lo que está a punto de ocurrir me emociona. Supongo que el paso de los años y la presencia de tanto horror en mi vida me ha convertido en una persona horrible que siente excitación ante la muerte. Sobre todo cuando soy yo quien la invita a pasar.
Me sorprendo cuando siento algo más en mi mejilla.
Es cálido y húmedo. Tardo unos segundos en darme cuenta de que se trata de su lengua.
Me quedo completamente quieta y muda. Lame mis lágrimas como si estas fuesen un regalo, un sorbo de agua en pleno desierto.
No se detiene solo con eso: sigue avanzando peligrosamente por mi rostro hasta que la punta de su lengua toca mis labios.
Recuerdo entonces que posiblemente sigan manchados por mi sangre.
Contengo el impulso de estirarlos en una sonrisa perversa al ver cómo las cosas empiezan a jugar a mi favor.
No hago un solo movimiento cuando limpia la sangre de mi boca.
—Sangre y lágrimas, mi combinación favorita.
—Ojalá te envenenes con ella —gruño.
—Ojalá.
No me suelta ni tampoco empieza a toser por los efectos de lo que mis lágrimas y mi sangre hayan podido causarle.
Se queda completamente en silencio y el peso de su mirada recorriendo cada palmo de mí me hace querer salir corriendo.
Su escrutinio me quema. Hago un nuevo intento por escapar o al menos poder echar un vistazo a su rostro.
Sin embargo, hoy no parece que vaya a ser el día.
Acaricia de nuevo mi oreja cuando habla.
—Nos veremos pronto, asesina.
Se asegura de hablar con la lentitud necesaria para que sus palabras calen bien hondo en mí y que el contacto de sus labios se quede grabado en mi piel.
En cuanto su agarre cede, giro el cuello en su busca con la esperanza de ver algo que me dé una pista de quién es.
No obstante, cuando miro al callejón, ha desaparecido.
Como si se hubiese desvanecido sin dejar rastro.