CAPÍTULO 1 KASDEYA #3
Mi cuerpo se prepara para el golpe contra la pared fría a mi espalda antes incluso de que se produzca.
Aprieto con fuerza los dientes al sentir su aliento en la curva de mi cuello.
Clavo las uñas en las palmas de mis manos, cierro los ojos y me muerdo con fuerza el interior de la mejilla. El sabor metálico explota en mi lengua.
—Creo que he mentido —dice con un deje burlón en la voz—. Pero esto es lo que pasa cuando las chicas bonitas van por ahí solas de noche.
Pienso entonces en una de las primeras muertes que recuerdo, porque estoy segura de que antes de esa hubo muchas más.
Accidentales la mayoría. A veces me pregunto si hubo alguien que me ayudara a sobrevivir cuando yo no podía hacerlo por mí misma, y si acabé con ella también.
Esa noche yo no era una chica bonita. Era una niña, repudiada por el pueblo, viviendo entre excrementos, solo piel y huesos.
No tenía siquiera fuerza para defenderme, mi sangre lo hizo por mí.
Me aferro a ese recuerdo, al sentimiento de desesperación de esa niña que solo quería dormir y sobrevivir a otra noche de frío y que, sin embargo, se vio emboscada por un hombre perverso.
Alineo mi rodilla con el bulto entre sus piernas y golpeo con fuerza.
Su alarido de dolor es música para mis oídos.
Dejo de sentir el peso de su cuerpo por un momento y aprovecho para coger aire.
—¡Maldita zorra!
Se abalanza sobre mí, agarrándome del pelo e inclinando mi cabeza en un ángulo doloroso. Tengo la boca llena de sangre y mis uñas han abierto la piel de mis palmas. Sonrío mostrándole mis dientes manchados y eso no hace más que enfurecerlo: puedo verlo en el tono de su piel cada vez más enrojecido.
—¿Estás loca, muchacha? ¿Acaso quieres morir? ¿Eso es lo que pasa?
El deje burlón de su voz desaparece por la rabia.
Me sujeta con una mano y utiliza la otra para deshacer el nudo de sus pantalones.
Me mira, dispuesto a hablar de nuevo, pero lo sorprendo escupiéndole mi saliva llena de sangre a la cara.
No puede disimular su sorpresa al principio, aunque cuando esta empieza a quemarle la piel, es sustituida rápidamente por un instinto asesino.
Me temo que ya somos dos. Antes de que pueda reaccionar, le asesto un golpe con la palma de la mano en el cuello, liberándome de su agarre.
Por un momento parece quedarse sin respiración; no obstante, consigue seguir moviéndose.
Viene hacia mí con pasos torpes. No tengo problema en esquivarlo y, como si yo fuese una de las serpientes de mi espectáculo, trepo su cuerpo.
Enredo mis piernas en su cintura, presiono mis pechos contra su espalda y busco sus ojos con mis pulgares.
Intenta zafarse de mí sin éxito. Rozo sus pestañas antes de hacer fuerza y enterrar los dedos en sus cuencas.
Grita, así que antes de que alguien acuda al escuchar el ruido, le tapo la boca con la mano.
La muerde con ira, pensando que así conseguirá deshacerse de mí.
No sabe que mi sangre está dentro de él y es cuestión de tiempo que muera.
—¿No querías probarme? —susurro cerca de su oído.
La sensación de tener una parte de mi cuerpo dentro del suyo es desagradable; aun así, no dejo de apretar mi pulgar libre dentro de su ojo.
La sangre no sale únicamente de la herida visible, sino que emana de su boca y de su nariz.
El veneno está haciendo efecto rápidamente en él.
Ha estado expuesto a mi sangre sin apenas darse cuenta.
Por la mañana, cuando lo encuentren, tal vez piensen que un monstruo estuvo visitando las calles.
Ni aquellos que han consagrado su vida a la ciencia, los filósofos de la naturaleza, serán capaces de identificar el veneno que lo mató.
Dudo que tengan algo llamado Kasdeya en sus registros.
Puede que ni se molesten en hacerlo y lo achaquen a una pelea de borrachos al ver el estado en que quedará su cadáver.
El forcejeo se ralentiza y, poco a poco, su cuerpo se desploma. Salto antes de quedar atrapada bajo su peso. Me limpio la sangre de las manos en las faldas del vestido y me aseguro de que queda oculto bajo mi capa. Tendré que deshacerme de él en cuanto vuelva al burdel.
Los últimos espasmos de la muerte sacuden su cuerpo y me aseguro de presenciar hasta el último de ellos.
Abre la boca, tal vez para pedir ayuda o suplicar misericordia a unos dioses que no escuchan.
Me alegra que mis ojos llenos de rabia sean los últimos que vea antes de desaparecer.
Espero que lo atormenten en El Pozo los esbirros del dios exiliado: por mí y por todas las mujeres a las que ha hecho llorar.
Saco los guantes del bolsillo de la capa y me cubro las manos heridas con ellos. No emito ni un solo sonido que evidencie dolor. Este dejó de importarme hace mucho tiempo. Tal vez sea otra peculiaridad de mi cuerpo, que parece negarse a sentir.
—Vaya, eso ha sido bastante impresionante —dice una voz desde las sombras.