CAPÍTULO 1 KASDEYA #2
Según lo que he leído, mi víctima es un hombre rico y ruin que dedica sus noches a recorrer los burdeles de la zona, maltratando a las trabajadoras y obligándolas a arriesgar sus vidas para que se deshagan de los bebés que él mismo ha puesto ahí dentro.
Dios no quiera que su pobre esposa conozca las actividades de su marido.
Observo el interior del burdel y busco la ventana que queda más apartada y oculta para poder colarme a través de ella.
Consigo distinguir la cara que ando buscando.
Tiene varias jarras de cerveza vacías a su alrededor y no es capaz de mantener la cabeza erguida.
Hay una mujer atemorizada a su lado; no puede huir porque la tiene bien sujeta por el pelo.
Un hombre fornido y con cara de pocos amigos lo agarra del cuello de la camisa y lo obliga a soltarla.
Le grita algo en pleno rostro y lo arrastra hasta la salida del local.
Parece que hoy me están poniendo las cosas fáciles.
Escucho el vocerío frente a la puerta, pego mi cuerpo todo lo posible a la pared y rezo para que las sombras me oculten lo suficiente.
—¡Si vuelves por aquí, te mataré! —grita el hombre.
Creo que el otro replica, pero es difícil entender lo que dice con tanto alcohol en las venas entorpeciendo su pronunciación.
Contengo la respiración, esperando a ver qué ocurre después.
La puerta se cierra con tanta fuerza que siento que me cae polvo encima.
El borracho se queda unos segundos con la mirada perdida y cuando comienza a andar, se tropieza con sus propios pies.
Espero una distancia prudente para seguirlo, y lo hago de puntillas y resguardándome en las sombras, mis amigas más fieles.
Aguardo hasta que pone rumbo a una calle poco transitada para caminar detrás de él.
Mantengo una actitud sumisa, aferrándome a mi capa con la cabeza gacha.
Sé que es cuestión de tiempo que repare en mi presencia.
Los monstruos siempre sienten debilidad por mí.
Sus pasos se hacen aún más lentos. Bastarán unos pocos metros para que lo sobrepase y será entonces cuando caiga en mi trampa.
En el silencio de la noche solo escucho el latido constante y fuerte de mi corazón, acompañado de mi respiración, que sale en pequeñas ráfagas de entre mis labios y forma nubecitas de vaho.
Con cada paso en su dirección el olor del alcohol rancio me golpea con más fuerza.
Aprieto los labios cuando estamos a la misma altura y no puedo evitar que se me dibuje una sonrisa cuando su mano me aprieta el brazo para detenerme.
Son tan previsibles…
—¡Oye, tú!
Hago ademán de resistirme a su agarre.
—¿No crees que es demasiado tarde para andar por ahí tú sola?
Ni por un segundo pienso que haya una preocupación real en su voz o que sus intenciones sean buenas.
Sé que sus planes para mí son siniestros.
Asiento, guardando silencio. Puedo sentir su mirada deslizándose por mi cuerpo de forma pegajosa.
Tengo la sensación de que por mucho que me lave no podría deshacerme de ella.
El vello de mi nuca se eriza, pero me obligo a mantenerme serena.
Su agarre sobre mí se hace más fuerte. Cansado de que mire al suelo, me aferra la barbilla y me obliga a mirarlo a la cara.
A pesar de la poca iluminación y sus sentidos embriagados, su mirada se clava en la mía.
Parece la de un loco. El blanco de sus ojos ha desaparecido, dando paso a un color amarillento enfermizo, y las pequeñas venas que los recorren parecen a punto de explotar.
Si quedaba alguna duda de que este hombre moriría esta noche, mirarme directamente es como invitar a la parca a que vaya a por ti. Solo aquellos destinados a conocerla ven mi rostro. Es mi regalo de despedida.
—Encima eres bonita. —Sacude la cabeza y chasquea la lengua—. Solo estás pidiendo problemas.
—Lo siento, señor.
Pongo mi voz más ensayada, aquella que es exageradamente dulce.
Sus ojos no paran de escrutar mi rostro, se relame los labios de una forma que me crispa los nervios y hace sisear a las serpientes que parecen llevar años residiendo en mi estómago.
Alzan la cabeza, listas para atacar. Me recuerdo que he de tener paciencia, dentro de poco él será solo otro borracho que amanece muerto en un callejón, sin una explicación exacta de su muerte.
—Si tan arrepentida estás, camina a mi lado.
Camina a mi lado.
Mantente en silencio.
Levántate la falda, puta.
No hagas ruido.
Si se lo dices a alguien, no te creerán.
Son frases que ya he escuchado.
Metida en mi papel, intento deshacerme de su agarre de nuevo, pero sus dedos aprietan mi piel como si fuesen de hierro. Mañana tendré marcas en el brazo.
—Camina conmigo si no quieres que te haga daño, muchacha.
Me muerdo el labio, más que dispuesta a soltarle un par de cosas.
Doce años viviendo en un burdel y otros tantos en la calle te dan un repertorio de improperios y un vocabulario que escandalizaría a los dioses.
Obedezco, metiéndome en ese papel sumiso como si fuera una segunda piel.
No puedo esperar a que nos adentremos en uno de los callejones oscuros donde sin duda planea hacerme daño.
Lo que no sabe es que no seré yo quien sangre. O al menos no mucho.