La doncella del veneno CAPÍTULO 1 KASDEYA
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La doncella del veneno

La doncella del veneno

Por Raisa Martin Espinosa

© inepub.com

CAPÍTULO 1 KASDEYA

Tenía unos ocho años cuando fui realmente consciente de lo peligrosa que soy.

Era una noche tan oscura y solitaria como otra cualquiera.

Intentaba dormir, aunque era imposible con el aire tan frío que cortaba y solo unos cartones como abrigo.

Un hombre, un borracho sudoroso, pensó que esa noche podía ser su diversión.

Han pasado doce años y aún recuerdo la fuerza de los golpes en mi cara, sus labios rozando mi piel, el olor rancio del alcohol saliendo de su boca y su lengua lamiendo mis lágrimas.

Los primeros meses después de esa noche, pensaba que había sido un golpe de suerte, que mis oraciones habían sido escuchadas por alguno de los Eternos. Los dioses a los que ya nadie reza.

Debería haber sabido mejor que ellos nunca me habían escuchado y que mi suerte se acabó en el momento en que nací.

El hombre cayó desplomado sobre mí, regándome con la sangre que brotaba de todos los orificios de su cara. Todavía recuerdo el sabor metálico bañando mis papilas y y desde entonces la imagen de esa noche me ha servido como recordatorio de lo que soy capaz de hacer.

En el Red Fear, uno de los burdeles más famosos del reino de Argevin, se esconden lo que entre susurros llaman las doncellas del veneno.

Mujeres de indudable belleza en cuya sangre habita la letalidad de las serpientes del desierto.

Juntas hemos formado una extraña familia bastante disfuncional.

Sin embargo, me recibieron con los brazos abiertos cuando me presenté frente a su puerta, siendo solo un saco de huesos mugriento y ensangrentado.

Nunca hicieron caso de los rumores que corrían por las calles.

La gente decía que estaba maldita. Puede que sea cierto.

No me protegieron de la crueldad del mundo, pero me enseñaron a sobrevivir en él.

Desde entonces, mis noches se han visto repletas del tintineo de las monedas cambiando de manos, las risas graves de hombres que vienen aquí dejando a mujeres insatisfechas a su paso y la música seductora que parece incitar a todo el mundo a entrar.

El golpe de los instrumentos de percusión coincide con los movimientos de mis caderas y el repiqueteo de los abalorios de mi falda.

Observo bajo el velo rojo los rostros del público, quienes son incapaces de disimular la curiosidad por conocer el aspecto de la famosa bailarina que satisface cada noche el hambre voraz de estos depredadores.

Me siento conectada con el escenario, noto el polvo y la cerveza derramada pegándose a las plantas de mis pies, las luces calentando mi piel y la música guiando cada uno de los pasos que doy.

Escucho el jadeo de sorpresa del público cuando ven a las invitadas del espectáculo reptando por el suelo y dirigiéndose a mis piernas.

Suben lentamente, rodeando mis pantorrillas, dando el beso de la muerte con su lengua bífida y erizando mi piel con el frío de sus escamas.

Recortada por las sombras del escenario, parezco la imagen de la diosa de la feminidad.

No dejo de moverme, ignorando el miedo que se dibuja en los rostros de los demás.

Acompaño mis pasos con las manos, moviendo los dedos como si quisiera atraer a los espectadores hacia mí.

Una de las serpientes roza mi cuello con su lengua áspera y sonrío para mis adentros.

Con el tiempo he sabido reconocer a cada una de ellas, incluso les he puesto nombre.

Los músicos tocan sus últimas notas, a la vez que giro sobre mí misma apoyada únicamente en la punta del pie izquierdo.

La música muere y solo se oye el tintineo de los adornos de mi pelo y mi ropa.

Las luces bajan su intensidad sumiéndome en las sombras y, justo cuando estallan los aplausos, desaparezco como una ladrona en mitad de la noche.

Nunca me quedo a recibir los elogios ni a observar los rostros extasiados.

Siempre existe el riesgo de que alguien se crea lo suficientemente valiente para intentar destapar mi identidad, y eso es algo que no puedo permitirme si quiero que mi trabajo siga siendo igual de efectivo.

Tampoco hay nada que quiera ver, tengo suficiente con los sonidos dolorosos que se cuelan a través del júbilo del resto.

Si alzo la mirada estoy segura de que veré a alguna de mis compañeras sentada sobre la erección de un borracho, recibiendo apretones en los pechos y besos húmedos en el cuello, otra estará dejando que laman cerveza agria de entre el canalillo de sus pechos mientras disimula su expresión de asco.

Alguna estará siendo incordiada en un rincón oscuro, soportando caricias que no aguantaría si no fuera por la amenaza de Shaula, la dueña de este sitio, que lo dirige a él y a nosotras con puño de hierro.

Aquí somos las menos importantes, ellos y sus bolsillos llenos de monedas son los que realmente importan.

Debemos mantenernos calladas y complacientes.

Así que no, no me quedo a ver más, porque la escena es una que he presenciado las veces suficientes como para tenerla grabada en las retinas por el resto de mis días.

—Buen trabajo esta noche, Kas.

Asiento mientras camino junto a Noelle, la persona que más se asemeja a una amiga aquí dentro.

Nuestra amistad no consiste en charlas a la luz de las velas mientras el resto duerme, escapadas para ver nuevas prendas que comprar o sentarnos a disfrutar de un refrigerio.

Más bien se basa en compartir trucos para llevar a cabo nuestros asesinatos con éxito, cubrirnos las espaldas cuando sentimos que un hombre supone un peligro en el Red Fear y turnarnos las noches para que una de nosotras pueda cuidar de Bryn, la única niña del burdel y lo más parecido a una hermana que tendré jamás.

Ambas nos encargamos de que la crueldad de estas paredes no la alcance por completo, convertimos las tragedias que escucha en cuentos de princesas atrapadas en altas torres y cantamos nanas para ayudarla a soñar sin pesadillas.

Es lo mínimo que puedo hacer después de arrebatarle tanto sin que ella sea consciente.

Noelle tiene los ojos más negros que he visto jamás y el pelo, del mismo color, le llega hasta la cintura.

Es de una complexión mucho más pequeña que la mía; a su lado me siento demasiado grande, y no es que yo sea de las mujeres más altas del burdel.

Su piel es sumamente pálida, algo que atrae a muchos hombres.

A pesar de todo eso, al mirarla no sientes que sus rasgos la hagan parecer una mujer delicada e indefensa.

Si mirases con atención descubrirías que en sus ojos reside ese brillo peligroso que las doncellas del veneno poseemos.

En definitiva, es una belleza. Como todas las que estamos aquí.

Shaula se dedica a coleccionarnos como animales exóticos y disfruta haciéndonos competir por cosas tan básicas como una nueva pastilla de jabón.

Ojalá fuera una exageración. Aunque muchas piensan que, debido a la edad temprana en la que me recibió en el burdel, podría llegar a existir algún tipo de sentimiento de afecto por ambas partes, la realidad es que solo siento por Shaula un profundo desprecio y sentimiento de miedo, no por mí, sino por las pocas personas que me importan en este sitio.

—Está dormida, he cerrado la puerta con llave al salir. Quería despedirme de ti antes de que te marches —añade al ver cómo miro a su alrededor en busca de la pequeña.—. Shaula dice que no quiere incidentes como la última vez.

Pongo los ojos en blanco al recordar el desastre del último encargo.

Faltó poco para que me pillaran. Sin embargo, él está muerto y yo lista para volver a matar.

Encajo la llave en la cerradura de mi habitación y dejo que me rodee la oscuridad.

Noelle permanece fuera, como siempre. Creo que nadie ha entrado a mi habitación jamás.

Tienen demasiado miedo y no porque sea una asesina —eso es algo que tenemos todas en común—, sino por mi naturaleza mortal.

Un paso en falso a mi alrededor y puede que des tu último aliento. No sería la primera vez que ocurre.

—Puedes decirle que no tengo intención de alargar la noche más de lo estrictamente necesario. Quiero dormir al menos un par de horas antes de tener que limpiar este sitio.

Mi voz suena ronca después de horas sin usarla.

La puerta se cierra tras un par de segundos y respiro hondo.

Comienzo a deshacerme de la ropa hecha de seda que deja poco de mi cuerpo a la imaginación y la sustituyo por un vestido de algodón sencillo y una capa con la que resguardarme del frío.

Miro los papeles sobre la cama, curiosa por saber quién será la víctima de esta noche.

¿Mujer u hombre? ¿Cualés serán sus pecados?

¿Cuánto vale su vida? Leo la información por encima y presto mayor atención al dibujo retrato de la víctima.

Es un hombre, siempre son ellos. La cantidad de mujeres que han muerto a mis manos es muy inferior; Shaula no hace distinciones a la hora de aceptar encargos y, desgraciadamente, hace mucho tiempo que perdí el lujo de elegir en mi vida.

Memorizo la cicatriz que cruza el rostro del hombre para poder distinguirlo mejor, salgo de mi habitación y me detengo frente a la de Bryn.

Rozo con la yema de los dedos la madera de la puerta y me pregunto si estará teniendo un buen sueño.

Me deslizo entre las sombras, aferrándome a mi capa, y recorro las calles de Zargos, la capital de Argevin.

En esta zona de la ciudad la pobreza se hace notable; a veces me sorprende que un negocio como el de Shaula prospere entre tanta basura y que los ricos se atrevan a visitar esta zona.

Esquivo los charcos del suelo, posiblemente formados de algo más que agua.