136. Saraz
Saraz
La luz de la luna se filtraba por la ventana de aquella celda de la cárcel de El Dueso.
Su ocupante, Joaquín Martos, estaba sentado en la cama con la espalda pegada a la pared, aunque sus pensamientos se hallaban muy lejos.
Aun así, era plenamente consciente de su propia respiración, agitada e irregular.
En menos de diez horas comenzaría su juicio, con un jurado distinto al que en su día se constituyó para Alba Ferrero.
Ahora se lo juzgaba a él como asesino de Nacho Guerra.
Al cavilar sobre ello de nuevo, lo asaltó un impulso angustioso, animal, y se llevó las manos a la coronilla.
Se clavó las uñas con ímpetu, hasta hundirlas varios milímetros y arrastrar piel y sangre.
El dolor físico no era nada comparado con el tormento que lo perforaba desde el día en que lo detuvieron al borde de aquel acantilado.
Todo por culpa de un error tan voluntario como imperdonable. Un error que ya no podía cambiar.
Hacía tiempo que todos lo habían abandonado. Su abogado le había recomendado que no dijera una palabra a nadie durante la instrucción, pero a su hija, Esmeralda, y a su exmujer, Julia, sí les contó todo después de que el juez lo enviara a prisión provisional.
Aquel día, cuando les confesó la verdad, vio lo mismo en los ojos de ambas: una decepción infinita.
Y escepticismo. Una desconfianza evidente ante quien llevaba años viviendo entre mentiras y engañándolas.
Porque, pese a lo que les había hecho ver, nunca logró sobreponerse por sí mismo a la depresión por la muerte de su hija pequeña; a escondidas, se entregó al empuje de la cocaína, y luego prefirió ceder al chantaje de un menor de edad antes que sacar a la luz su secreto y pedir ayuda.
Joaquín les juró que no había matado al chico.
Discutieron, sí, pero eso fue antes de que Nacho se negara a entrar en razón, lo empujara y empezara a bajar la cuesta a grandes zancadas.
Él se quedó aturdido y, cuando logró reponerse, ya era tarde: Nacho se estaba acercando a un banco donde había una chica sentada.
Iluminada por una farola cercana, le pareció que era Alba, con el mismo color de pelo rubio platino que la peluca que llevaba cuando la vio huir de la casa de los Hermoso y él estaba fuera al acecho, buscando su oportunidad para hablar con Nacho.
Temiéndose lo peor, avanzó escondido tras los coches de la acera opuesta.
Y de repente, espantado, presenció el crimen.
No supo intervenir, no pudo evitarlo y tampoco se atrevió a salir de su escondite hasta que Alba se marchó.
Comprendió entonces que no tenía más remedio que apoderarse del móvil de Nacho.
Si lo dejaba allí, la policía descubriría esa grabación y los mensajes de WhatsApp, y no podía permitirlo.
Además, sabía que el chico no tenía copia del teléfono porque, mientras los seguía a Andrés y a él, le había oído quejarse como un energúmeno de que sus padres no querían pagarle la ampliación de la nube.
Pensó que, si se lo llevaba, estaría a salvo para siempre.
Esa era la verdad, la única verdad.
Pero fue obvio que a Esmeralda y a Julia aquello no las convenció.
Él les gritó desesperado que solo fue un testigo, un testigo mudo, que no podía hablar porque eso habría supuesto tener que contar demasiado.
Además, había cometido un grave error que lo complicaba todo aún más y que se fraguó cuando estaba registrando el cadáver.
Al buscar a tientas el teléfono en uno de los bolsillos, notó una cartera, y entonces se preguntó de quién era la que estaba en el suelo.
La respuesta le vino de forma automática, y dudó.
Dudó porque, al mirar hacia el lugar por donde había huido Alba, sintió una profunda lástima por esa chica que llevaba tanto tiempo sufriendo y que, humillada una vez más por Nacho, lo había matado.
¿Ese chaval merecía justicia, con lo que les había hecho a ambos?
Su propio dolor y la compasión por Alba se adueñaron de él en aquella cuesta silenciosa, y al final se agachó y la cogió. Comprobó que, pese a tratarse de un modelo masculino, era de ella y pensó que, si la policía la encontraba allí, la condenarían con total seguridad, y por muchos años.
Y fue en ese momento, con la foto de carnet de Alba ante sus ojos, cuando se acordó del atropello mortal de su hija pequeña, que aún lo mortificaba.
Se acordó de cómo él le había metido prisa poco antes porque estaba mal aparcado y cómo ella cruzó la calle corriendo, sin pararse a mirar.
De pronto, tenía en su mano ayudar a esa otra chica, salvarle la vida en cierto modo. Y así redimirse…
Y lo hizo.
Se llevó la cartera creyendo que obraba bien, que estaba evitando una tragedia mayor y que, en el fondo, Nacho se había ganado a pulso un final así. En cambio, Alba no. Alba no se lo merecía.
Nunca se le ocurrió que aquello acabaría volviéndose en su contra, y eso fue lo que les dijo a su hija y a su exmujer en la cárcel. Pero solo encontró recelo e incomprensión. Le pareció que Esmeralda quería creerle, pero que no podía.
Desde entonces las había visto muy poco, y era obvio que todo se había roto.
Quizá para siempre. Por su culpa. Aunque ellas jamás llegarían a entender lo que había sufrido desde aquel accidente.
Tampoco lo que la posibilidad de salvar de la cárcel a aquella chica, de pelo negro y nariz prominente como su pequeña Sara, representó para él.
Sin embargo, que Alba estuviera en libertad ahora ya no le suponía ningún consuelo.
No con su familia así. De haber podido, le habría gustado volver atrás.
Sentado en aquel camastro, se tragó un grito de frustración, de pura impotencia, y se inclinó para esnifar otra raya de cocaína. Aquello era lo único que en momentos como aquel le permitía mantenerse a flote, pero esa noche ni siquiera así lo lograba.
La droga se la había pasado esa tarde un recluso que la conseguía del exterior a través de sus familiares, y se dijo que debía reservar algo para el día siguiente, para ser capaz de llegar a la sala de vistas y enfrentarse a lo que le esperaba.
Su abogado no dejaba de repetirle que pactara la pena de prisión que le ofrecían, pero ¿cómo iba a hacerlo si era inocente?
Estaba solo, como un náufrago braceando sin fuerzas en el mar en una noche tempestuosa, a punto de ser engullido.
Por su propia culpa.
Por sus equivocaciones.
Esnifó otra vez aquel polvo blanco que parecía brillar a la luz de la luna e intentó no pensar en nada más que en su pequeña Sara.
Cuando estaba viva.