137. Seguir adelante
Seguir adelante
El denominado «Segundo Juicio del “crimen del Carnaval”» iba a comenzar y había muchísima prensa congregada en torno al palacio de justicia.
Paula rebasó la entrada a la carrera, acompañada por Antonia y Álvaro, y no se detuvo a escuchar ninguna pregunta.
En el vestíbulo, los vigilantes, que la conocían de sobra, le indicaron con un ademán que no era necesario que pasara por el arco de seguridad.
—Aunque ya no venga por aquí, sigue siendo de la casa —le dijo uno de ellos con aire cómplice.
En Santander, los abogados normalmente accedían directos a las entrañas del complejo judicial, sin someterse al detector de metales.
Sin embargo, desde hacía unos meses, Paula ya no era uno de ellos.
Todo el mundo sabía que había colgado la toga.
Aunque solo sus antiguos compañeros de despacho y Teresa conocían el verdadero motivo.
—Estás a tiempo de volver —murmuró Antonia a su lado con añoranza, siguiendo el juego iniciado por el vigilante—. En realidad, lo estarás siempre.
Paula le devolvió una sonrisa débil, pero no respondió.
La dueña de Pomposo y Asociados había conseguido superar su enfermedad y se había reincorporado al trabajo.
Volvía a lucir su antigua melena y exudaba dinamismo y fuerza.
Era ilusionante verla así. Además, no cabía duda de que su recuperación había ayudado a Paula a tomar la difícil decisión de dejar el bufete.
Lo hizo un tiempo después de aquella conversación con Alba en la playa.
Al principio intentó espantar cualquier recuerdo del «crimen del Carnaval» y el modo en que la chica la había engañado, pero la situación acabó desbordándola.
Como abogada, podía asumir que gracias a su trabajo un culpable burlara la acción de la justicia.
Así eran las reglas del juego. Sin embargo, no podía soportar que un inocente estuviera en prisión en cierta manera por su culpa, o con ella de por medio, y seguir ejerciendo la profesión como si nada.
Era plenamente consciente de que en aquel caso se habían dado varias concatenaciones de hechos que no le eran atribuibles, por supuesto.
Pero, al mismo tiempo, tenía claro que el origen de todo estaba en su esforzada defensa de la acusada y en la incertidumbre que había generado en varias de las personas involucradas directa o indirectamente.
Sin eso, jamás se habría puesto en marcha ese perverso efecto dominó.
Y lo peor era que, aunque conocía la verdad, no podía ayudar a ese hombre.
Obligada por el secreto profesional, debía callar y no decir una palabra.
Es más, si de repente se levantara y vociferara la verdad ante todos, de nada serviría, pues su testimonio sería considerado nulo, una prueba ilícita.
Y, además, estaría cometiendo un delito castigado con pena de prisión.
No. Lo único que podía hacer era asistir como público y rezar para que el jurado se viera asaltado por una duda razonable. Había meditado mucho si debía acudir o no, pero lo necesitaba. Quería estar allí.
—Venga, Antonia, déjala —terció Álvaro sonriendo también—. Ahora vive mucho más tranquila en ese comité de prevención de delitos, ¿verdad?
Así era, ella vivía mucho mejor trabajando en la entidad financiera que la había fichado y al fin disfrutaba más de su familia. Pero el tono falsamente jocoso de su antiguo compañero no lograba enmascarar la tensión que los agarrotaba a los tres mientras se dirigían a la sala de vistas.
—¿Qué creéis que pasará? —les preguntó Paula en voz baja.
Habían hablado largo y tendido sobre ese caso y conocía la opinión de ambos, pero los temores la asediaban y sabía que conversar de nuevo sobre ello la ayudaría.
A Antonia y a Álvaro, quienes por aquel entonces pertenecían al mismo despacho que ella, sí había podido contarles lo ocurrido con Alba, y compartir ese peso la aliviaba.
—Ese hombre lo tiene muy difícil —contestó Antonia, que evitaba llamar al acusado por su nombre para poner distancia—, aunque su abogado es bueno. No lo sé, Paula… Quizá salga bien…
—Hay una cosa innegable —le tomó el relevo Álvaro con el evidente propósito de levantar el ánimo de su antigua compañera—: no existe ni una sola prueba de que él empuñara el arma del crimen. De hecho, ni siquiera ha aparecido. Y sin esa prueba, todo se complica. Tú lo sabes bien —añadió.
—Sí… —suspiró Paula mientras recordaba el momento en que la chica se perdió con el cuchillo calle abajo—.
No sé, quizá si el abogado alega lo mismo que yo descubrí aquella noche en la casa de Alba, lo de que el móvil y la cartera de Nacho estaban en el mismo bolsillo…
Puede que con eso consiga sembrar la duda en el jurado, ¿no?
Aunque durante la instrucción no dijo nada…
—añadió con vacilación—. ¿Creéis que Joaquín no se dio cuenta?
¿Que no notó que había una cartera junto al teléfono?
—Si lo hizo, su abogado se estará guardando esa baza para el final —razonó Antonia—. Nosotros haríamos lo mismo.
—Sí, y seguro que se referirá constantemente a tu juicio —opinó Álvaro—.
Que no se acreditara que Alba lo mató no significa que él lo hiciera.
Fue sorprendido en una situación delicada, de acuerdo, pero ¿y si la policía ha vuelto a pasar algo por alto?
—lanzó la pregunta al aire, como si de pronto estuviera actuando ante el jurado—.
La otra vez la investigación fue un desastre.
¿Qué garantiza que esta no lo haya sido también? Yo explotaría todo eso.
Paula cabeceó en silencio, meditabunda.
—Anoche le mandé un wasap con una noticia sobre el comienzo del juicio —murmuró al fin—. A Alba…
—¿Y qué respondió? —preguntó Antonia.
—Nada.
—Ya…
—Lo último que sé es que está en Madrid con su familia, rehaciendo su vida, supongo…
—Si el jurado absuelve al acusado, no creo que Inés Calderón vaya a por ella —apuntó Antonia—.
Imagínate, un tercer juicio y sin pruebas sólidas…
No, no se arriesgará a algo así, por muy Fiscal Superior de Cantabria que sea ahora.
Está a salvo. De todos modos, vamos a ver qué pasa hoy con…
—Se calló al adentrarse en el pasillo junto al salón de actos y oír el tumulto.
Los periodistas parecían enardecidos, y Paula detectó varios semblantes de estupor.
A cierta distancia vislumbró a Félix Villar.
El abogado estaba con los padres de Nacho, y ella no se atrevió a ir hacia él e interrumpirlos.
Sin embargo, Villar la vio enseguida y, tras unos instantes, se aproximó con pasos rápidos. Su rictus era de gravedad.
—Félix, ¿qué ocu…?
—Joaquín ha muerto —musitó Villar.
Al escucharlo, a Paula se le heló la sangre, y tardó varios segundos en reaccionar, como si de pronto todo se ralentizara en su interior. ¿Muerto? ¿Joaquín? Un sudor frío le impregnó la espalda. Intercambió una mirada de espanto con Antonia y Álvaro, que tampoco acertaban a articular palabra.
—¿Qué? Pero ¿cómo…?
—Lo han encontrado sin vida hace unas horas —contestó Villar con una mezcla de indignación y abatimiento—. En su celda. Acabamos de enterarnos…
Paula enmudeció, y fue Antonia la que formuló la pregunta que en ese momento planeaba sobre ellos como un fantasma:
—¿Se ha suicidado?
El abogado meneó la cabeza.
—No lo parece. Tenía restos de cocaína en los dedos y en la nariz y un envoltorio casi vacío en la cama.
Todo apunta a un infarto provocado por la droga.
Quizá los nervios por lo de hoy también ayudaron…
—murmuró—. Según su abogado, a él no le había dado ninguna señal de que fuera a quitarse la vida. No cree que sea buscado.
Paula se mordió los carrillos con fuerza.
Se acordó de lo que le había sucedido a Andrés un año atrás, que afortunadamente fue hospitalizado de urgencia y se salvó.
Maldijo por lo bajo. ¿Es que esa gente no se daba cuenta de que refugiarse en esa clase de sustancias solo traía más dolor y sufrimiento, e incluso la muerte?
—Joder… —masculló con voz temblorosa.
Antonia se percató de que varios periodistas los estaban observando y la cogió del brazo con delicadeza. Se sentaron en un banco algo apartado, adonde las siguió Álvaro. Allí, la dueña del despacho miró a Paula a los ojos y, tras unos segundos de silencio, le tomó las manos.
—Oye, que Joaquín buscara una manera equivocada de afrontarlo no tiene nada que ver contigo, lo sabes, ¿no?
—le dijo muy seria—. Tú no eres la responsable de las malas decisiones de ese hombre.
Nunca lo has sido, ¿vale? Y Alba, en realidad, tampoco.
Ella simplemente ejerció su derecho de defensa con tu ayuda.
Utilizó las herramientas que le daba el sistema.
Y ya está… —le insistió apretándole los dedos con fuerza.
Paula tuvo la sensación de que aquellos iris verdes la absorbían.
—Sí, pero él era inocente. Y ya nadie lo sabrá…
—Y tendría que haber luchado por demostrarlo. Venir y explicarlo todo. Sobrio. En perfecto estado. Él no podía anticipar lo que habría dicho el jurado. Nadie podía —sentenció la veterana letrada.
—Pero vosotros y yo sabemos…
—Y será nuestra carga, Paula. Será nuestra carga. Pero no nuestra culpa. Y eso es muy diferente. Venga, aquí ya no hay nada que hacer —añadió al tiempo que se ponía en pie y le ofrecía la mano—. Olvídate de todo esto, por favor. Ha acabado. Definitivamente. Y tú has hecho lo que debías.
Paula dio una larga bocanada de aire y asintió. Su antigua jefa tenía razón. Era mejor marcharse. Nada cambiaría lo ocurrido. Y, en el fondo, ella solo había ejercido como abogada, nada más.
Despacio, se encaminaron a la salida, cada uno encerrado en sus reflexiones.
Cuando estaban a punto de abandonar el palacio de justicia, se cruzaron con Santiago Belmonte.
El juez aminoró el paso y los saludó con un lacónico «Buenos días».
Por su expresión, fue evidente que estaba al corriente de las novedades.
Se quedó escrutando unos segundos a Paula y luego, cuando ella apartó la vista, siguió su camino.
Jamás alcanzaría a sospechar los pensamientos que en ese momento ocupaban la mente de la antigua abogada de tribunales.
Tampoco la verdad que se le había escurrido desde el principio. Y que nunca conocería.
Un cuarto de hora más tarde, sola en el coche, Paula mandó un mensaje.
A cientos de kilómetros, mientras paseaba a su perra Luna en el parque del Retiro, Alba notó una vibración en el pantalón.
Cogió el teléfono y vio un wasap de su antigua abogada.
Solo contenía un enlace. Pinchó en él y se apartó un mechón de la frente para poder leer bien.
Después de salir de la cárcel, había vuelto a dejarse el pelo largo.
El corazón le dio un vuelco cuando la noticia se desplegó ante sus ojos.
Las piernas le fallaron y tuvo que sentarse en el césped para no caerse.
La garganta le empezó a quemar y el cuerpo se le contrajo mientras hacía esfuerzos por no soltar la correa de Luna.
¿Cómo había podido suceder aquello? Jadeando, volvió a leer la noticia y una lágrima se estrelló en la hierba.
El pulgar le temblaba, y no se vio capaz de contestar a Paula.
Mucho tiempo después, guardó el teléfono y suspiró.
Se obligó a levantarse. A seguir adelante.