135. Las máscaras
Las máscaras
Estaban sentadas en la playa de los Peligros. Sobre la cabeza de la abogada y su clienta, un manto de nubes tormentosas se desplegaba en el cielo y teñía las aguas de un color plomizo. Eran las once de la mañana, y Paula se había citado con Alba mandándole un mensaje a primera hora.
La chica miraba al infinito.
—Es bonito estar aquí otra vez. Esta semana llegué a pensar que… Bueno, ya sabes.
Paula se mantuvo impasible, sumida en sus pensamientos. Aún no le había dicho para qué quería que se vieran y buscaba la forma de hacerlo.
—El juez interrogará a Joaquín a la una y media —dijo al fin—. Me han llamado del juzgado.
Alba se volvió hacia ella. A diferencia de lo que había mostrado en la cena, ahora el asunto no parecía provocarle tanto desasosiego. Era lógico.
Paula decidió que había llegado el momento de dejar caer las máscaras.
—Alba, ayer te vi. Vi lo que hacías en casa de Raquel.
La expresión de la joven se transformó al instante, como si hubiera recibido una descarga eléctrica, y una mueca de temor se instaló en su rostro. Aquello no se lo esperaba.
Un silencio tenso se aposentó entre ambas. Transcurrieron unos segundos, y la abogada siguió taladrándola con la mirada. La vio boquear como si le faltara el aire. De pronto, su piel parecía de cera.
—No puedo decirle a la policía nada de lo que me cuentes. No tiene sentido que me mientas. Nunca lo ha tenido, en realidad. Pero es obvio que no confiabas en mí.
Alba farfulló unas sílabas ininteligibles.
—Él no lo hizo, ¿verdad? —la presionó Paula sin dejar de observarla—.
Si hubiera sido Joaquín, tú no sabrías dónde estaba el cuchillo.
Y si os hubierais compinchado para matarlo y esconder las pruebas, no te habrías preocupado tanto por su declaración ni habrías corrido a cambiar el arma de sitio.
Joaquín solo fue un testigo accidental del crimen, ¿no es así?
Cuando lo detuvieron y yo te conté lo que había averiguado la policía, comprendiste que debió de presenciarlo todo.
No tenías la seguridad de que aquella noche no te siguiera hasta la casa de Raquel, y por eso fuiste a recuperar el cuchillo en cuanto tuviste vía libre.
Así, llegado el caso, sería tu palabra contra la suya, y él no podría demostrar nada…
Un denso silencio las envolvió de nuevo. De pronto, los ojos de la joven se humedecieron y la barbilla se le descolgó. Su semblante estaba descompuesto.
—Pero tú… ¿cómo… cómo…?
Paula le habló de lo que había descubierto cuando entró en el baño de su casa y de la conversación telefónica que luego mantuvo en el coche con su compañero de despacho.
—Había algo que no terminaba de cuadrarme, pero no podía estar segura de nada —admitió la abogada—. Fueron tus preguntas sobre Joaquín las que me hicieron sospechar. Y cuando te vi en la calle a esas horas, siguiendo el mismo camino que aquella vez…
La chica no respondió y desvió la vista al mar. No lloraba, pero el terror se había apoderado de sus facciones.
—¿Tú mataste a Nacho, Alba? —le preguntó Paula a bocajarro.
Ella se encogió como si hubiera recibido un puñetazo en el estómago.
—Te juro que yo no quería… Yo no quería…
—No creo que el cuchillo se le clavara solo. Y menos en dos ocasiones y con ese grado de perforación —replicó la abogada con voz gélida.
Alba negó con la cabeza. Le temblaba todo el cuerpo. Las lágrimas comenzaron a rodarle por la cara y a impactar en la arena dibujando círculos oscuros.
—Fue esa droga. Fue el tusi…
Paula la contempló atónita.
—¿El tusi? Pero ¿tú…?
—¡Él me obligó! —gimió con desesperación—. Yo solo quería encajar, impresionar a Carlos…
—El chico que te gustaba.
—Sí. Nacho iba muy pasado… Se había presentado en la fiesta con cocaína rosa y estaba invitando a sus amigos y a otra gente.
Carlos la probó y entonces… —La voz se le entrecortó y tuvo que tragar saliva—.
Entonces a Nacho se le ocurrió que yo también lo hiciera.
Creo que se dio cuenta de que estaba enamorada como una tonta de Carlos —se lamentó, y los ojos se le ensombrecieron—.
Quiso aprovecharse de mí, divertirse a mi costa. Supongo que esperaba que yo me negara…
—Joder, Alba…
—Fue horrible —murmuró—. Todo me daba vueltas, y además había bebido… No sabía lo que hacía. Creo que por eso intenté besar a Carlos. Jamás lo habría hecho si no fuera por…
Rompió a llorar y Paula supo que no mentía.
La conocía. Era tímida y apocada, y el bullying que había sufrido la había convertido en una persona aún más retraída.
Ese amago de beso delante de tanta gente, y sobre todo delante de alguien que la había estado acosando tan solo unas semanas atrás, no encajaba con su forma de ser.
Pero bajo los efectos de una sustancia psicotrópica que producía euforia y desinhibición tenía todo el sentido del mundo.
¿Cómo no se había dado cuenta antes? Andrés mencionó en su declaración que Nacho estaba compartiendo la droga con otras personas.
Una de ellas, ahora lo entendía, era Alba.
—Eso explica tu reacción cuando Nacho se rio de ti en la fiesta.
Por eso cogiste el cuchillo y te lanzaste contra él, ¿no?
—dedujo entonces Paula, hablando muy despacio—.
Todo el mundo lo decía: que no eras violenta, que nunca te quejabas y que aquello no era propio de ti. Y tampoco matarlo después…
Alba suspiró con pesar. Negó que hubiese planificado vengarse de Nacho. Simplemente estaba sentada en el banco y él apareció.
—¿Qué pasó, Alba?
—Yo… yo no tenía ni idea de que él volvería a casa a esas horas. Entré en pánico. Me descontrolé… Te juro que yo no quería hacerle nada. Fue… fue por miedo.
Ya le había jurado muchas cosas a lo largo de aquel proceso y ninguna había resultado ser cierta. Sin embargo, en aquella ocasión parecía decir la verdad.
Las palabras del médico forense cuando explicaba los efectos del tusi resonaron en los oídos de Paula: «Puede producir sensación de euforia, aumento de la energía y desinhibición, pero también incremento del ritmo cardiaco, distorsión de la percepción, ansiedad, ataques de pánico e incluso paranoias.
Todo ello se prolonga entre dos y ocho horas».
Ataques de pánico…
—Si me lo hubieras dicho, habríamos pedido una prueba, Alba. ¡Habríamos intentado demostrar que esa droga te influyó de forma decisiva! Que no eras tú misma.
—Sí, pero habría ido a la cárcel igualmente, ¿no?
Paula tuvo que reconocerle que sí. Quizá la pena hubiera sido inferior, pero eludir la condena se le antojaba imposible.
Entre sollozos, Alba le confesó que en aquel momento la aterrorizaba la idea de ir a la cárcel y que, si una cosa aprendió en el caso por acoso en el anterior colegio, fue que mintiendo podían ganarse los juicios.
Ella dijo la verdad la otra vez y perdió.
Perdió a pesar de ser la víctima. Así que decidió mentir para salvarse.
No estaba dispuesta a pagar por la muerte de alguien como Nacho.
—Pero yo te habría ayudado, te habría aconsejado —insistió Paula—. A mí no tenías por qué mentirme. Tengo obligación de secreto profesional. Y tú lo sabías.
La chica se volvió hacia ella y la miró fijamente.
—¿Me habrías defendido igual sabiendo que era culpable? ¿De verdad? ¿Te habrías esforzado tanto como lo has hecho?
Paula acusó el golpe. En el fondo de su corazón, sabía que tenía razón.
Inevitablemente, su entrega habría sido menor.
Y jamás se habría atrevido a apuntar contra inocentes para salvarla.
Ese era su mayor punto débil como abogada, y Alba parecía haberlo detectado desde el principio. ¿Tanto se notaba?
Se pasó la lengua por los labios y pensó que lo mejor era reconducir la conversación al momento del crimen.
Aunque pareciera obvio que Alba era la asesina, había varias circunstancias que no lograba encajar del todo.
Se había pasado toda la noche pensando en ellas sin dar con una respuesta satisfactoria.
Para empezar, ¿cómo podía ser que el cuerpo de Nacho hubiera quedado con la cabeza apuntando a lo alto de la cuesta?
Si Nacho bajaba la cuesta cuando se topó con Alba y, tras un forcejeo, ella lo apuñaló, el cadáver tendría que estar mirando hacia el paseo marítimo, en dirección a la Primera playa de El Sardinero.
Cuando se lo planteó a Alba, ella dejó salir el aire lentamente de los pulmones.
Después le confesó que esa parte del relato contenía algunas mentiras.
Había visto a Nacho bajando la cuesta, sí, pero ella no se levantó cuando él se acercó, como había declarado en el juicio.
En realidad, se quedó en el banco muerta de miedo, incapaz de mover un músculo mientras él la llamaba Cuervo y le decía que ya no era tan valiente.
Nacho la rebasó riéndose a carcajadas, como si fuese a pasar de largo, pero en el último instante se giró y se sentó a su derecha mientras la observaba con furia.
Paula visualizó la escena. Eso situaba a Alba mirando hacia el paseo marítimo y a Nacho de cara a lo alto de la cuesta. Ahora sí cuadraba con la situación del cadáver.
—Pero ¿cómo puede ser que Nacho no viera el cuchillo en el suelo al sentarse a tu lado? —inquirió entonces—. Podría incluso haberlo pisado.
Alba bajó la vista.
—Porque no había ningún cuchillo en el suelo.
No se me cayó en ningún momento —reconoció sombría—.
Estuvo siempre en el bolsillo de la cazadora.
Cuando conseguí reaccionar, me puse de pie y quise escapar, pero él fue más rápido y me empujó.
Me caí hacia atrás y él dio un paso hacia mí.
Me miraba con odio y pensé… Me asusté mucho y al levantarme…
La voz se le estranguló y Paula comprendió cómo terminaba la frase.
—Fue algo instintivo, ¡lo juro! —gimió Alba haciendo un aspaviento—. Fue como lo del beso a Carlos… Como si no fuera yo… De repente, vi que Nacho caía al suelo y que el cuchillo tenía sangre…
Paula se mordió los labios y esperó a que continuara.
Con la mirada perdida en el otro lado de la bahía, Alba le confesó que se quedó junto al cuerpo, de rodillas, incapaz de reaccionar y sin poder creerse que aquello fuera real.
Permaneció varios minutos así, inmóvil, hasta que de pronto comprendió que, si no se alejaba de allí, alguien podría descubrirla y acusarla del crimen.
Se obligó a pensar que Nacho se merecía lo que le había pasado y corrió a refugiarse en una calle cercana a su casa.
Comprobó a la luz de una farola que no se había manchado de sangre.
Después, sintió una arcada y vomitó sobre un trozo de césped.
—No sabía qué hacer. Estaba sola y ya no había marcha atrás. Entonces pensé en Raquel… Ella era la única que podía ayudarme. Creí que ella me entendería. Me diría qué hacer. Odiaba a Nacho tanto como yo…
—Pero no te cogió el teléfono.
Alba negó con la cabeza. Según ella, todo lo que había dicho en el juicio sobre eso era verdad. Fue hasta la casa de su amiga y allí volvió a llamarla con la esperanza de que contestase y saliera a la calle.
—Y entonces vi la caseta de aperos. Había estado varias veces en el jardín jugando con el perro de Raquel y sabía que el muro al que está pegada tiene bastantes irregularidades. Pensé que si separaba la caseta un poco, podría dejar el cuchillo encajado en algún hueco, oculto…
—Y no te equivocaste.
—No… La caseta pesaba mucho, pero conseguí moverla y colocar el cuchillo.
Luego la devolví a su sitio. Creí que la policía no buscaría allí aunque se enterara de que antes había estado llamando a Raquel.
Ella no me había cogido el teléfono, así que en principio no tenía sentido que fuera hasta su casa.
—Y creíste bien —concluyó Paula, muy a su pesar—. Pero ¿y tu cartera? ¿Qué pasó con ella?
Alba dijo que se dio cuenta de que no sentía su peso en la cazadora cuando se disponía a saltar el muro de la casa para esconder el cuchillo.
Estaba convencida de que antes de cruzarse con Nacho la tenía consigo, porque en el banco sí la había notado.
Dedujo que se le habría caído cuando él la empujó, o al sacar el cuchillo.
Tras ocultar el arma, volvió allí para buscar la cartera. Pero ya no estaba.
—Entonces ¿es cierto que moviste el cadáver y te manchaste así, buscándola?
Ella inclinó la cabeza con gravedad y le explicó que enseguida pensó que alguien debía de haber pasado por allí, porque al registrar el cuerpo se percató de que también faltaba el móvil de Nacho. Era demasiado extraño. Al menos en la fiesta él lo tenía.
—Y por eso, después de que la fiscal dejara entrever con sus preguntas de hace un año que podían demostrar que te cruzaste con Nacho, e incluso que sabían algo sobre tu cazadora, decidiste cambiar de estrategia, ¿no?
—dedujo Paula—. Te diste cuenta de que todo podría complicarse y diseñaste la teoría de que el asesino era la persona que se había llevado tu cartera. Y, quizá, también el teléfono de Nacho.
—Pensé que sería lo más creíble, sí… —admitió con un murmullo.
—Y cuando fui a verte a la cárcel después de que se decretara la prisión provisional, hiciste que yo misma creyera que la idea se me había ocurrido a mí…
—Sí…
Paula suspiró, decepcionada.
—Pero ¿por qué se llevó Joaquín tu cartera? No lo entiendo.
Alba admitió que ella tampoco lo entendía. No había ningún motivo.
Paula redujo la distancia que las separaba y la miró a los ojos. Esa chica no había hecho más que manipularla y mentirle. ¿Cómo había sido tan ingenua?
—Alba, ese hombre es inocente. Tú lo sabes.
La joven tragó saliva.
—No puedo volver a la cárcel, Paula. No puedo… —musitó con desesperación.
A la abogada se le encogió el corazón. Si Alba no hablaba, ella tampoco podría hacerlo.