134. Justicia
Justicia
Santiago dejó correr el chorro de agua en el fregadero. Habían terminado de cenar hacía una hora y, después de jugar una partida de cartas con su madre, la había acostado. Enfrascado en sus pensamientos, empezó a limpiar los platos antes de meterlos en el lavavajillas.
Esa mañana había visto a la abogada Paula Soler y a los padres de Alba Ferrero saliendo del palacio de justicia con la chica.
Todos emocionados y felices. Y aliviados.
Ahora lamentaba haberla enviado a prisión durante más de un año.
Sin embargo, seguía convencido de que el fallo no había sido suyo, ni tampoco de Sorozábal y su equipo.
Los indicios apuntaban a ella desde el principio, y las mentiras o medias verdades de los testigos, incluida la magistrada Olivia Canals, habían estado a punto de condenarla.
No había tenido oportunidad de hablar con la madre de Nacho Guerra, aunque se la imaginaba desconcertada por lo sucedido y, al mismo tiempo, reconfortada, porque a veces lo más importante no es hacer justicia, sino evitar que se cometa una injusticia.
Y Olivia, como jueza, era quien mejor podía entenderlo.
Con quien sí había hablado esa tarde era con Murrieta, y el magistrado le había reconocido que, aunque solo era un pálpito, tenía la convicción de que, de haber llegado hasta el final, el veredicto habría sido de culpabilidad. Y el sistema habría fallado.
—Menudo día, ¿eh? —le dijo Macarena, y lo rodeó por detrás con los brazos.
Para la periodista también había sido caótico, con dos bombazos informativos que, además, estaban íntimamente relacionados.
Por fortuna, ningún medio, tampoco su emisora ni el programa Las tardes con Penélope , se ensañaba con la labor de los investigadores y del juez instructor en el caso del «crimen del Carnaval».
—Ven a relajarte un rato, anda —le propuso ella.
Santiago cerró el lavavajillas y se dejó llevar de vuelta al salón.
Mientras tanto, en el número 26 de Joaquín Costa, Paula celebraba el triunfo con Alba, el pequeño Nico y sus padres.
Esa tarde, después de haberse despedido efusivamente por la mañana frente al palacio de justicia rodeados de una nube de reporteros, Sofía la había llamado para invitarla a cenar y ella aceptó encantada.
La imagen de Alba llorando de alegría a la salida de la sala de vistas, tras recuperar su libertad, se le había quedado grabada en la retina y no la olvidaría jamás.
Eran casi las doce y media cuando, tras una larga sobremesa, Paula se levantó para ir al servicio.
Sofía se ofreció a guiarla por el lujoso dúplex que, según ella, venderían lo antes posible.
No querían ver más aquel banco de madera que tan malos recuerdos les traía y estaban pensando en cambiar de ciudad para empezar de cero.
Quizá en Madrid, donde no les faltaría trabajo.
—Es ahí, la primera puerta a la derecha.
Paula le dio las gracias a esa mujer que parecía haber vuelto a la vida tras aquel descenso a los infiernos y entró en un baño inmenso e impoluto.
A un lado había una ventana que daba a la calle Joaquín Costa.
Sin saber muy bien por qué, la abrió y se asomó.
Corría una agradable brisa, pero sintió un escalofrío al divisar el lugar donde había yacido el cadáver de Nacho Guerra. Entendió perfectamente a Sofía.
Cerró la ventana, se frotó los brazos para entrar en calor y luego metió la mano en el bolsillo interior de la americana para coger el móvil y ver si tenía alguna notificación. Al hacerlo, tocó algo que había junto al teléfono: un paquete de pañuelos. Y, de pronto, algo se removió en su interior.
No supo identificarlo al instante, pero el vello se le erizó y fue como si un recuerdo le estuviera gritando desde el fondo de su memoria.
Confusa, se sentó en la taza y se retorció un rizo.
Entonces se produjo un estallido en su mente, como un trueno, y las imágenes del juicio se sucedieron en su cabeza envueltas en una espiral, enredándose unas con otras a un ritmo vertiginoso.
Oyó la voz de Andrés retumbándole en los oídos y de repente lo comprendió.
Se apresuró a sacar el móvil para hacer una comprobación y enseguida encontró en el correo electrónico el archivo que buscaba: el atestado del «crimen del Carnaval».
Pasó páginas febrilmente y se detuvo en el acta de la inspección ocular.
Allí estaba: la descripción de la cartera de Nacho y su fotografía.
Se trataba de un modelo de una marca de surf, de unas dimensiones de 14 x 9,1 centímetros, de color negro, con triple hoja y fabricada con lona de algodón y poliéster.
Retrocedió unas páginas. Tal como había explicado uno de los miembros de la policía científica durante su interrogatorio, los agentes la habían encontrado en uno de los dos pequeños bolsillos laterales de la cazadora de la víctima.
En concreto, en el izquierdo. El mismo en el que, según Andrés, Nacho guardó el teléfono tras ver que se le había apagado.
En el juicio, había pasado por alto aquel dato mencionado por Andrés, y de repente se daba cuenta de la trascendencia que podía tener.
Ella siempre había dado por sentado que la noche del crimen Nacho llevaba el móvil y la cartera en bolsillos distintos.
Siempre había pensado que el asesino cogió del suelo la cartera de Alba creyendo que era de la víctima y que, a continuación, encontró el teléfono de Nacho nada más empezar a registrar el cuerpo.
Y por eso se marchó sin imaginarse que en otro bolsillo estaba la cartera del chico.
Pero el hecho de que Nacho hubiera guardado su móvil y su cartera juntos, en el mismo bolsillo, podía cambiarlo todo.
Comprobó en internet las medidas del teléfono. La cartera de Nacho era más grande.
Teniendo en cuenta el reducido tamaño del bolsillo de la cazadora del joven y que el cuerpo estaba boca abajo, se antojaba muy improbable, por no decir imposible, que al deslizar la mano, Joaquín no hubiera notado que allí había algo con forma y tacto de billetera.
Pero de ser así, tendría que haberse percatado de la existencia de dos carteras en el lugar.
¿Por qué entonces decidió llevarse la que estaba tirada en el suelo?
De pronto, una idea le sobrevoló la mente. No, no podía ser que hubiera cogido la cartera de Alba a propósito, sabiendo que le pertenecía. Eso no tenía sentido. ¿Para qué iba a hacerlo?
Sacudió la cabeza y se dijo que quizá Joaquín no se dio cuenta.
Seguramente estaba tan alterado que no reparó en la cartera del bolsillo.
Todo debió de suceder como Belmonte había expuesto esa mañana.
Aunque aún faltaban algunas comprobaciones, como que se confirmara que las manchas de sangre halladas en la cazadora de Joaquín correspondían a la víctima, el caso estaba resuelto.
¿Para qué complicarse la vida? ¿Para qué dudar ahora?
—¿Todo bien, Paula? —le preguntó Sofía desde el pasillo.
Sobresaltada, comprobó que llevaba demasiado rato en el baño. Se apresuró a contestar que algo le había sentado mal y salió al cabo de unos segundos.
Al volver al salón, vio que la mesa ya estaba recogida.
—Ha sido una noche estupenda —le dijo Sofía sin poder reprimir un bostezo, y Julio lo corroboró con una sonrisa—.
Paula, discúlpanos, nosotros estamos agotados y vamos a acostarnos ya.
Ha sido un día de muchas emociones. Pero Alba y tú podéis quedaros el tiempo que queráis, por supuesto.
Gracias por todo, de verdad. No sé si alguna vez podremos compensarte lo que has hecho por nosotros…
La abogada se obligó a devolverles la sonrisa y les dijo que había sido un placer. A continuación, anunció que ella también se marchaba y se dirigió a una salita cercana a coger el abrigo y el bolso.
Cuando se dio la vuelta, se encontró a Alba apoyada en el marco de la puerta. La estaba mirando fijamente. Y se retorcía la nariz.
—Entonces… ¿tú crees… tú crees que él declarará mañana?
Era la cuarta vez que se interesaba por la declaración de Joaquín Martos, y aquella pregunta aumentó la inquietud de Paula.
¿Acaso Alba ocultaba algo? Durante la cena ya le había explicado que, hasta donde ella conocía, el jefe de estudios se había negado a hablar ante la policía y que en unas horas sería puesto a disposición judicial.
Lo que hiciera ante el juez era un misterio.
—No conozco a su abogado. Lo siento, pero no puedo decirte lo que le aconsejará —murmuró mientras clavaba los ojos en sus pupilas, tratando de bucear en ellas.
Por un instante, tuvo la impresión de que la ansiedad estaba devorando a la joven, pero se dijo que no eran más que imaginaciones suyas. Necesitaba dormir.
Veinte minutos más tarde, estaba sentada en su coche, aparcado a pocos metros del edificio donde vivía esa familia.
Había releído varias veces el atestado del caso y no podía evitar seguir dándole vueltas a lo mismo.
Sentía la necesidad de llamar a sus compañeros, de compartir con ellos ese dato que no parecía encajar, aunque al mismo tiempo temía que ya estuvieran durmiendo.
Le había mandado un wasap a Álvaro, pero no había recibido respuesta.
Al final, marcó su número y probó suerte.
El abogado contestó al quinto tono con voz somnolienta.
Sin embargo, en cuanto ella le adelantó lo que ocurría, le prestó la máxima atención.
—No sé, Paula, puede que Joaquín no se fijara… —dijo después de que le hubiera expuesto sus reflexiones—. O igual Andrés se confundió: quizá Nacho se guardó el móvil en el otro bolsillo. Podría ser, ¿no?
Estuvieron debatiéndolo durante más de un cuarto de hora y Paula acabó convenciéndose de que se había preocupado de forma innecesaria.
—Venga, anda, vete a casa y descansa. Ha sido un día muy largo y ya deliras —le dijo Álvaro con sorna, y se despidieron.
Iba a poner el motor en marcha cuando algo captó su atención. Alguien salía del portal número 26. Una sombra que se movía con cautela, furtivamente.
Alba.
Paula apagó la luz interior del vehículo y aguardó. Alba acababa de meterse por una calle aledaña, la misma que tomó la noche del crimen.
Tras unos segundos de vacilación, la abogada decidió bajarse del coche y echó a andar tras ella manteniendo una distancia prudencial.
Alba accedió a la calle Duque Santo Mauro y Paula la vio apartarse del área donde una cámara la había grabado hacía algo más de un año. Después, contempló cómo seguía subiendo y giraba a la izquierda, en lugar de continuar hacia Reina Victoria.
Aquello confirmó su presentimiento. No podía ser una casualidad. Y no creía que Alba fuera a hacer una visita a su amiga Raquel a esas horas.
Apretó el paso y poco después dobló la esquina. La chica ya no estaba allí. Parecía haberse evaporado.
Se acercó al número 45 de la avenida Pérez Galdós con zancadas lentas y se asomó por encima del muro, que era bastante bajo y fácil de escalar para una persona joven.
No había luz en la fachada, pero la claridad de la luna permitía atisbar los exteriores de la casa, y sintió que se mareaba.
Allí estaba Alba, en el jardín que había en un lateral de la propiedad.
La acompañaba el perro guardián, que no ladraba porque la conocía.
La chica se encontraba de espaldas a ella, a bastantes metros de distancia, y en ese momento se inclinaba sobre una caseta de aperos pegada al muro.
Era la misma en la que ese martes había visto apoyado al padre de Raquel.
Oyó un crujido y se percató de que Alba estaba arrastrando la caseta unos centímetros.
Corría un gran riesgo, porque si alguien se despertaba en la casa la descubrirían y sería complicado explicar qué hacía ahí.
Debía de tener un motivo de peso, y Paula estuvo segura de qué se trataba en cuanto vio cómo la joven se estiraba y parecía coger algo detrás de la caseta, en el hueco que había quedado. ¿Cómo no se le había ocurrido antes?
Se pasó la mano por la frente, impregnada de sudor.
¿Qué debía hacer? Se planteó llamar al timbre o buscar otra forma de alertar a los propietarios de la casa para que la sorprendieran en el acto.
Sin embargo, eso supondría atentar contra el principio básico de la abogacía, el más elemental: la lealtad al cliente.
No, no podía hacer eso, ni tampoco avisar a la policía. Sería traicionarse a sí misma.
De repente, vio que Alba colocaba la caseta en su sitio y daba media vuelta. En la mano llevaba algo que refulgía bajo la luz de la luna.
Paula retrocedió y se apresuró a cruzar al otro lado de la calzada. No debía saber que estaba allí. Corrió a esconderse tras un coche aparcado y, desde su posición, contempló con impotencia cómo la chica saltaba el muro y se perdía calle abajo.