La doble víctima 133. Libertad
97%

133. Libertad

Libertad

La ansiedad la estaba devorando. En aquel minúsculo calabozo del palacio de justicia, Alba siempre tenía la impresión de que el tiempo se arrastraba con lentitud, pero esa mañana era distinto.

Le parecía que la espera se estaba alargando más de lo habitual.

¿Cuánto llevaba allí? ¿Más de una hora? ¿Por qué no la llevaban ya a la sala de vistas?

En teoría, el magistrado se iba a pronunciar sobre la suspensión del juicio solicitada por Paula.

¿Podía deberse a eso la demora? Sin embargo, ella había entendido que lo comunicaría con ella delante…

¿O quizá no se estaban retrasando y todo se debía a una percepción exagerada de su mente, azotada por los nervios?

Desde que concluyó la sesión del día anterior, la sangre no había dejado de martillearle la cabeza, como si en cualquier momento fuera a atravesarle las sienes, y un agudo e inquietante zumbido se había adueñado de sus oídos.

A veces sentía vértigos, y por eso procuraba mantenerse sentada o tumbada, aunque el cuerpo le pidiera caminar deprisa o incluso correr, de haber podido hacerlo.

Sabía que, al finalizar el día, pasara lo que pasase, su vida habría cambiado para siempre.

Unos gritos la sacaron de su ensimismamiento.

Trató de ahogar sus jadeos para oír mejor.

¿Era Paula? Sí, juraría que era su voz. Parecía muy alterada y discutía con alguien, probablemente el agente encargado de la vigilancia.

¿Qué estaba ocurriendo? Notó que el pulso se le disparaba, y por un instante temió sufrir un colapso y que sus venas reventaran.

De pronto, se produjo un fuerte estrépito en el pasillo, y Alba dedujo que alguien había abierto la puerta que daba acceso a los calabozos y la hoja se había estrellado contra la pared.

Se puso en pie de un salto y acercó el rostro a la mirilla de su celda, pero desde ese ángulo no podía ver qué ocurría.

Oyó pasos apresurados.

Y luego una risa. Una risa femenina y alegre que flotó hasta la celda.

La de Paula.

Con el corazón a punto de estallarle, Alba comprendió que aquello no podía deberse simplemente a que el magistrado hubiera accedido a suspender el juicio. Tenía que haber algo más.

Un instante después, el rostro radiante de la abogada se materializó ante ella.

Tenía los ojos llorosos, pero en ellos no había tristeza.

Era puro éxtasis.

—Ya está, Alba, ya está… —exclamó Paula mientras el guardia abría la puerta de la celda—. Van a liberarte. Lo tienen. Tienen al culpable —anunció, y entonces se lanzó a abrazarla.