132. Un torrente de emociones
Un torrente de emociones
Paula entró jadeando en un amplio despacho. Sentados en torno a una mesa ovalada, la esperaban el magistrado Murrieta, la fiscal Calderón, el abogado Villar y el juez instructor Belmonte. Todos tenían el semblante serio.
Murrieta le pidió que tomara asiento y después le anunció a bocajarro su decisión de suspender el juicio, en vista de las nuevas circunstancias. Ella lo celebró por lo bajo, pero a la vez le dirigió una mirada de incomprensión. ¿A qué nuevas circunstancias se refería?
Belmonte tomó la palabra y le relató a grandes rasgos lo acontecido en las últimas horas, informándola de cómo se había producido la detención del jefe de estudios del colegio Picos de Europa y su situación actual.
No le facilitó el nombre de los hermanos traficantes porque lo consideraba prematuro, pero sí le dio suficientes datos para que comprendiera por qué se había abierto una instrucción suplementaria de manera urgente y por qué iba a poner en libertad a su clienta.
Todo quedaría reflejado en el auto de revocación de la prisión provisional, que le notificarían en breve.
—Entonces ¿Alba queda libre? —farfulló Paula sin ocultar su asombro. Todavía no se atrevía a dar crédito a lo que acababa de escuchar.
Santiago se lo confirmó y la abogada se obligó a reprimir un grito de alegría.
—Entonces… entonces Nacho no era un camello. Y sus padres tampoco estaban implicados… —murmuró ella, casi en conversación consigo misma—. Todo se lo daba Joaquín Martos. Y él fue quien se llevó la cartera de Alba… Madre mía.
A Paula la teoría de la confusión de las carteras ya se le había ocurrido tiempo atrás.
Por eso estuvo preguntando por su extraña desaparición a lo largo del juicio, con la idea de incidir en ello en su alegato final, pero jamás se habría imaginado que quien estaba detrás de todo aquello era Joaquín Martos, el único que aceptó reunirse con los padres de Alba tras la detención, el único que se prestó a ayudarlos en lo que pudiera.
Ahora lo entendía: era el pretexto perfecto para obtener información, para enterarse de lo que Alba podía haber visto u oído aquella noche. ¿Cómo no se había dado cuenta?
Recordó lo que Sofía le contó sobre ese hombre la vez que acudieron a su casa en busca de respuestas: la historia de la traumática pérdida de su hija pequeña, arrollada por una furgoneta cuando él la esperaba aparcado en doble fila; cómo, atormentado por la culpa, cayó en una depresión; el muro que acabó alejándolo para siempre de su mujer…
Según le acababa de decir el juez, Nacho Guerra debió de suponer que fue en ese periodo cuando el hombre empezó con las drogas o recurrió a ellas, y así se lo soltó en aquella conversación grabada que estaba en su teléfono.
Y el jefe de estudios no lo negó. Seguramente jamás se figuró que aquella decisión desesperada, y a todas luces equivocada, lo conduciría a ser extorsionado por un alumno y a terminar matando para preservar su secreto.
Sintió náuseas al pensar en lo que aquel hombre había hecho y en la forma en que llevaba fingiendo durante más de un año, todo para evitar que la verdad saliera a la luz.
En el juicio había mantenido cierta equidistancia, y quizá incluso deseara que Alba fuera absuelta, pero ¿y si el jurado hubiera acabado declarándola culpable?
¿Se habría quedado callado? ¿Habría tenido esa sangre fría?
Intentó quitárselo de la cabeza y concentrarse en Alba, en su clienta.
Necesitaba verla.
Necesitaba explicárselo todo y sacarla de allí.
—¿Y ahora cómo procedemos? —preguntó mientras un torrente de emociones le atravesaba el cuerpo.
Murrieta consultó su reloj. Iban con mucho retraso.
—Les veo en la sala de vistas —dijo mientras se ponía en pie con solemnidad—. Anunciaré la suspensión del juicio para proseguir con la nueva investigación abierta y daré unas explicaciones someras. Cuando transcurran los cinco días que prevé la ley, el jurado quedará disuelto.
—¿Y Alba?
—Podrá marcharse en cuanto termine el acto. La policía ya está informada.
—¿Está aquí?
—Sí, en los calabozos.
Paula se levantó atropelladamente y echó a correr.