La doble víctima 131. Un seguro de vida
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131. Un seguro de vida

Un seguro de vida

—¡Mamá, pon música! —protestó Martín mirando a Paula desde el asiento trasero del coche.

La última sesión del juicio empezaba a las diez y la abogada había decidido llevar a su hijo al colegio antes de dirigirse al complejo judicial.

Eran ya demasiados días alejada de su familia.

Sabía que no podía bajar la guardia en un momento como aquel, pero Teresa la había convencido de que ese rato con el pequeño la ayudaría a oxigenarse y pensar con más claridad.

En la radio estaban informando de las numerosas detenciones que se habían practicado la noche anterior en el marco de una gran operación antidroga liderada por el mismísimo juez Belmonte.

Ella quería seguir escuchando, pero cedió ante la insistencia del niño y cambió de emisora.

En esos instantes no podía imaginarse que aquella investigación derivaba de un seguimiento realizado a Rafael Santamaría un año atrás.

Tampoco que, con su actuación en el juicio, había provocado un efecto dominó que, entrelazando ambos casos, había culminado en el hallazgo del sospechoso alternativo que tanto tiempo llevaban buscando.

Alba se había salvado, pero su abogada aún lo ignoraba.

Paula empezó a intuir que algo inusual sucedía cuando le sonó el móvil y vio el número de una centralita. Extrañada, le pidió a Martín que guardara silencio y respondió. Era una de las funcionarias de la Audiencia Provincial. Necesitaban que se presentara allí cuanto antes.

Cuarenta minutos después, cuando la abogada ya estaba llegando al palacio de justicia, Santiago se reunía en su despacho con Edmundo Murrieta.

Encima del escritorio había un teléfono con el altavoz activado.

Al otro lado de la línea se encontraba Sorozábal para ponerlos al corriente de las novedades de última hora.

Abrumado por las pruebas de tráfico de drogas que le habían puesto sobre la mesa y por las insinuaciones sobre su posible implicación en el asesinato de Nacho Guerra, Hamilton se había desmoronado y acababa de hablar.

A cambio, había conseguido que le garantizasen que a él y a su hermano se les rebajaría la pena sustancialmente, tanto como la ley permitiera.

Aún se estaba redactando la declaración formal, pero el camello había reconocido que Nacho Guerra fue su cliente hasta mediados de enero de 2023.

Después, según él, no volvió a verlo. En cambio, otro de sus clientes, un hombre llamado Joaquín, de pronto empezó a demandarle más mercancía.

Eso no le llamó la atención, pero sí el hecho de que el 10 de febrero de aquel año Joaquín le encargara tusi y que, al decirle que él no pasaba eso, se mostrara desesperado.

Por aquel entonces muy pocos movían esa droga en la región y le costó mucho conseguirla.

Poco después, se enteró de que aquel chaval, Nacho, había muerto apuñalado.

Y lo más extraño fue que, a los pocos días, uno de los amigos del chico, Andrés, le preguntó si él le había vendido gramo y medio de tusi.

Le pareció raro porque aquellos adolescentes no compraban ese tipo de droga y les habría sido difícil pagar esa cantidad.

Se dijo que quizá se trataba de una casualidad y no le dio más importancia.

Sin embargo, sí le sorprendió que, tras esa conversación, Andrés jamás volviera a comprarle nada.

Luego se olvidó del asunto, hasta que empezó el juicio.

El martes por la tarde, mientras conducía el taxi, oyó en la radio que, según los informes forenses, la víctima había consumido la noche del crimen varias sustancias que habitualmente componían el tusi.

También se enteró de que uno de los miembros del jurado había recibido un anónimo y que Andrés Gil, uno de los mejores amigos del chico asesinado, no se había presentado a declarar y estaba hospitalizado por una sobredosis.

Varios tertulianos opinaban que sabía algo y se había puesto nervioso.

Al parecer, la abogada de la defensa estaba destapando varias lagunas e incoherencias en la tesis de las acusaciones.

Al oír aquello, se preguntó si Andrés no sería el autor de ese anónimo.

¿Y si el chaval seguía pensando que él le había vendido todo ese tusi a su amigo?

¿Y si creía que la muerte podía deberse a un asunto de deudas y lo señalaba como camello de la víctima, aunque en realidad no le suministraba nada desde hacía tiempo?

Empezó a inquietarse. La noche del crimen él estuvo trabajando con el taxi y paró varias veces en la zona del hotel Lábaro, donde se celebraba una fiesta.

No solo fue a recoger a gente, sino también a pasar droga a algunos clientes que tenía allí.

De hecho, incluso le presentaron a otros que, desde entonces, demandaban sus servicios.

En resumen, estuvo muy cerca de la escena del crimen, y había varios testigos que podían confirmarlo.

Si Andrés hablaba y lo detenían como sospechoso de asesinato, la cosa podía complicarse.

La policía diría que se trataba de un ajuste de cuentas.

La gente como él era el blanco perfecto de la justicia, un candidato mucho más agradable para la sociedad que la chica a la que se estaba juzgando.

Aunque no hubiera pruebas contra él, le sería difícil defenderse.

Y aunque quedara libre, ya podía olvidarse de su negocio con las drogas y quizá hasta le retiraran la licencia de taxi.

Esa misma tarde indagó un poco más y, al leer una noticia sobre el juicio en un periódico digital, se topó con una fotografía que lo dejó de piedra.

Era una imagen de un testigo declarando, tomada casi de espaldas.

El tipo, calvo, alto y corpulento, tenía un gran lunar en un lado del cuello que se extendía a la parte posterior.

Lo reconoció de inmediato sin necesidad de verle la cara.

Se trataba de Joaquín, su cliente, el que una semana antes del crimen le había encargado desesperadamente un gramo y medio de tusi.

No tardó en averiguar que ese hombre era el jefe de estudios del colegio del que era alumno Nacho Guerra en el momento de su muerte, y entonces ató cabos.

Se le ocurrió que, si le hacía una visita a ese profesor y lo grababa confesando que él le había suministrado el tusi a Nacho, estaría en condiciones de eliminar de un plumazo las sospechas que la policía pudiera albergar contra él en caso de que Andrés lo acusara de venderles drogas; si él no le había dado la droga a Nacho, obviamente tampoco podía haberlo matado, no había motivo.

Y, además, tendría una baza para negociar con la fiscalía en el supuesto de que lo acusaran de tráfico de drogas. Quizá hasta lo dejaran libre.

Llamó a su hermano para contárselo y se vieron en un bar, pero Máximo le quitó importancia; la acusada era aquella chica y parecía que había indicios de sobra contra ella.

¿Por qué iba Andrés a creer otra cosa y a complicarlo todo?

Aun así, se ofreció a acudir al juicio para comprobar si el chaval terminaba declarando y qué decía.

Finalmente, Andrés sí se presentó en la sala de vistas y acabó sucumbiendo a la presión de la abogada de la defensa.

Habló más de la cuenta, aunque, por suerte, no llegó a dar su nombre.

Pero aquella mujer pidió una nueva investigación y el magistrado anunció que tomaría la decisión al día siguiente.

Según Hamilton, si ese tal Murrieta se hubiera negado a abrir una nueva investigación, él no habría ido a ver a Joaquín.

Pero, ante esa incertidumbre y el riesgo de que Andrés se fuera aún más de la lengua, acordó con su hermano que aquello no podía esperar.

Se trataba simplemente de procurarse un seguro de vida por lo que pudiera pasar. ¿Qué perdía?

Llamó a Joaquín, que en ese instante salía del colegio, y se citaron en el punto de entrega habitual.

Pero la estrategia de grabar la conversación no le funcionó.

Tuvo la impresión de que había adivinado desde el primer momento lo que pretendía y que por eso se resistía a reconocerle lo evidente.

Llegó a pensar que quizá había leído algo sobre el juicio por el camino y se olió la maniobra.

Frustrado, quiso sacarle la verdad a golpes, pero entonces apareció una mujer mayor y no tuvo más remedio que montarse en el taxi e irse de allí.

No se imaginaba, desde luego, que la Policía Nacional lo había seguido hasta Valdenoja.

Tampoco que, debido a esa vigilancia, se acabaría destapando todo.

—Que firme la declaración cuanto antes, inspector —ordenó Santiago acercando la boca al teléfono.

A su lado, Murrieta asintió satisfecho.

—Estamos en ello, señoría.

—Bien. Manténganos informados —dijo el juez de instrucción, y colgó.

Miró la hora. Los abogados y la fiscal tenían que estar a punto de llegar.