130. El robo que salió mal
El robo que salió mal
—No tiene sentido por dos motivos —dijo Sorozábal, y levantó la mano para enumerar con los dedos—.
El primero, porque alguien tuvo que matarlo.
Si no fue él, tuvo que ser ella, pero es imposible que Alba supiera todo lo que le estoy contando o que, por pura casualidad, se inventara una versión que ahora encaje como un guante con lo que hemos descubierto.
Y el segundo, porque Joaquín solo necesitaba llevarse el móvil de la víctima para hacer desaparecer la grabación y sus conversaciones de WhatsApp con el chico. Y, sin embargo, cogió algo más.
Las palabras del inspector iluminaron la mente de Santiago como un relámpago. Ahí estaba la pieza que faltaba. La que completaba el rompecabezas.
—Joder, ¡la cartera de hombre!
Sorozábal asintió y por un momento pareció que la animadversión que los dos se profesaban quedaba atrás, sepultada por el éxtasis de la revelación.
—El robo que salió mal fue lo primero que barajamos como hipótesis, y usted mismo lo sugirió cuando llegó a la escena del crimen, ¿recuerda, señoría?
—Perfectamente.
—El lugar, la hora, la gente que vive por allí…
Las circunstancias invitaban a pensar en ello.
Simular un atraco que se había descontrolado era su única posibilidad razonable para desviar nuestra atención del contenido del teléfono como motivo del crimen.
De no ser porque Nacho tenía su cartera, habríamos seguido esa línea de investigación.
Al menos inicialmente, hasta conocer la implicación de Alba.
Pero eso Joaquín no podía saberlo. No podía saber lo que había sucedido durante la fiesta.
Quizá ni siquiera de dónde había salido ese cuchillo que estaba en el suelo.
—Y por eso cogió la cartera de Alba, porque la confundió con la de Nacho —completó Santiago, y los ojos le centellearon como si una llama se hubiese encendido en su interior—.
Daría por sentado que era de Nacho y que se le habría caído durante el forcejeo con la chica —añadió, y luego lo invadió una sensación de culpabilidad y apretó los dientes—.
Joder, tendríamos que haber seguido indagando al ver que no aparecía el maldito teléfono.
—Yo también lo he pensado, señoría, pero los amigos habrían seguido sin hablar. No habríamos sacado nada en claro.
—Pero ¿cómo sabía Joaquín que llevándose el móvil enterraba su secreto para siempre?
Sorozábal, metódico, expuso dos teorías. Una: que el jefe de estudios no se planteó otra posibilidad y tuvo un golpe de suerte. Y otra: que, mientras seguía al chico por aquellas calles residenciales desiertas, escuchó los improperios a los que Andrés se había referido en el juicio.
—Según él, cuando vio que el móvil se le había apagado, Nacho empezó a soltar toda clase de barbaridades contra sus padres por no haberle regalado uno nuevo y porque tampoco querían pagarle la ampliación de la nube y se había quedado sin un montón de archivos.
A poco que Joaquín supiera de tecnología, ya podía deducir que no habría copias recientes.
Santiago pensó que eso encajaba con el hecho de que Joaquín hubiera conservado el teléfono de la víctima y la cartera de la chica, como si diera por sentado que la policía nunca sospecharía de él ni haría un registro de su domicilio.
Según su experiencia, no era extraño que los culpables escondieran en su casa algunos objetos que podían incriminarlos.
Preferían eso a correr el riesgo de que los vieran deshaciéndose de ellos o que, por azar, acabaran en manos de un tercero, como cuando la marea los devolvía a la orilla o alguien los encontraba en un lugar inesperado.
—¿El detenido sigue sin hablar? —preguntó el juez.
—Sí, pero está muy nervioso. Tenemos previsto ponerlo a su disposición en breve, cuando hayamos avanzado un poco más la investigación.
—De acuerdo. ¿Y Hamilton? Quizá sepa algo que nos ayude a arrinconar aún más al jefe de estudios. Él estuvo allí esa noche, inspector.
Sorozábal lo miró fijamente.
—¿A qué se refiere?
Santiago le reconoció que había cotejado el número de teléfono del camello con los listados remitidos por las operadoras en el caso del «crimen del Carnaval».
—¿Cree que puede estar implicado? —lo sondeó el juez.
El inspector balanceó la cabeza.
—No lo sé, tal vez fuese una casualidad. Pero algo sabe, está claro.
—Por cierto, ¿qué hay del teléfono y el ordenador portátil del jefe de estudios? ¿Han encontrado algo?
—Aún los estamos analizando, pero no creo que obtengamos nada útil.
Los dos son relativamente nuevos, de hace unos meses, y por lo que hemos visto el sospechoso no volcó el contenido de los dispositivos antiguos.
Y en el disco duro externo incautado tampoco parece haber nada reciente, aunque todavía es pronto para saberlo.
Suerte que no llegó a deshacerse del móvil de la víctima…
Santiago coincidió en esa última observación.
—El encuentro con Hamilton debió de alarmarlo —murmuró el juez—. Y, a poco que leyera lo que había sucedido en el juicio, tuvo que atar cabos. Debió de suponer que tarde o temprano iríamos a por él y por eso quiso tirarlo todo al mar. —Hizo una pausa—. ¿Qué cree usted que hizo con el cuchillo?
—A saber. No olvide que el crimen se cometió en El Sardinero y que él vive en la parte alta de Valdenoja, a casi tres kilómetros. No parece razonable que recorriera tanta distancia con un cuchillo ensangrentado. Por eso nunca lo encontramos. Buscamos en la dirección equivocada.
Santiago suspiró mientras se levantaba. Pensó en los siguientes pasos que debía dar.
El primero, sin duda, reunirse con Inés y con Murrieta para ponerlos al día.
Y, después, hablar con los abogados Villar y Soler para informarlos de la decisión que iba a tomar ante las nuevas evidencias: la inmediata puesta en libertad de la acusada.
Le estrechó la mano a Sorozábal y le dio las gracias.
—Por cierto, enhorabuena por el éxito de anoche —lo felicitó el inspector.
Santiago hizo una inclinación de cabeza y sonrió.