La doble víctima 129. Las respuestas
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129. Las respuestas

Las respuestas

Las respuestas que ansiaba llegaron a primera hora de la mañana.

Santiago vio el mensaje del inspector Sorozábal cuando salió de la ducha, a las siete y media.

Tras despedirse de Macarena, que estaba levantándose, puso rumbo a la comisaría de La Albericia, en Santander.

Mientras cogía el ascensor pensó en su madre, que aún dormía.

Esperaba que pudieran pasar más tiempo juntos el fin de semana.

En el coche, encendió la radio y comprobó que todavía no había saltado la noticia de la desarticulación de aquella organización criminal de taxistas cántabros dedicados al transporte y menudeo de droga, pero no tardaría en conocerse.

La operación Leo había sido un éxito rotundo.

Ninguno de los delincuentes había escapado, incluidos los narcos de Galicia, y los registros se habían saldado con abundante material incautado: armas blancas y de fuego, balanzas de precisión, herramientas para cortar la droga, dinero negro y, por supuesto, bolsas llenas de estupefacientes.

Todavía quedaba un largo camino por recorrer hasta que se los condenara, pero aquel golpe era fundamental.

Sin embargo, en los domicilios de Hamilton y DiCaprio no habían hallado nada relevante vinculado al «crimen del Carnaval».

Santiago hizo caso omiso de su estómago, que seguía en ayunas, y aparcó junto a la puerta de la comisaría. Avisó al agente de la entrada y Sorozábal enseguida salió a recibirlo.

En una sala de reuniones de la segunda planta, el inspector le expuso las novedades. Por su sonrisa, el juez supo que eran buenas noticias.

—Esto estaba en el móvil del chico asesinado —le dijo Sorozábal al tiempo que le mostraba la pantalla de un ordenador portátil y le señalaba un archivo de audio que tenía abierto—.

Podemos escucharlo, pero será más rápido que lo lea.

Aquí tiene la transcripción. Corresponde a la tarde del 20 de enero de 2023.

Es una conversación grabada a partir de las seis y media.

Santiago cogió el documento. Hizo memoria.

Aquel día fue cuando Nacho humilló a Alba en el colegio por última vez.

Esa tarde sus padres lo castigaron sin salir de casa, pero él los desobedeció, se fue y no regresó hasta bien entrada la madrugada.

Al día siguiente les pidió perdón por su comportamiento y no volvió a molestar a la chica hasta el día de la fiesta.

Intrigado, empezó a leer.

(Se oyen balones botando en la lejanía. Risas y gritos femeninos. Más cerca, una puerta que se abre. Pasos rápidos, furiosos).

Habla Joaquín Martos, o una persona con una voz muy similar: ¿Qué haces aquí? ¿Qué hacías ahí sentado en la grada?, ¿eh?

Contesta Ignacio Guerra o una persona con una voz muy similar: ¿Es que no puedo ver cómo entrenas a las chicas? Este pabellón es un espacio público, ¿no? (Risa breve).

J.: No puedes estar aquí. ¿Y tus padres? ¿Te han dejado salir después de lo que ha pasado?

I.: No. He tenido que escaparme. Por cierto, me vendrá muy bien tu dinero esta noche. Y lo otro también. Muy agradecido. (Risa breve).

J.: ¿Has sido tú? Hijo de pu…

(Ruido de forcejeo).

I.: ¡No me toques! ¿Me has oído? ¿O quieres que le diga a todo el mundo lo que te metes por la nariz?

J.: No te atrevas a…

I.: Que no me atreva a qué, ¿eh? ¿Vas a amenazarme tú? (Carcajadas). Esta mañana no tendrías que haberme dejado solo en jefatura mientras ibas a buscar al director.

J.: ¿Cómo sabías que…?

I.: (Carcajadas). Yo solo quería cogerte algo de pasta, ¿vale? Sabía que mis padres me la montarían y que no me darían ni un puto euro para salir por la noche, eso si no tenía que escaparme. No me apetecía volver a mendigarles otra vez a los colegas, así que…

J.: Cogiste la cartera de mi abrigo, ¿no? ¡Eso es robar! ¿Tú te das cuenta de lo grave que…?

I.: (Carcajadas). ¿Me vas a hablar tú de lo que es grave?

(Más carcajadas). He flipado al ver lo que tenías ahí.

¿Te metes rayitas entre las reuniones o qué?

Joder, me imagino lo que pensaría Esme si lo supiera.

Fliparía. ¿Empezaste por lo de tu otra hija, la muerta?

Ah, sí, no me mires con esa cara. En el colegio todos sabemos que la atropellaron por tu culpa.

(Silencio. Respiración agitada).

J.: Hijo de puta. Como le digas algo a Esmeralda, te juro que…

I.: Qué, ¿eh?

(Silencio).

J.: No tienes ninguna prueba de lo que dices. Te lo estás inventando.

(Carcajadas).

I.: Sí, claro. Oye, si quieres pruebo a decírselo a ella, a ver si me cree.

O mejor, a tu exmujer. Sabes que mi madre es jueza de violencia contra la mujer, ¿no?

Pues yo no la escucho mucho en las comidas, pero recuerdo que un día dijo que el consumo de drogas es motivo para quitar custodias… Interesante, ¿a que sí?

(Silencio).

J.: ¿Qué cojones quieres?

I.: Ah, ahora nos entendemos. Pues tendré que pensarlo. Para hoy tengo suficiente con lo que llevabas en la cartera. Pero puede que en el futuro necesite una ayuda…

J.: Yo no pienso darte nada.

I.: Tú harás lo que me dé la puta gana, ¿entendido? ¿Cuál es tu número?

J.: ¿Mi número?

I.: De teléfono, hostia. ¿O prefieres que te escriba en la pizarra de clase lo que quiero?

J.: Yo no voy a…

I.: Ah, sí, claro que lo harás. ¿O quieres que llame a tu hija ahora mismo? Por cierto, algunas de esas chicas son amigas de ella, ¿verdad?

(Silencio)

J.: 666248117.

I.: Espera… Vale, ya está.

(Silencio. Al cabo de unos segundos, se oye una puerta que se abre y una voz femenina).

I.: Ah, mira, te reclaman tus chicas. No te molesto más.

(Risa breve y pasos que se alejan).

Santiago, atónito, despegó la vista de los papeles.

—Ya le dije que era importante —murmuró el inspector—. Y hay más.

El policía le tendió varias páginas repletas de mensajes de WhatsApp. El primero de ellos era un audio.

—¿Qué es?

—La conversación que acaba de leer. El chaval la grabó y se la envió poco después a Joaquín para dejarle claro que sí tenía pruebas de que se drogaba: sus propias palabras.

Y empezó a chantajearlo. Hablaban por WhatsApp, por eso no aparecía nada en los registros de llamadas que nos mandaron las compañías telefónicas.

—Y como Apple no nos envió la copia de la nube, tampoco pudimos acceder a estos mensajes ni al audio…

—Bueno, aunque lo hubiera hecho, no habrían figurado —matizó Sorozábal—.

Recuerde que el chico la tenía llena desde bastante antes.

Y los teléfonos iPhone no realizan la copia de seguridad de ese tipo de archivos en la nube de Google, aunque haya espacio.

Así que sin el móvil no podíamos hacer nada.

Santiago asintió pensativo.

—Entonces Nacho acudió al encuentro con todo planeado…

—Exacto. Sabía que Joaquín era entrenador de un equipo de baloncesto femenino y se presentó en el pabellón con toda la intención. Por eso esa noche los amigos lo vieron eufórico, como dijo Andrés en el juicio.

El juez se pasó la mano por la melena mientras asimilaba la información.

—¿Y el tusi? ¿También se lo dio él?

—Sí. Hay un mensaje en el que Joaquín le dice que es muy complicado encontrarlo.

Al parecer, el camello le había dicho que él no vendía esa droga y que casi no se movía por la zona.

Pero a Nacho le dio igual. Le respondió que, si no lo tenía para los carnavales, cantaría como un papagayo. Y Joaquín lo consiguió.

—Pero al final Nacho y sus amigos no fueron a los carnavales. O, mejor dicho, no fueron a los de Santoña, como tenían previsto, sino a la fiesta en casa de Víctor Hermoso —adujo el juez.

—Correcto. Y esa, creo, es la clave de todo lo que sucedió después. Aquella tarde Joaquín se enteró de que su hija coincidiría con Nacho en la misma fiesta. Se lo oyó decir a la amiga que estaba merendando con ella en casa. Y el mundo se le debió de venir encima.

—¿Cómo sabe eso?

—Esmeralda, su hija, lo declaró en el juicio.

He hablado con los compañeros que han estado esta semana en la sala de vistas y me lo han contado.

En ese momento, Joaquín tuvo que comprender que la droga que él había conseguido acabaría en la misma fiesta en la que estaría su hija.

No sé si las seguiría hasta el chalet o conocía de antemano dónde se celebraría, pero lo que está claro es que aquella noche, poco antes de las cuatro de la mañana, Joaquín tenía localizado a Nacho e iba tras él.

La cazadora con el logo de Adidas en la capucha coincide con la del individuo que vio Andrés, y el número de teléfono de Joaquín figura en los listados de móviles enganchados a las antenas de El Sardinero a esas horas.

Lo hemos comprobado en los registros que mandaron las compañías en su día.

Santiago se acordó de Saturnino Cuevas, el hombre que afirmaba haber oído voces.

—Entonces, lo que ese vecino escuchó…

—Parece que decía la verdad, aunque no estuviera del todo en sus cabales —admitió Sorozábal—. Todo apunta a que, en cuanto Andrés se metió en casa, Joaquín apretó el paso y alcanzó a Nacho.

El juez cerró los ojos mientras en su mente se dibujaba la secuencia de acontecimientos que el inspector narraba.

—Es difícil deducir qué pasó exactamente.

Puede que Joaquín le exigiera que todo aquello terminara y que, ante la enésima negativa del chico, no supiera qué hacer o cómo reaccionar.

Tendremos que esperar a que hable para saberlo, pero lo cierto es que después Alba solo vio a Nacho dirigiéndose al banco, y no a los dos.

Si hubiera visto allí a Joaquín, lo habría dicho inmediatamente para sacudirse las sospechas.

Así que la conclusión está clara: Nacho iba solo, y Joaquín se quedó atrás.

—Quizá el chico echó a correr o se fue rápido y, para cuando Joaquín quiso pararlo, ya no era posible hacerlo sin que Alba lo viera —especuló Santiago.

—Es posible, sí.

—De modo que usted no cree que Joaquín fuera preparado para matarlo.

—No, no lo creo —dijo Sorozábal, y su pelo plateado brilló bajo la luz de los halógenos—. Además, si lo hubiera planificado, lo lógico habría sido matarlo antes, sin dejar que bajara la cuesta.

—En cualquier caso, lo que parece evidente es que Joaquín tuvo que presenciar el encuentro entre Nacho y Alba —concluyó el juez—. Si no, quedaría sin explicación cómo logró apoderarse del móvil del chico y de la cartera de Alba.

—Exacto. Colocándose tras los coches aparcados en un lateral de la calle es fácil ver sin ser visto.

—Entonces ¿usted considera que, cuando Alba salió corriendo hacia el portal, él fue a por Nacho?

Sorozábal asintió con gravedad.

—Supongo que volvieron a discutir y que, al no obtener lo que quería, perdió el control, cogió el cuchillo y lo atacó.

O quizá ya lo había cogido antes, mientras Nacho miraba cómo Alba se alejaba, para amenazarlo con que le entregara el móvil —dijo, e hizo una pausa—.

Además, señoría, todo esto cuadra con la posición del cadáver, boca abajo y con la cabeza apuntando a lo alto de la cuesta.

Si la asesina hubiera sido Alba y Nacho bajaba la cuesta, el cadáver tendría que haber estado colocado justo hacia el otro lado, apuntando hacia el paseo marítimo.

Santiago pensó en lo que el inspector acababa de decir y suspiró.

—Y hay otro detalle —añadió Sorozábal.

—¿Cuál?

—Las manchas de sangre. Joaquín también las tenía.

Santiago lo miró sorprendido.

—¿Había restos en la cazadora?

El inspector le explicó que, aunque a simple vista no se apreciaban, en el laboratorio habían detectado pequeñas manchas en la manga derecha utilizando un reactivo.

—¿Y si alega lo mismo que ella? —replicó Santiago—. ¿Que se manchó al tocar el cadáver pero que él no lo mató?

Sorozábal ya tenía respuesta para esa pregunta, porque él también se la había hecho.

—En su caso, eso no tiene sentido.