128. Adrenalina
Adrenalina
Había anochecido y en la fachada del complejo judicial solo brillaba la luz que emitía el flexo del despacho de Santiago.
Hacía rato que había llamado a Macarena para pedirle que cenara con su madre y cuidara de ella.
Él no sabía a ciencia cierta a qué hora regresaría.
Tampoco había ido a comer. No pudo darle ninguna explicación a su mujer sobre lo que ocurría porque, como juez instructor, debía guardar el secreto que le imponía la ley, pero se prometió devolverle el favor con creces en cuanto todo quedara atrás.
Macarena, tan discreta y elegante como siempre, ni siquiera había preguntado.
En el reloj del ordenador vio que ya eran las nueve, y aún tenía varias resoluciones pendientes de redactar. Por fortuna, el instinto no le había fallado ese mediodía, y la decisión de intervenir y detener a Joaquín Martos lo había precipitado todo.
Mientras tecleaba, pensó que ese acierto se lo debía en buena medida a su obsesión por el trabajo y, en particular, por el «crimen del Carnaval».
El enigma de la desaparición del teléfono de la víctima lo había intrigado desde el principio, y durante los primeros meses de la investigación repasó los diversos testimonios en busca de una pista que hubieran pasado por alto.
Al final, acabó asumiendo, como Sorozábal, que era un cabo suelto sin importancia.
Pero no olvidó la descripción del móvil que los padres les hicieron la primera vez que los interrogaron.
Según ellos, era de color rojo, igual que el objeto con apariencia de teléfono que, según el subinspector Cobo, Joaquín sacaba de la mochila, al pie del acantilado.
Fue el recuerdo de aquella descripción, sumado al comportamiento de ese hombre y a las conversaciones que llevaban escuchando entre los traficantes, lo que lo impulsó a dar la orden de arrestarlo.
No podía arriesgarse a que ese móvil cayera al mar y que, arrastrado por las corrientes del Cantábrico, se perdiera para siempre.
Según le contaron más tarde los agentes, cuando echaron a correr hacia el objetivo y le gritaron que estaba detenido, el tipo se quedó petrificado y, unos segundos después, cayó de rodillas como si lo hubiera fulminado un rayo.
Tembloroso y con los ojos desorbitados, no se movió hasta que ellos llegaron a su altura y lo esposaron.
Enseguida constataron que lo que tenía en la mano era un iPhone con varios rayones en la pantalla.
Poco después, en la comisaría, pudieron comprobar que era el teléfono de Nacho Guerra.
Además, oculta bajo una toalla en el fondo de la mochila, los policías hallaron una cartera de cuero marrón, con el lomo desgastado y un rasponazo en la parte posterior.
Era de hombre, y al abrirla descubrieron con estupor que pertenecía a Alba Ferrero.
Allí había varios carnets a su nombre, incluido el DNI.
Santiago dejó de escribir y suspiró. Cuanto más lo pensaba, menos creía entender.
¿Qué papel jugaba ese hombre en la intrincada red de secretos que envolvía el caso?
¿Y por qué tenía ese teléfono y la cartera de la chica?
¿Cómo habían llegado a sus manos? Por otro lado, ¿qué lo había llevado a querer deshacerse de ellos esa tarde de manera tan precipitada?
Desvió la mirada hacia la resolución que había firmado Edmundo Murrieta hacía unas horas.
Se había reunido con el magistrado a primera hora de la tarde, mientras los agentes trasladaban al detenido a comisaría.
Ambos llegaron a la conclusión de que no había otra opción que suspender el juicio y abrir una investigación suplementaria del «crimen del Carnaval».
Sin ella, era ilegal analizar el contenido del teléfono y llevar a cabo otras actuaciones dirigidas a esclarecer el grado de implicación del sospechoso en el caso.
Murrieta le confesó que, antes de conocer todo aquello, tenía decidido rechazar la solicitud de suspensión de la abogada de la defensa, pero ahora la situación era radicalmente distinta.
Nada más abrir la siguiente sesión, le dijo Murrieta, comunicaría su decisión al jurado y la vista quedaría paralizada.
Santiago dio un trago al café que se había preparado para mantener la mente a pleno rendimiento.
Las imágenes de lo sucedido el resto de la tarde desfilaron por su mente como en una película.
Después de que el detenido se negara a declarar por consejo de su abogado, se había efectuado el registro de su vivienda, que permitió un nuevo avance en la investigación.
En el armario empotrado del dormitorio principal, los agentes encontraron varias papelinas de cocaína escondidas en un cajón con doble fondo.
La cantidad no era suficiente para acusarlo de tráfico de drogas, ni mucho menos, pero sí probaba su condición de consumidor.
Además, en un armario de otra habitación, localizaron una cazadora deportiva de color gris oscuro con el logo blanco de Adidas estampado en el lateral izquierdo de la capucha.
Coincidía con la descripción que Andrés había dado en el juicio sobre la vestimenta del individuo que divisó la noche del crimen, y se apresuraron a introducirla en una bolsa de pruebas.
Lo mismo hicieron con un disco duro externo y un ordenador portátil que encontraron en el salón.
El juez respiró hondo y comprobó que seguía sin recibir ninguna notificación en el móvil.
En la comisaría de La Albericia varios efectivos de las brigadas provinciales de la policía judicial y la policía científica trabajaban a contrarreloj para examinar lo incautado y extraer las primeras conclusiones, pero al parecer aún no había novedades.
Tenía la convicción de que al día siguiente, cuando se anunciara la suspensión del juicio por la apertura de una instrucción suplementaria, se produciría un terremoto mediático de proporciones épicas, y muchos periodistas afilarían las plumas para criticar el modo en que se había llevado el caso desde el principio.
Aunque era consciente de que los defectos no eran culpa suya ni de la policía, sino de la opacidad y las mentiras de unos chavales que no habían querido buscarse problemas, no ignoraba que la única manera de evitar que aquel escándalo lo salpicara era dar con la solución cuanto antes.
A ser posible, antes de que Murrieta se dirigiera al jurado.
Según el inspector Sorozábal, el análisis del teléfono del detenido podía tardar de unas pocas horas a días; dependía de la complejidad del dispositivo, la cantidad de información que tuvieran que examinar y la necesidad o no de recuperar datos borrados.
En el caso del móvil de Nacho, el proceso se aceleraría porque sabían cómo acceder sin forzar la seguridad.
Aunque lo normal en un teléfono como aquel era desbloquearlo mediante huella dactilar, también podía hacerse tecleando un código de seis dígitos, y Andrés, con el que habían hablado esa misma tarde, lo conocía: era la fecha de nacimiento de Nacho.
Su amigo se lo dijo más de una vez cuando le dejaba el móvil para mirar fotos y cosas así.
Por otro lado, Santiago no perdía de vista la operación Leo.
Si todo iba bien, la intervención policial se produciría en apenas un cuarto de hora.
Tras lo ocurrido con el jefe de estudios, esa tarde se había planteado detener de inmediato a Hamilton, registrar su domicilio e interrogarlo.
Era obvio que ese tipo y su hermano tenían información importante sobre el «crimen del Carnaval».
Sin embargo, al final decidió que no merecía la pena poner en riesgo la operación antidroga por unas pocas horas de diferencia.
Si DiCaprio sospechaba algo, no acudiría a recibir la mercancía de sus proveedores, y era fundamental cogerlo durante el pase para asegurar una futura condena.
En ese momento tenían vigilados a los dos hermanos, y ninguno parecía haberse enterado de la detención de Joaquín.
Ambos habían hablado por teléfono en cinco ocasiones a lo largo de la tarde.
A Hamilton se le notaba muy nervioso, asustado por la posibilidad de ser detenido en caso de que Andrés hablara.
Según se desprendía de sus conversaciones, no se atrevían a intentar nada contra el chico, que estaba recluido en casa, y al jefe de estudios no habían podido localizarlo.
DiCaprio también había verbalizado su temor a que, tirando del hilo, la policía acabara llegando hasta él mismo.
Por eso acordaron no verse en unos días.
Según la inspectora Moreno, el miedo hacía que adoptasen menos precauciones a la hora de expresarse en sus comunicaciones, y la agente a cargo de las escuchas estaba tomando buena nota de todo.
El móvil del juez vibró y lo sacó de sus pensamientos. Era ella, Amanda Moreno.
En posición, señoría. El sospechoso ha entrado en Santoña y los otros se dirigen al punto de encuentro. Todo OK.
Apretó el puño. Si nada se torcía, en unos minutos el operativo montado por la Policía Nacional sorprendería a DiCaprio y a los narcos colombianos en pleno traslado de la droga.
Acto seguido, y antes de que se pudiera correr la voz, otros agentes detendrían en diversos puntos de la región a todos los taxistas pertenecientes a la organización criminal.
Y en Galicia, los compañeros de A Coruña caerían sobre los otros traficantes que participaban en la introducción en España de la droga procedente de Sudamérica.
Luego comenzarían los registros domiciliarios, que se extenderían a lo largo de la noche.
Sintió la adrenalina corriendo por su cuerpo.
Por momentos como aquel se había hecho juez de instrucción.