127. Muy cerca
Muy cerca
Esa tarde, en el piso de Antonia reinaban el júbilo y el alivio. Las risas resonaban en aquellos largos pasillos que habían estado habitados por el silencio, el miedo y la desesperanza durante demasiado tiempo.
Ajena por completo a los últimos descubrimientos del Grupo de Estupefacientes y el juez Belmonte, Paula disfrutaba de la visita sorpresa que Álvaro, Marina y ella habían organizado para compartir con Antonia la buena noticia.
Los resultados de la analítica habían confirmado un retroceso notable de la enfermedad.
No sabían si se curaría, aún era pronto, pero la ocasión merecía esa pequeña celebración, o eso creían.
Paula observó con deleite a la dueña del bufete, que, agradecida, pasaba una mano por encima del cuello de Álvaro y la otra por el de Marina.
Era como si de pronto hubiera rejuvenecido varios años, se la percibía llena de energía.
Vio que Antonia le hacía un gesto para que se uniera a ellos y, sin dudarlo, se abrazó con todos, como si fueran un equipo conjurándose para ganar un partido.
En el salón también se encontraban el marido de Antonia y su hijo, que desbordaban felicidad.
Al separarse de sus compañeros, Paula se quedó mirando unos instantes al joven, que en breve acabaría la carrera de Derecho.
Si nada cambiaba, pronto entraría a trabajar en el bufete.
Se sorprendió preguntándose si, cuando llegara ese momento, ella seguiría en Pomposo y Asociados.
Sintió que la sonrisa con la que había llegado a casa de Antonia se le desdibujaba, y la voz de Teresa le reverberó en la mente: «No es hora de pensar en eso».
Se dijo que su pareja tenía razón, como siempre, y le guiñó un ojo al chico.
Luego echó un vistazo a su reloj de pulsera. Enseguida tendría que marcharse. Aún no había preparado el esquema del alegato que pronunciaría ante el jurado al día siguiente, tras la fiscal y el abogado de la acusación particular.
Sería su intervención final.
El juicio lo cerraría Alba, que tendría el derecho a la última palabra.
Después, todo quedaría en manos de esos nueve ciudadanos llamados a hacer justicia.
Eso, siempre y cuando Murrieta no decidiera proceder a la suspensión de la vista, claro. Aunque esa posibilidad cada vez se le antojaba menos probable.
Antonia, que conocía bien los rictus de su compañera, se aproximó a ella, le apretó el hombro con delicadeza y le dijo:
—Gracias por venir, de verdad. Ahora ve a salvar a esa chica. Estás muy cerca.