La doble víctima 126. La orden
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126. La orden

La orden

Santiago no entendía nada. ¿Qué papel tenía ese hombre en todo aquello?

Acababa de comprobar que, en efecto, Joaquín Martos aparecía comprando droga a Hamilton en varias fotografías incorporadas a los dosieres de la operación Leo.

Pero ¿cómo iba a reparar él en esa coincidencia con los centenares de imágenes y decenas de informes que le habían remitido los agentes a lo largo de todos esos meses?

No podía reprocharse nada. Él solía dejar que las fuerzas y cuerpos de seguridad le resumieran sus actuaciones para justificar las medidas de investigación que precisaban y se limitaba a hacer algunas comprobaciones.

Si no, le sería imposible realizar su trabajo.

Tampoco podía atribuirle desliz alguno a la inspectora, dado que ella no estaba a cargo del «crimen del Carnaval» y no conocía la identidad de las personas relacionadas con ese caso.

Aun así, lamentaba que hasta entonces no se hubieran percatado de aquella conexión. Pero ¿en qué se traducía ese nexo?

—¿Y no saben a qué viene esa pelea? —exclamó frustrado. Llevaba varios minutos hablando con la inspectora por teléfono, con el altavoz puesto—. ¿No han escuchado nada?

—Señoría, estábamos muy lejos, no podíamos… Espere, espere —se interrumpió Moreno de pronto, exaltada.

—¿Qué?

—Está saliendo del portal, señoría. Es él. Se ha limpiado la sangre y lleva una mochila al hombro. Arranca, Cobo, ¡arranca!

Santiago contuvo la respiración y miró de soslayo a Inés y a Sorozábal, que no apartaban la vista del móvil colocado sobre la mesa, perplejos.

—Está bajando la calle —retransmitió Moreno—. Acaba de abrir un Peugeot 308 de color blanco. Vamos tras él.

En el coche policial camuflado, el teléfono del subinspector Cobo empezó a sonar. El policía lo sacó del bolsillo y, sujetando el volante con la otra mano, se lo pasó a Moreno. Ella le pidió al juez que se mantuviera a la espera y atendió la llamada.

Era la agente encargada de las escuchas. Los dos hermanos habían hablado por teléfono hacía un momento. Hamilton le había contado a DiCaprio que no había conseguido que «el Profesor» —así referían a Joaquín Martos— le dijera nada.

—DiCaprio le ha echado una bronca tremenda. Le ha dicho que es un puto inútil, y el otro le ha respondido que qué cojones iba a hacer, que el hijo de puta había adivinado que estaba grabando la conversación y que, cuando intentaba sacarle la verdad a golpes, apareció una vieja y tuvo que largarse.

Moreno se llevó un dedo a la frente mientras el subinspector Cobo mantenía el vehículo a una distancia prudencial del Peugeot. El jefe de estudios había puesto rumbo a Cueto, un barrio ubicado al norte de Santander, entre Valdenoja y los acantilados de la Costa Quebrada.

—¿Sacarle qué verdad? —preguntó la inspectora, que se sentía como un barco a la deriva.

Ni Cobo, que le devolvió una mueca de desconcierto, ni la agente al otro lado del teléfono supieron contestarle.

—Si vuelven a hablar, avísanos enseguida —se despidió Moreno de su compañera.

Tras colgar, retomó la conversación con el juez Belmonte, la fiscal Calderón y Sorozábal. Les contó a toda velocidad las novedades, y el estupor de ellos fue similar al suyo.

—Ahora estamos dejando atrás las casas y vamos en dirección al campo de fútbol… Esto es muy raro, señoría.

—¿Al campo de fútbol? Pero si eso está casi al borde del mar…

—Sí, y no hay nadie por estas carreteras. Estamos dejando que se aleje para que no nos descubra, pero el riesgo de perderlo es cada vez mayor. ¿Qué hacemos, señoría?

El juez se agarró un mechón de la melena y lo retorció. No quería adoptar ninguna medida que dinamitara la operación Leo, pero al mismo tiempo no podía permitir que aquel hombre siguiera en dirección a los acantilados sin que ellos supieran qué pretendía hacer con la mochila.

—Continúen —sentenció—. Y manténganse en línea.

La inspectora transmitió la orden a su compañero, que aceleró por esa carretera secundaria que serpenteaba entre la inmensidad de los prados.

Unos minutos después, los policías repararon en que el Peugeot rebasaba la estación de la Agencia Estatal de Meteorología, bordeaba el campo de fútbol municipal de Cueto y se detenía al comienzo de un sendero que, según sabían, conducía al Panteón del Inglés, un pequeño monumento de piedra con tejado a dos aguas y una cruz en la cúspide, que se elevaba frente al Cantábrico.

Vieron que el hombre se bajaba del coche, se colgaba la mochila al hombro y echaba a andar por el sendero.

—Aparca ahí. ¡Vamos! —le ordenó Moreno a su compañero.

Cogieron la cámara de fotos y enfilaron el camino fingiendo ser una pareja que paseaba por la zona.

Aquel itinerario formaba parte de la ruta turística de la Costa Quebrada y sería difícil que el tipo los identificara como policías.

Había un hombre jugando con un perro, y a pocos metros una mujer hacía yoga frente al mar.

Eso, quiso pensar Moreno, los ayudaría a pasar desapercibidos.

Sintió la brisa marina acariciándole el rostro y percibió el sonido de las olas rompiendo contra las rocas con ferocidad.

Sobre su cabeza, el cielo se había tornado cárdeno y amenazaba tormenta.

—Señoría, me temo que el sospechoso va directo hacia el acantilado. O se tira él o, lo más probable, quiere deshacerse de lo que sea que lleve en la mochila…

Moreno oyó que el juez profería un improperio. Sin duda, no quería tomar una decisión equivocada.

A su lado, el subinspector Cobo extrajo sus pequeños prismáticos de la cazadora justo a tiempo de ver que el sospechoso se paraba ante el acantilado, depositaba la mochila en el suelo y miraba a su alrededor con discreción.

—Está sacando algo de la mochila —informó Cobo—. Es… es rojo. Un móvil, creo.

Santiago, que lo escuchó a través del teléfono de la inspectora, lanzó la orden.

—Deténganlo. ¡YA!