La doble víctima 125. Ráfaga
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125. Ráfaga

Ráfaga

La inspectora Moreno se internó en el barrio de Valdenoja conduciendo uno de los vehículos camuflados de la comisaría.

Tras subir una pendiente pronunciada, adelantó a un autobús municipal y giró a la izquierda.

Luego torció por una bocacalle y aparcó en línea.

Antes de apearse, se aseguró de que llevaba la pistola.

Mandó un mensaje al grupo que había creado con los agentes asignados a la operación y avanzó con pasos rápidos hasta doblar una esquina.

Se asomó con cautela. Al comienzo de la calle, larga pero poco transitada, vio estacionado el coche que buscaba: un Toyota Auris plateado.

Se encaminó hacia él con aire fingidamente despreocupado.

Cuando llegó a su altura, se agachó, abrió la puerta trasera y se dejó caer en uno de los asientos.

—¿Dónde está? —le preguntó al policía que estaba al volante y miraba al frente a través de unos pequeños prismáticos.

Era el subinspector Cobo, su compañero habitual de fatigas.

—En el taxi. Está aparcado a unos cien metros de aquí, en la otra acera. Tenga —le dijo volviéndose hacia ella y tendiéndole los binoculares.

La inspectora los rechazó con un gesto. Se fiaba de su colega.

Ella había conducido hasta allí a toda prisa al saber la dirección que tomaba el sospechoso.

Desde la comisaría hasta Valdenoja no había más de diez minutos.

En la oficina había dejado a una agente pendiente de las escuchas, por si los dos hermanos volvían a hablar.

—¿Cuánto lleva ahí?

—Un rato.

—¿Y Fortuny? —preguntó refiriéndose al otro policía.

—Al otro lado de la calle con la moto. Tenemos las dos partes bien cubiertas.

De pronto, el móvil de la inspectora sonó. Era Fortuny. Decía que un hombre acababa de bajar del autobús y caminaba en dirección al sospechoso. Quizá no estuviera relacionado, pero debían estar alerta. El subinspector Cobo se llevó los prismáticos a los ojos y asintió con la cabeza.

—¿Lo reconoces? —le preguntó Moreno.

—Sí. Es un tipo que le ha comprado droga más de una vez, un cliente. Lo he visto en alguno de los seguimientos —dijo Cobo aludiendo a las vigilancias que había realizado en el marco de la operación Leo—. Es el calvo del lunar.

—Vale, ya sé a quién te refieres. Lo he visto en alguna foto de los atestados.

—¡Hamilton sale del coche! Han quedado, está claro.

La inspectora se preparó para hacer fotos echando mano de una cámara que Cobo tenía en el asiento del copiloto. A través del teleobjetivo, vio que los dos hombres se detenían a un par de metros del taxi e iniciaban una conversación.

No era un encuentro para un pase de droga. Eso resultó obvio desde el principio.

Conversaron agitadamente durante unos minutos.

De pronto, el camello, que había lanzado una mirada a su alrededor para cerciorarse de que nadie los observaba, apretó los puños, se estiró para hacerse más grande y acercó su rostro con aire amenazador al del otro tipo, que dio un salto hacia atrás, acongojado, y negó con la cabeza.

Moreno presionó sin cesar el disparador de la cámara.

A medida que transcurrían los segundos, la discusión fue a más, hasta que Hamilton, colérico, perdió los nervios, lo agarró por la pechera y lo arrojó al suelo.

El otro no se defendió y se hizo un ovillo mientras el camello se colocaba a su lado y armaba la pierna, como si fuera a golpearle la cabeza.

—¿Qué hacemos, jefa?

—Esperar. No podemos delatarnos.

Moreno hizo una ráfaga de fotos mientras el traficante descargaba un puntapié en el rostro del hombre.

—Dios —se lamentó Cobo.

La inspectora apretó la cámara con fuerza.

¿Se atrevería Hamilton a darle una paliza allí?

¿Es que había enloquecido? ¿Qué estaba pasando?

Vio cómo el hombre del lunar se estremecía y levantaba las manos para suplicar clemencia.

El camello, dominado por la frustración, se agachó y le propinó un puñetazo brutal.

En ese momento, una señora se aproximó por la calle y empezó a gritar.

Hamilton reaccionó rápido. Se metió en el taxi a toda prisa, dio un portazo y se marchó del lugar derrapando.

—¡Fortuny, síguelo! —ordenó la inspectora a través del teléfono.

Cobo y ella se quedaron vigilando al herido, que hacía esfuerzos por levantarse.

—¿Lo ayudamos? —sugirió el subinspector.

—No. Belmonte fue muy claro: no podemos poner en riesgo la operación Leo. Además, ya se las está apañando él solo.

—Entonces ¿nos vamos?

—No, espera. Quiero ver qué hace.

La mujer que había gritado asistió al herido. Observaron que ella decía algo y el hombre negaba con la cabeza. Supusieron que estaba rechazando que le pidiera una ambulancia.

Al cabo de unos segundos, lo vieron perderse tras una esquina.

—Arranca. Venga.

Lo siguieron con precaución, a cierta distancia. El hombre recorrió varias calles hasta que, casi en la zona del campo de golf de Mataleñas, se detuvo en un portal, sacó unas llaves del bolsillo y se introdujo en el edificio.

—Aparca ahí —le ordenó Moreno a su compañero señalando un hueco a pocos metros.

La inspectora cogió el móvil y sacó una foto a una de las instantáneas que acababa de proyectar en la pantalla de la cámara. Luego abrió el WhatsApp y se la envió al juez Belmonte.

A varios kilómetros, en el complejo judicial de Las Salesas, Santiago continuaba reunido con Inés Calderón y Sorozábal a la espera de noticias. Dejó de hablar al darse cuenta de que había recibido un mensaje de Moreno. Por fin daba señales. Entró en la aplicación.

Hamilton se ha peleado con este tipo. Es cliente suyo. Pero hoy no le ha vendido droga.

Cuando la fotografía se desplegó en su teléfono, el juez se atragantó. No podía creer lo que estaba viendo.

Alarmados, la fiscal y el inspector se levantaron y se apoyaron en el escritorio para inclinarse hacia él. Santiago les mostró el móvil y ambos palidecieron.

Era Joaquín Martos, el jefe de estudios del colegio Picos de Europa. Uno de los testigos del juicio.