La doble víctima 124. El objetivo
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124. El objetivo

El objetivo

El sonido del teléfono provocó que Santiago apartara la vista de los papeles.

Era Macarena. Aunque no solía comentar con él lo que sucedía en los juzgados, en esa ocasión la periodista había vuelto a hacer una excepción y le había escrito un wasap en el que le hablaba de unos giros alucinantes que «ni en Testigo de cargo ».

La mención de aquella obra lo retrotrajo a sus primeras lecturas de adulto, pero no pudo sumergirse demasiado en el pasado.

Enseguida se preguntó qué habría ocurrido.

Estaba dudando entre llamar a Inés o a Sorozábal cuando el móvil volvió a reclamar su atención. Era la inspectora Moreno.

—Señoría, lo que nos temíamos: está pasando algo —farfulló ella con tono excitado—.

DiCaprio acaba de llamar muy nervioso a su hermano.

Le ha dicho que se ha destapado todo, aunque no han salido nombres.

Y también que la abogada ha pedido que se abra otra investigación para encontrar al camello del muerto.

—Joder, ¿cómo que la abogada ha pedido otra investigación? ¿De qué coño habla? —la cortó Santiago, que no entendía nada.

—Ahora lo aclararé con Sorozábal. Yo tampoco lo comprendo.

Pero lo importante es que DiCaprio estaba muy preocupado.

Según él, la abogada ha puesto en aprietos a Andrés y el magistrado no ha decidido aún si abrirá esa investigación.

Le ha venido a decir a su hermano que, como lo haga y presione al chaval, todo se complicará mucho.

—Se confirma entonces que tienen miedo de que Andrés acabe cantando y deje al descubierto a Hamilton, ¿no?

—Es posible. La gran duda es si se trata solo de un asunto de drogas o…

La irrupción de Sorozábal en el despacho impidió que el juez escuchara el resto de la frase.

Santiago, que estaba deseando conocer lo que había acontecido en la sala de vistas, le hizo un ademán para que tomara asiento.

Informó a Moreno de la llegada del policía y activó el altavoz del teléfono.

Sorozábal los puso rápidamente al corriente de las novedades.

—¿Y de dónde cojones sacaba ese chaval tanta pasta? —masculló Santiago haciendo un aspaviento—. ¡Nadie nos dijo que manejara esa cantidad de droga! Joder, si esos chicos no se hubieran callado, lo habríamos investigado.

—Puede que lo averigüemos enseguida —murmuró Moreno, agitada, al otro lado de la línea.

—¿A qué se refiere?

—Al final de la conversación, DiCaprio le ha dicho a su hermano que no hay más remedio que moverse. Y mis compañeros me informan de que Hamilton se ha puesto en marcha —añadió con gravedad.

Santiago intercambió una mirada de desconcierto con Sorozábal.

—¿Lo están siguiendo? —le preguntó el inspector a su compañera.

—Sí. Tengo a dos agentes tras él, uno en coche y otro en moto. Hamilton estaba en una parada de taxi en el centro de Santander y acaba de arrancar.

—¿Cree que Andrés es el objetivo? —inquirió el juez.

—Es difícil saberlo, señoría, pero le hemos asignado protección —contestó Moreno—. Ha vuelto a su casa sin ningún percance.

—No pierdan a Hamilton —ordenó Santiago, frenético—. ¿Y DiCaprio?

—Lo he visto saliendo del edificio —dijo Sorozábal.

—Ahora mismo está yendo hacia su coche —apuntó la inspectora Moreno—. También tengo un equipo tras él.

El juez asintió para sí, reconfortado.

—Bien. Estén atentos. Sea lo que sea, esos dos están tramando algo peligroso, y no podemos fallar.

Le agradeció a la inspectora su esfuerzo, le pidió que los mantuviera al tanto de cualquier novedad y cortó la comunicación.

El despacho quedó en silencio, con Santiago y Sorozábal enfrascados en sus pensamientos. ¿Hacia dónde los llevaba todo aquello?

Alguien llamó a la puerta con los nudillos.

—Adelante.

Era la fiscal Calderón.