La doble víctima 123. Volar hacia el cielo
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123. Volar hacia el cielo

Volar hacia el cielo

El desalojo de la sala de vistas fue caótico.

Entre la riada de personas que se disponían a regresar a sus vidas tras haberse asomado un día más a la de Alba, un hombre captó la atención de Paula.

Lo vio cuando salía al pasillo acompañada por los padres de la chica.

Aunque no le dio mayor importancia, le resultó curioso el parecido que guardaba con el actor Leonardo DiCaprio.

Estaba apoyado en una pared y tecleaba en su teléfono móvil con urgencia.

Tenía el ceño fruncido y, aun así, generaba cierto magnetismo.

—¿Qué crees que pasará, Paula? —la sacó de sus cavilaciones Sofía.

Hacía unos segundos que los padres de Alba, igual que Paula, habían tenido que contemplar, impotentes, cómo se la llevaban de nuevo a la cárcel.

Para la abogada era difícil hacer una predicción. No obstante, las últimas palabras de Murrieta la inclinaban a pensar que el juicio no se suspendería y que Alba tendría que exponerse al veredicto del jurado. Compartió su reflexión con ellos.

—¿Y eso es malo? —balbuceó Sofía.

—No necesariamente.

—Pero ¿crees que el jurado…? —comenzó a decir Julio.

—No puedo pronosticar lo que decidirán —se evadió Paula, que prefería mantener los pies en el suelo y ser precavida—.

Pero sí os garantizo que mañana haré todo lo posible por convencerlos de que Alba es inocente.

Venga, tenemos que irnos. Cuanto antes llegue al despacho, mejor podré prepararlo —atajó, y echó a andar tras la multitud con un nudo en el estómago.

Ya no había rastro de Alba, a quien los agentes debían de estar conduciendo al portón sur para subirla al coche y trasladarla a El Dueso.

Tras despedirse de los padres de la chica, Paula suspiró y se alejó preguntándose si aquella sería la última noche de Alba en la cárcel, o quizá una más de una cadena que se alargaría durante muchos años.

Tragó saliva y, mientras cruzaba la calle, de pronto se acordó de su jefa.

Maldijo entre dientes. ¿Cómo había podido olvidarlo?

Ni siquiera había pensado en ella durante el receso.

Aquel olvido era la mejor prueba de hasta qué punto la absorbía esa profesión, de cómo la aislaba de cualquier cosa que no fueran sus clientes y su responsabilidad.

Se apresuró a sacar el móvil del bolso y el corazón le dio un vuelco.

Sí, tenía una llamada perdida y un mensaje de Antonia. Lo abrió con el pulso desbocado.

La enfermedad remite!!!

Una explosión de júbilo le estalló en el pecho y la inundó por completo.

Allí, en mitad de la cuesta de la avenida Pedro San Martín, dio un salto de alegría y profirió un grito liberador que voló hacia el cielo.