122. Cosa juzgada
Cosa juzgada
La fiscal renunció a proseguir, consciente de que con cada respuesta de la chica, certera y emotiva, se desmoronaba más su tesis como parte acusadora.
Inés se dijo que al día siguiente, durante su alegato final, ya tendría la oportunidad de recuperar el terreno perdido.
Sin embargo, Villar no pensó lo mismo y, en vez de arrugarse, batalló para que antes de que finalizara la sesión la situación les fuera algo más favorable.
En busca de posibles contradicciones, indagó sobre varios aspectos a los que la acusada ya se había referido, pero Alba se mantuvo sólida y coherente.
—¿Cuánto diría que tardó en subir, percatarse de que no tenía la cartera y volver a la calle? —inquirió el abogado al cabo de unos minutos, buscando otra vía de agua.
—No lo sé, no estaba pendiente. Pero supongo que poco…
—Su primera llamada a Raquel fue a las cuatro y ocho minutos, y en teoría usted estuvo utilizando las redes sociales en aquel banco hasta las cuatro y dos minutos.
—Recuerdo que subí rápido, y luego busqué la cartera en la habitación y en el pasillo por si se me había caído allí. Puede que fuera ese tiempo, sí… Además, no la llamé enseguida. Me quedé en shock al ver a Nacho en el suelo —gimió.
—Otra cosa. ¿Vio usted a alguien cuando salió del portal? Alguien encapuchado que estuviera escabulléndose, por ejemplo.
—No, yo no… no me fijé…
Villar se recostó en su asiento y dijo que no tenía más preguntas. Murrieta extendió la mano hacia Paula.
—Señora letrada, puede proceder.
Pero Paula ya había decidido hacía varios minutos que no haría uso de su derecho.
No creía que hubiera nada importante que Alba pudiera añadir, matizar o enmendar.
Tal y como habían pactado ambas la tarde anterior, la chica ya había facilitado todos los detalles.
En su opinión, la decisión de no interrogar a su clienta impresionaría al jurado y se convertiría en una herramienta de persuasión más.
Cuando lo comunicó, el magistrado alzó ligeramente las cejas, pero no hizo ningún comentario al respecto y se limitó a dar por finalizada la declaración de la acusada, a quien pidió que volviera a ocupar su sitio junto a su abogada.
—Letrada, no sé si mantiene su petición de que se incoe una instrucción suplementaria —dijo Murrieta al tiempo que entrelazaba las manos.
Paula, que había aprovechado aquel instante para felicitar a Alba por su actuación, le dirigió a su defendida una mirada interrogativa.
¿Mantenían la petición? La joven no reaccionó, probablemente porque, ajena por completo al mundo del derecho, no era capaz de entender la relevancia de aquella decisión.
Además, parecía exhausta, sin un ápice de energía que le permitiera razonar.
La abogada contuvo un suspiro mientras valoraba de nuevo qué debía hacer.
¿Tenía asegurado un veredicto de no culpabilidad?
No se lo parecía. Habían aflorado más dudas sobre lo acontecido la noche del crimen, eso era innegable, pero, si ella fuera uno de esos ciudadanos llamados a impartir justicia, ¿no sentiría el impulso de condenar a Alba?
El jurado sabía de sobra que, si quedaba absuelta y luego aparecían más pruebas, ya daría igual: su caso sería cosa juzgada, lo que significaba que jamás podría revisarse.
Todo aquello podía rondar perfectamente por la mente de aquellas personas que en esos momentos hacían esfuerzos por mantener una expresión indescifrable.
Tomó la decisión.
—Sí, señoría. Mantenemos la petición. Entendemos que deben investigarse las circunstancias que han quedado al descubierto hoy; en particular, las relaciones de la víctima con el mundo del narcotráfico.
No dio la sensación de que la respuesta sorprendiera a Murrieta.
—De acuerdo. No voy a resolverlo ahora, como les había anunciado, sino mañana al comenzar la última sesión —informó, lo que era tanto como decir que, al tratarse de algo complejo, quería estudiarlo y tal vez incluso consultarlo con algún compañero—.
Advierto a los letrados y a la señora fiscal de que deberán venir con todo preparado.
Si la resolución es denegatoria —dijo, y miró a Paula por encima de las gafas—, los tres deberán exponer sus conclusiones y hacer su informe oral, y el jurado se retirará a deliberar, ¿lo han entendido?
Paula no tuvo más remedio que murmurar una respuesta afirmativa.
El magistrado pareció satisfecho y proclamó:
—Se levanta la sesión.