La doble víctima 121. Confiar
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121. Confiar

Confiar

Alba miró al vacío antes de responder. Aquel era el momento cumbre de la declaración, el que, según había pronosticado su abogada la tarde anterior, marcaría su suerte.

Aguantó la respiración tratando de controlar sus pulsaciones y reducir la ansiedad.

Sabía que era difícil que el jurado creyera sus palabras, pero ¿qué otra cosa podía hacer?

«Si lo cuentas como lo estás haciendo ahora conmigo, sabrán que les estás diciendo la verdad, Alba», le había asegurado Paula.

«Confía en ti misma. La justicia no te fallará.

Esta vez no». La justicia… ¿Qué era eso?

Apretó las manos contra los muslos. Tenía la sensación de que el aire hervía y sentía los ojos de los periodistas y del público clavados en la nuca como alfileres. Le dolía la cabeza. Todo le daba vueltas.

—Fue… fue por la cartera.

La fiscal la observó con indiferencia ensayada.

—¿La cartera? —repitió con tono sarcástico.

Alba asintió agitada y murmuró que, nada más entrar en su habitación, se sentó en la cama para intentar tranquilizarse y, de pronto, oyó un grito fuera, en la calle.

—Fue como… fue como un alarido —dijo estremeciéndose—. Mi ventana da a la parte trasera y fui a asomarme. Entonces, al ponerme de pie, me di cuenta… —La voz le falló—. Me di cuenta de que la cazadora casi no me pesaba. Tenía las llaves y el móvil, pero la cartera… No la tenía.

Inés frunció el ceño.

—Ahora le preguntaré por su cartera, pero ¿podría aclararme qué vio al asomarse a la ventana?

—Nada. Desde mi habitación no se ve bien la calle.

—Ya. Y supongo que ahora va a decirnos que fue en ese momento cuando alguien mató a Nacho Guerra, ¿no? Quizá utilizando el cuchillo que usted había abandonado.

—Yo no lo sé… —gimió Alba, y liberó las manos de los muslos para gesticular con nerviosismo—, le repito que no vi lo que pasó. Pensé que sería otra cosa. Por eso bajé, para buscar mi cartera. Estaba segura de que en el banco la tenía en el bolsillo, sentía su peso. Nunca me imaginé que…

Paula lanzó una mirada furtiva al jurado. Todos escuchaban sin perder detalle.

—Bajé en el ascensor y salí a la calle. Yo no pensaba que… no tenía ni idea de que hubiera sucedido algo así… —insistió Alba jadeando—. Estaba el cuerpo —musitó con espanto—. Estaba el cuerpo de Nacho. Tendido, boca abajo…

—Sigo sin comprender cómo llegó la sangre a su cazadora, señora Ferrero —le espetó la fiscal con frialdad.

—Todo fue una estupidez, un error. —Se pasó el dorso de la mano por los ojos—. Por eso mentí…

—No la entiendo, señora Ferrero.

—Cuando vi el cuerpo estuve a punto de volver a casa, ¡lo juro! Pero el cuchillo no estaba allí, y mi cartera tampoco… No sabía qué hacer. Y él estaba muerto…

—¿Le tomó el pulso?

—No, no me atreví, pero al acercarme vi el charco de sangre y las heridas.

Y no se movía… Creí… creí que todo el mundo me acusaría si el cuchillo no aparecía, y entonces…

—La espalda se le contrajo de nuevo en una fuerte sacudida—.

Entonces pensé que tal vez la cartera y el cuchillo estuvieran debajo de él…

O que Nacho podía haber visto mi cartera en el suelo y habérsela guardado.

Me pasaron mil cosas por la cabeza… —gimió gesticulando—.

Si la policía encontraba allí cualquiera de las dos cosas se sabría que yo había estado con él y estaría sentenciada…

Usted… ¡usted no lo entiende! —explotó entre sollozos al apreciar cómo la miraba la fiscal—.

No sabía lo que hacía. Fue un error, lo sé, pero yo…

me agaché. Me agaché y lo giré un poco. Quería buscar debajo…

Se hizo un largo silencio. Paula vio a los periodistas garabateando a toda velocidad en sus libretas. Observó de reojo a Félix Villar. Apretaba el bolígrafo con tanta fuerza que las uñas se le habían teñido de blanco.

La fiscal arrugó el rostro.

—¿Y encontró algo?

—Nada… Tampoco en los bolsillos. Alguien… alguien tuvo que llevárselos.

Inés clavó los codos en la mesa.

—Entiendo lo del cuchillo, pero ¿puede explicarnos qué había en su cartera que pudiera interesar al supuesto asesino?

Alba se removió en su asiento.

—Nada. No lo sé…

Inés hizo un leve gesto de resignación.

—Entonces, señora Ferrero, ¿debemos entender que, según usted, la sangre llegó a su cazadora por ese motivo, porque al tocar el cuerpo se manchó?

—Yo no lo sé, es lo único que se me ocurre… No lo toqué más, lo juro. Intenté no mancharme, pero estaba oscuro y… —Tragó saliva—. No me fijé hasta la mañana siguiente, cuando la policía…

—Ya, ahora llegaremos a eso. Pero antes acláreme por qué llamó a Raquel de forma tan insistente.

—¡Porque entré en pánico! —exclamó, cada vez más alterada—.

No sabía qué hacer, estaba muerta de miedo…

No entendía cómo había pasado algo así, y además tan rápido.

Sabía que ella me calmaría, que me entendería.

La llamé varias veces, pero no lo cogía.

Era raro, porque antes habíamos hablado, así que decidí ir hacia allí y volver a intentarlo. Necesitaba hablar con ella, verla…

La fiscal abrió los ojos más de lo normal, desconcertada.

—¿Cómo que fue hacia allí?

—Yo nunca fui a Reina Victoria ni a la playa, como ustedes han dicho.

—Pero en el vídeo a usted se la ve…

—¡Porque para ir a casa de Raquel también se va por ese camino! —chilló.

Paula le hizo un gesto con la mano para que mantuviera la compostura.

—Con la venia de su señoría —decidió tomar la palabra la abogada—, soy consciente de que no es mi turno, pero con el escrito de defensa aportamos una fotografía aérea actualizada de la zona de El Sardinero.

Si se proyecta en la pantalla, quizá el jurado pueda seguir mejor las respuestas de mi clienta.

Aunque fue evidente que a Murrieta le disgustó que Paula hablara cuando no le correspondía, la sugerencia no le pareció mal y ordenó que se mostrara la imagen.

—Fui por ahí —dijo Alba señalando con el dedo desde su asiento.

Había aprovechado aquella pequeña pausa para tomar aire y ahora la voz no le temblaba—.

Me metí por Luis Martínez —una calle que se abría a unos metros de su domicilio, a mano derecha— y salí a la calle Duque Santo Mauro.

Si se sigue hasta el final, se llega a Reina Victoria y a Peligros, es verdad.

Pero yo giré antes a la izquierda, por Pérez Galdós, y seguí andando. Raquel vive allí, en el número 45.

—La dirección de Raquel Peña ya consta en las actuaciones —informó el magistrado—. No se preocupe por eso.

Alba asintió con la cabeza mientras la fiscal le dedicaba una mirada de desconfianza.

—Y, dígame, ¿para qué se supone que fue usted a la casa de su amiga si ella no le cogía el teléfono? No lo entiendo, francamente.

—Yo pensaba que lo acabaría haciendo y saldría a hablar conmigo —contestó Alba con desesperación—. Por eso la volví a llamar varias veces cuando llegué a la puerta… Y por eso en el registro aparecen esas llamadas unos minutos después de las primeras…

—Pero Raquel no le contestó, ¿no?

—No.

—¿Y qué hizo usted entonces?

—Estuve a punto de llamar al timbre. Llegué a tener la mano en el pulsador, pero no sabía si sus padres me creerían. Pensé que tal vez avisaran a la policía, que podrían empeorarlo todo… Por eso me fui.

—¿A dónde?

—Yo… Quise huir, me lo planteé, es verdad. Por un momento… —La voz se le quebró y carraspeó—. Por un momento pensé que escapar era lo único que podía hacer. Me imaginaba detenida, en la cárcel por algo que no había hecho… Pero no sabía a dónde ir. Y a esas horas…

—¿A dónde fue, señora Ferrero? —repitió Inés con dureza.

—A casa. Fui a casa y al cabo de un rato le mandé ese mensaje a Raquel.

Después me asomé a la habitación de mis padres, quise contárselo, pero no sabía cómo…

Les había mentido en todo. Les había dicho que saldría por el centro con ella, y yo ni siquiera la había visto.

Intenté pensar cómo hacerlo, pero no sé…

Y a la mañana siguiente apareció esa policía…

Alba aspiró aire con avidez, como si se hubiera quedado sin oxígeno. Después se refirió al interrogatorio al que le había sometido la subinspectora y habló del terror que la invadió al pensar que iban a arrestarla.

—Cuando se marchó, tuve la sensación de que sospechaba algo, de que estaba jugando conmigo, tendiéndome trampas.

Leí en internet que, al parecer, el cuchillo no estaba en la escena del crimen y me asusté.

No habían sido imaginaciones mías. Y de pronto vi esas pequeñas manchas de sangre en la manga de la cazadora, a la luz del sol…

—musitó con el pánico pintado en el rostro, al tiempo que se estremecía—.

Y entonces decidí huir. Esconderla por el camino y huir lejos.

Por eso cogí el dinero de mis padres y lo guardé en la mochila. Pero al final no tuve fuerzas…