La doble víctima 120. La acusada
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120. La acusada

La acusada

«Deje que sus planes sean oscuros e impenetrables como la noche y, cuando se mueva, caiga como un rayo».

A Paula la frase se le había quedado grabada desde la primera vez que la leyó en El arte de la guerra , de Sun Tzu.

Antonia le había recomendado aquel tratado de estrategia militar nada más incorporarse al despacho para que comprendiera que, a veces, lo más importante no está en los manuales de Derecho.

Mientras veía a Alba incorporarse, la abogada pensó que, parafraseando al maestro chino, ahora llegaba la hora de moverse, de levantar el manto de oscuridad que había tendido sobre la versión de su defendida y asestar el golpe definitivo.

Se dio cuenta de que la joven caminaba hacia el micrófono a una velocidad excesiva y con los dedos agitándose como si hubieran cobrado vida propia.

Aquello la alarmó. Era crucial que Alba se dirigiera a los miembros del jurado con claridad, sencillez y cercanía para que todos empatizaran con ella y revivieran de su mano el calvario que había sufrido.

Y eso solo lo lograría si mantenía la calma.

Le había insistido en que respirara hondo y de forma acompasada, y que no cayera en provocaciones ni recurriera a artificios o exageraciones en sus respuestas.

Solo debía ser ella misma y dejar correr los recuerdos de forma natural, como el agua de un río que, tras un tiempo detenida tras las compuertas de una presa, por fin fluye hacia el mar.

Lo habían repasado la tarde anterior y, aunque la chica estaba muy alterada, lo había hecho razonablemente bien.

La idea era agotar todas las explicaciones en los interrogatorios de la fiscal Calderón y de Villar, de tal manera que, cuando le llegara el turno a Paula, ya no quedara nada que preguntar.

Eso transmitiría al jurado una mayor sensación de espontaneidad y autenticidad de la acusada, que para defenderse ni siquiera necesitaba responder a preguntas previamente pactadas con su abogada.

Advirtió que Alba se estremecía al tomar asiento.

Tenía el pelo impregnado de sudor y las manos le temblaban.

Paula se fijó en que, siguiendo su consejo, las enterraba entre los muslos.

Cruzó una mirada con ella y le hizo un ademán para que borrara esa expresión de pánico y mantuviera la cabeza alta.

No debía parecer abatida ni confiada. En el punto medio estaba la virtud.

El magistrado informó a la acusada de que podía acogerse a su derecho a no declarar.

Con voz débil, ella manifestó que contestaría a todas las preguntas que le hicieran.

Murrieta asintió con semblante inescrutable y la fiscal carraspeó antes de abrir fuego.

La primera pregunta retumbó en la sala de vistas.

—Señora Ferrero, ¿cómo era su relación con la víctima antes de la vuelta de las vacaciones de Navidad?

Paula celebró que Inés Calderón hubiera decidido comenzar por el principio, sin plantear a bocajarro las cuestiones más espinosas. Eso daría a Alba la oportunidad de serenarse.

—Casi no habíamos hablado —murmuró la chica.

Su mirada estaba perdida en algún punto del pasado—.

Después de lo que me pasó en el otro colegio, yo…

yo no hablaba mucho. Solo tenía una amiga, Raquel —gimió, y los ojos se le llenaron de lágrimas—.

Yo… no entendí por qué Nacho empezó a hacerme todo eso.

La fiscal dio un salto en el tiempo y se situó en la noche del crimen.

Alba no negó que había mentido a sus padres para poder ir a la fiesta, y dijo que, si no se marchó nada más ver a Nacho allí, fue por Carlos Alonso.

Agregó que fue una estupidez lanzarse a besarlo, y sí, se sintió ridícula, humillada, ardiendo por dentro, y por eso, al oír aquellas carcajadas horribles, cogió el cuchillo y se lanzó contra Nacho.

—De modo que usted admite que, si no llega a ser por la gente que estaba allí, lo habría apuñalado… —enfatizó Inés arrastrando las palabras para que se quedaran grabadas a fuego en la mente del jurado.

—Yo… no sé qué habría pasado… Perdí el control —admitió Alba con voz trémula mientras Paula asentía para sí. Le había pedido que reconociera aquello con total sinceridad, y así lo estaba haciendo—. Por eso luego me fui corriendo. Estaba horrorizada. Y además tenía miedo…

—¿De qué tenía miedo? —le preguntó la fiscal con tono escéptico.

Alba explicó que vio a Nacho abalanzarse sobre una mesa para coger otro cuchillo, y creyó que no dudaría en matarla; estaba fuera de sí.

Por eso huyó y se fue corriendo a casa, mirando por encima del hombro de vez en cuando por si la perseguía.

Pero no, Nacho no apareció por su espalda.

Cuando llegó a Joaquín Costa quiso tranquilizarse y pensó en llamar a Raquel.

En casa no podría hacerlo, despertaría a todos, así que decidió sentarse en aquel banco en la cuesta para desahogarse con su amiga y llorar sin miedo a que nadie la oyera.

Fue entonces cuando se le cayó el cuchillo.

Y no, no se quedó en la calle porque quisiera sorprender a Nacho a su regreso, ni mucho menos, le respondió a la fiscal cuando esta lo sugirió.

Ella no tenía la menor idea de a qué hora volvería, ni si lo haría andando o en taxi.

Además, por lo que se comentó en la fiesta, más tarde todos pensaban ir al Babylon.

¿Cómo iba a quedarse esperándolo allí, en ese banco, si la discoteca cerraba a las seis de la mañana?

¡Era absurdo!, exclamó. Y si hubiera pretendido matarlo, habría tenido el cuchillo guardado o en la mano, y no en el suelo.

—Yo… yo nunca pensé que volvería a encontrármelo… —balbuceó.

Al escucharla, la fiscal esbozó una sonrisa triunfal.

—O sea, que usted reconoce que sí lo hizo, que sí se topó con él. Se lo comento porque, si no recuerdo mal, en la instrucción usted afirmó que esa noche subió a casa y no lo vio… ¿En qué quedamos, señora Ferrero?

Varias lágrimas se deslizaron por las mejillas de la chica. Le temblaba todo el cuerpo, y a Paula le recordó a un pajarillo desamparado en un día de invierno.

—Yo… yo… —tartamudeó con un hilo de voz mientras resistía el impulso de romper a llorar—. Yo mentí, sí… Tenía… tenía miedo. Pensaba que nadie me creería, ni siquiera mi propia abogada… Si admitía que había estado otra vez con él, yo…

—¿Está diciendo que intentó engañar a todo el mundo, incluidos sus padres, para no complicarse la vida? —escupió la fiscal.

Alba cerró los párpados y luego asintió con la cabeza. Se la percibía consumida, al límite de su fortaleza mental.

—Usted… usted no lo entiende. Me quedé sola.

Aquella vez. En el otro colegio… Denuncié.

Me lo aconsejaron. Y luego… luego me abandonaron…

—farfulló, y la saliva se le acumuló en los labios—.

El juez… Yo decía la verdad, yo decía la verdad…

—chilló abrazándose a sí misma—. Pero después todos mintieron, todos los que se suponía que me apoyarían…

Me dejaron sola, y ese hombre los creyó.

Protegió a los acosadores, a esos… —Se tapó el rostro con las manos y, cuando ya no pudo aguantar más, estalló en sollozos que rasgaron el aire.

Paula tragó saliva y reparó en que en la bancada de enfrente varios miembros del jurado hacían lo mismo.

Le había pedido a Alba que no perdiera la compostura, que se mantuviera firme y contenida al proclamar su inocencia, pero quizá fuera mejor así; quizá fuera mejor que dejara aflorar todo su dolor, que abriera las compuertas de su sufrimiento y los malos recuerdos se esparcieran por la sala.

La abogada se dio cuenta de que Inés Calderón no sabía cómo proseguir.

El interrogatorio no le estaba saliendo como esperaba, pero tampoco podía detenerse.

Dejar de formular preguntas daría una imagen nefasta y llevaría al jurado a la conclusión de que ni siquiera la fiscal creía en la culpabilidad de la acusada.

—¿Qué pasó después? —pronunció al fin Inés.

Alba necesitó varios segundos para reponerse.

Luego miró a Paula, que advirtió que las pupilas de la joven rezumaban congoja.

La abogada hizo una inclinación de cabeza casi imperceptible para insuflarle ánimos y recordarle que aquel era su momento y debía aprovecharlo.

Ella asintió y dejó salir lentamente el aire de los pulmones.

Acto seguido, contestó que, tras hablar con Raquel y haberse calmado un poco, se metió un rato en las redes sociales para ver qué hacían sus compañeros y, sobre todo, para releer sus chats con Carlos; cada vez que pensaba en lo sucedido le dolía el pecho.

Y de pronto, cuando no habrían pasado ni veinte minutos, añadió, oyó pasos, y luego una voz rasposa y mordaz que decía: «Anda, mira, la Cuervo, la valiente».

Reconoció al instante a su dueño, y un escalofrío le recorrió la espalda y la dejó paralizada.

A duras penas consiguió girar el cuello hacia lo alto de la cuesta y, allí, a unos metros del banco, lo vio.

Era Nacho, y se dirigía hacia ella con zancadas largas y furiosas.

Aterrorizada, logró que el resto del cuerpo le respondiera cuando ya casi lo tenía encima.

—Me empujó… Me empujó con mucha fuerza —dijo con voz trémula—.

Caí hacia atrás y me di un golpe en la nuca.

Me mareé y creí… creí que iba a desmayarme.

Pero entonces vino de nuevo hacia mí y yo…

Rodé y eché a correr. No sé cómo pude escapar.

Hizo como que me perseguía y pensé que me moría de miedo, pero luego se echó a reír mientras me insultaba.

Si me hubiese seguido al portal, no sé qué… no sé qué…

Alba hizo una pausa para tomar aire. El cuerpo se le contraía con violencia.

—Continúe —la espoleó la fiscal.

Entre balbuceos, explicó que consiguió entrar en el portal y meterse en el ascensor, que por suerte estaba en la planta baja.

—Después fui a mi habitación —dijo con un suspiro de alivio, como si se hubiera teletransportado a aquel momento.

Inés cabeceó despacio mientras asimilaba toda la información y dejó que pasaran unos segundos. De pronto, los ojos le brillaron de una forma extraña.

—Y si todo eso es verdad, señora Ferrero, ¿cómo explica la sangre de la víctima en su cazadora? ¿Cómo llegó a la manga? —preguntó creyendo que acababa de desmontar su versión.

Sin embargo, la declaración de Alba aún no había terminado.