119. Un hilo de esperanza
Un hilo de esperanza
El magistrado no dijo nada durante varios segundos. Después se ajustó las gafas y, con semblante contrariado, expresó su reticencia a adoptar una medida como aquella, del todo extraordinaria.
En circunstancias normales, Paula se habría limitado a guardar silencio. Sin embargo, sabía que aquello podía marcar el destino de su defendida y se lanzó a exponer la batería de argumentos legales que respaldaba su solicitud.
Murrieta se embutió en su butaca y pidió a la fiscal y al abogado de la acusación particular que hicieran las alegaciones que consideraran convenientes. Como cabía esperar, ambos pidieron que prosiguiera el juicio.
De nuevo, el magistrado se tomó unos instantes para sopesarlo.
La tensión en la sala de vistas fue creciendo.
A Paula la sangre le repiqueteaba en los tímpanos.
A su lado, Alba se mantenía pálida e inmóvil, como si temiera que cualquier gesto suyo pudiera influir negativamente en la decisión de aquel hombre.
—Vamos a proseguir —anunció al fin Murrieta con tono autoritario—. Quiero terminar con toda la prueba y escuchar a la acusada. Después, veremos.
Paula, que había interpretado las primeras palabras como una desestimación de su pretensión, creyó entrever en las últimas un hilo de esperanza.
Los siguientes minutos se dedicaron a la denominada prueba documental.
En la pantalla plana de la sala se proyectaron varias imágenes de la escena del crimen y de la fiesta celebrada en el chalet de los Hermoso.
También algunas capturas de los mensajes humillantes y los insultos que Nacho había enviado a Alba unas semanas atrás a través de las redes sociales.
Después se mostró un pantallazo del wasap en el que Alba le decía a Raquel que había sucedido algo terrible, pero que era inocente.
Uno de los momentos más fascinantes para los asistentes, por el morbo que despertaba, fue cuando se presentó ante los miembros del jurado la ropa de la víctima, con las puñaladas en el costado izquierdo, y sus pertenencias.
A continuación, se exhibió el juego de cuchillos al que en teoría pertenecía el arma del crimen, que no habían encontrado.
Por último, se reprodujo el vídeo en el que se veía a Alba subir la calle Duque Santo Mauro a las cuatro y cuarto de la madrugada.
Paula reparó en que algunos de los miembros del jurado entornaban los ojos, como si buscaran en la grabación algo que no alcanzaban a distinguir.
Intuyó de qué se trataba. El ángulo de la cámara del chalet no permitía apreciar si Alba llevaba en la mano un cuchillo ensangrentado.
Cuando la secuencia finalizó, el magistrado pegó el cuerpo a la mesa, se elevó un par de centímetros sobre su asiento y adoptó un semblante solemne. Había llegado el momento estelar del juicio, el instante que muchos llevaban esperando un año entero.
—Póngase en pie la acusada.