117. Embrollarlo todo
Embrollarlo todo
Todo el mundo contenía el aliento mientras la funcionaria colocaba otra silla para la jueza y escritora superventas.
Aquel careo era algo que nadie había podido anticipar, ni siquiera la propia Paula, y los periodistas se relamían con sus bolígrafos a punto.
¿Qué más se podía pedir en un juicio como ese?
Se esperaba que ambos testigos confrontaran sus versiones y se desatara el caos, pero nada de eso sucedió.
Para sorpresa de todos, la madre de la víctima se arrastró hasta la silla, se dejó caer y, entre un torrente de lágrimas, hipidos y mocos, admitió que todo lo que Andrés había dicho sobre el comportamiento de Nacho era cierto.
Lo hizo en el turno de Paula, puesto que Calderón y Villar habían declinado intervenir.
Paula no recordaba con exactitud si la había interrogado sobre ello y no se atrevió a rebatírselo, pero tampoco se amilanó:
—Aun así, ¿por qué no lo mencionó? Podría haberlo hecho. ¿Y por qué no le dijo nada a la policía durante la investigación?
Olivia, cuyas mejillas parecían arder, apretó los labios hasta hacerlos desaparecer.
—¿Para qué, para darle alas a usted en el juicio?
¿Para que se dedicara a lanzar sospechas sobre nosotros e intentara que la muerte de mi hijo quedara impune?
—escupió Olivia, y en ese momento fue más evidente que nunca su condición de jurista—.
Había pruebas clarísimas contra Alba, y las sigue habiendo.
Usted pretende embrollarlo todo, pero esa chica es culpable —añadió, y señaló a Alba, que estaba lívida.
—¿Y el dinero? —prosiguió Paula como si no la hubiera escuchado—. ¿Por qué mintió?
—¡Yo no mentí! Usted me preguntó cuánto solíamos darle de paga, no cuánto le estábamos dando en esas fechas.
Siempre le habíamos dado unos sesenta euros, y eso fue lo que le dije.
Cuando llegaron las notas, se la redujimos, sí, e incluso se la quitamos cuando empezó a comportarse así con Alba.
Pero cuando nos pidió perdón y se comprometió a dejar tranquila a Alba, volvimos a darle algo.
En eso es en lo único que su amigo se equivoca —dijo, y en esa ocasión apuntó con el dedo a Andrés.
Paula maldijo para sí. ¿Por qué diablos le preguntó cuánto solían darle de paga, en vez de cuánto le daban? Intentó serenarse. Por suerte, el error ya estaba enmendado. Ahora todas las cartas estaban sobre la mesa.
—¿Cuánto le dieron de paga la semana en que murió?
—Treinta. Treinta euros —murmuró Olivia, y clavó los incisivos en el labio inferior.
Luego se giró ligeramente para mirar de soslayo a su marido y agregó con voz trémula—: Yo no era partidaria de aquello.
Después de lo que había hecho, creía que teníamos que ser inflexibles con nuestro hijo, no darle dinero y mantenerlo castigado, como escarmiento.
Pero Samuel… Él me convenció. Decía que Nacho había pedido disculpas, que estaba poniendo de su parte y era mejor que lo tratáramos con tacto, que fuéramos con cuidado…
—Ya, para que no volviera a molestar a Alba y así su relación con Julio no se deteriorara más, ¿no? —dijo Paula—. Para proteger su puesto de trabajo…
Olivia no lo desmintió.
En la primera fila del público, Samuel había hundido la barbilla en el pecho.
—En cualquier caso, treinta euros no era suficiente —apuntó Paula, dispuesta a llegar hasta el final de aquello—.
Le recuerdo que a Nacho lo encontraron con veinte euros en la cartera y marihuana.
Y, según los análisis toxicológicos y el informe final de la autopsia, había consumido alcohol, cannabis y tusi.
Era imposible que aquella noche aún tuviera tanto dinero.
Y todavía más sabiendo ahora que, según Andrés, se presentó en la fiesta con un gramo y medio de esa droga de diseño.
¿Por qué no dijeron nada? Tal vez se habría abierto otra línea de investigación
Ella se pasó el pañuelo por los ojos.
—Todo eso solo iba a servir para confundir y manchar más el nombre de mi hijo. Y esas sustancias no tenían por qué ser suyas, o no solo de él —gimió.
Paula suspiró.
—Entonces ¿nunca sospecharon que su hijo manejaba más efectivo del que ustedes le daban? ¿Tampoco que consumía drogas?
—No. Jamás.
La abogada la miró fijamente.
—¿Y es posible que él les estuviera robando dinero?
La mujer negó con la cabeza.
—No. Eso lo teníamos muy controlado.